El duro vivir de las familias de los terroristas

La Vanguardia, Quico Sallés, 25-08-2017

Una semana después de los atentados, Ripoll se quiere poner ante el espejo y ha empezado a trabajar para intentar entender qué es lo que ha ocurrido para que unos chicos normales se hayan convertido en pocos meses en criminales capaces de los atroces atentados de Barcelona y Cambrils. Y sobre todo, mantener la paz social, evitar la estigmatización de las familias de los terroristas y contener a la comunidad musulmana del municipio que reprocha a los padres tanto los atentados como les culpa de los hipotéticos problemas de convivencia que se puedan generar con los autóctonos.

Más allá de la manifestación, las entidades del municipio han puesto en marcha una lluvia de ideas para encontrar respuestas y las administraciones han puesto las manos en harina para paliar los efectos psicosociales que supone haber convivido con una célula yihadista sin darse cuenta.

Entre estos instrumentos es clave y principal el servicio de atención psicológica que el Consorci de Servicios sociales ha puesto en marcha para atender a todos aquellos que directa o indirectamente se encuentren afectados. Para ello, se ha reforzado a la atención psicológica con un psicólogo o dos más, según demanda, cedido por la Diputación de Girona.

El protocolo de trabajo es claro, una primera evaluación y atención de choque para discriminar la necesidad requerida por el usuario del servicio, es decir, si servicios sociales o los servicios sanitarios del Institut Català de la Salut. Los usuarios, a dos o tres diarios, abarcan desde las familias directas de los terroristas, al entorno de amistades o miembros de las entidades del pueblo donde participaban. Incluso, algún vecino relacionado con las víctimas de Rubí.

Concretamente, los servicios de atención psicológica han detectado una “necesidad” expresada por las familias de los yihadistas: superar y responder los reproches de la misma comunidad musulmana de Ripoll. Una situación que padres de los fallecidos reconocen a La Vanguardia. Miembros de La comunidad musulmana, unos 680 habitantes, culpan a las familias tanto de no haber detectado los planes de sus hijos así como de futuros problemas de convivencia entre los marroquíes o musulmanes con la población llamada autóctona.

Una situación que despierta cierta preocupación en servicios sociales del ayuntamiento que por otro lado no temen una rotura de la paz social ni casos de islamofobia que superen la anécdota. Como ejemplo, este diario ha sido testigo de una escena muy gráfica: la de la madre de dos asesinos abrazada a la que era jefa de trabajo de sus hijos suplicando, entre sollozos, perdón por lo ocurrido.

Por otro lado, las familias evitan el luto público. Los familiares más aventurados a hablar con la prensa insisten en la idea que “no tienen nada que ver” que “los chicos se tararon solos” y que en ningún caso notaron cambios de conducta suficientemente relevantes para encender las alarmas. En este sentido, los servicios sociales remarcan que el rol familiar es distinto en las familias marroquíes puesto que los hijos suelen independizarse socialmente en una edad más temprana. En las familias, habitualmente numerosas, recaen muchas funciones en los hijos mayores que se responsabilizan de sus hermanos e incluso de la inclusión de sus padres en la sociedad, a efectos de tramitar cualquier gestión oficial o cualquier decisión de calado.

No esconden la rabia por lo perpetrado por sus hijos, en este sentido, algún padre muestra su desafección argumentando que después de lo que hicieron “es mejor que estén muertos”. Pero el estado de shock es de tal magnitud que les cuesta discernir y expresar la contradicción, el dolor y la estupefacción por todo lo ocurrido.

El consulado marroquí también participará, según ha explicado el presidente del consell comarcal del Ripollès, Joan Manso, en tareas de asesoramiento a las familias sobre todo en lo que concierne a la repatriación de los cuerpos.

La administración no teme brotes islamófobos más allá de casos puntuales, que no por anecdóticos hay que descuidar. “Haberlos, haylos, pero bajo control”, apunta un conocido vecino de la población. Pero sus contertulios subrayan que son casos puntuales.

Los servicios sociales recuerdan que “muchos confunden la integración con la inexistencia de problemas” y “no son sinónimos”. Otros vecinos comentan que “no había problemas, ni los hay pero que cada comunidad hace la suya”. En cualquier caso, la sensación entre los vecinos es que la comunidad musulmana no relacionado con las familias se deja ver más por la calle. Un dato que desconcierta muchos tópicos entre los vecinos es que entre los asesinos tan solo había uno con un supuesto riesgo de exclusión social.

Políticamente, la capital del Ripollès tuvo un concejal de la xenófoba Plataforma por Catalunya hasta 2015,, con un total de 312 votos. En las últimas elecciones municipales concurrió curiosamente un Mosso d’Esquadra que no obtuvo el acta de concejal.

Como apunte anecdótico de cierto temor a que alguien reproche a algún vecino su condición de musulmán, Sai, un amable índio que regenta un supermercado de conveniencia en el centro del municipio, avisa a sus clientes y periodistas una y otra vez que “él no es musulmán, sino sikh”. “Yo soy de los que deberían llevar turbán”, aclara el tendero.

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