«Hay que mantener la memoria viva, porque lo que he pasado no quiero que lo pase nadie»

Diario Vasco, M. J. A., 17-09-2017

El irunés José de Sola, superviviente de Gurs, tampoco regresó del exilio. Entró siendo un niño en el campo de concentración de Gurs y quiso acudir a la proyección del Amaia porque le hacía especial ilusión «estar en la ciudad natal de mi familia».

José dio las gracias «a todas estas personas y asociaciones que se ocupan de que la memoria quede viva, porque lo que he pasado no quiero que nadie lo pase. Cuando empezó la guerra pasamos de Hondarribia a Hendaya en una lancha. Mi padre era tornero y trabajaba en el depósito del ferrocarril, aquí en Irun. Mi madre también era irunesa, pero trabajaba en Hendaya, en el Palais de Cristal. Mi madre tenía amigas en Francia y nos acogieron bien, pero como la República resistía, mi padre quiso ir a Barcelona y después, de Barcelona fuimos a la frontera francesa».

Una vez al otro lado de la muga, «a los hombres los mandaron al campo de Argèles y a las mujeres y niños, al centro de Francia. Mi padre salió del campo de Argèles y encontró trabajo en un pueblo al lado de Oloron, donde empezó a trabajar de tornero. Allí vivíamos bien, en un piso amueblado y todo. Pero con el gobierno de Vichy, vinieron a por los que llamaban ‘los indeseables’. Nos cogieron y nos llevaron, primero a un campo al lado de Pau y luego al de Gurs».

A José, que tuvo que conocer varios campos, el de Gurs le pareció «el peor. Estaba lleno de barro y las barracas, todas rotas. Cuando llovía, nos caí al agua encima. En cada barraca había 60 personas, la comida era remolacha, nabos y un poco de pan. Cuando empezaron a llevar a los judíos, nos mandaron a otro campo y de ese, a otro. Conocí a un matrimonio judío bastante mayor. La mujer se quedó agachada en un rincón de la barraca. No quería comer ni beber. Mi madre le ofrecía comida y no quería. Allí se quedó quieta hasta que murió».

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