Varados en la ruta del petróleo
La Vanguardia, , 18-05-2017Sentados en uno de los bancos del puerto de Laft, tres hombres mayores conversan mientras decenas de pescadores, mucho más jóvenes, recogen las redes y remolcan las lanchas por fuera del agua. Es tiempo de veda y luego llega el Ramadán. A esta hora de la tarde, cuando el cielo se ha puesto rojizo y las aguas se han retirado por la marea, las embarcaciones de madera que históricamente han unido a los dos lados del golfo Pérsico se proyectan como calaveras inclinadas sobre la tierra.
Ahmed, de 60 años, ha sido capitán de estos barcos desde su adolescencia. Su trabajo ha sido cruzar a Dubái transportando productos de un lado a otro. “Todo era muy fácil entonces. Hoy cada viaje dura un mes y ganamos una tercera parte (unos 250 euros)”, dice Ahmed, vestido con una túnica gris típica de los árabes, aunque él no se reconoce árabe. Son suníes pero no árabes, recalcan muchos en la isla de Qeshm, la más grande de las cuatro islas iraníes del estrecho de Ormuz.
“Somos iraníes”, repiten la mayoría. Los que saben más de historia especifican que sus ancestros son árabes originarios de estas islas iraníes, que incluso muchos de los hoy líderes de los países del Golfo descienden de estas tierras, pero que las nuevas generaciones ya no saben hablar árabe. No lo enseñan en el colegio –una de las críticas hechas al Gobierno iraní por las minorías árabes o kurdas– y las familias no se lo han transmitido.
Los árabes iraníes representan alrededor del 2% de la población iraní y los suníes, rama del islam también practicada por otras etnias como los kurdos, turcomanos o beluchis, el 10%. Es a ellos a quien el Estado Islámico (EI) hizo un llamamiento días atrás en un editorial en su periódico Al Nada. Les pedía boicotear las elecciones de este viernes porque todos los candidatos son infieles. El editorial aseguraba que el nuevo presidente liberará “las guerras chiíes” contra los suníes dentro y fuera de Irán.
“Son los gobiernos –por Irán y Arabia Saudí– los que están enfrentados. No tiene nada que ver con la gente”, dice Ahmed. Pero a pesar de que tratan de mantenerse alejados, la confrontación entre ambos países, y la tensión sectaria entre chiíes y suníes que se extiende en la región, ha terminado por afectarles. Actualmente el acceso a Dubái es difícil para gente como Ahmed, nada comparable con décadas atrás cuando llegaban sin ni siquiera tener que mostrar el pasaporte. Ahora deben esperar durante semanas a que los dejen entrar a puerto y se quejan de que no reciben buen trato. “Hace 40 años Dubái era como Laft hoy”, dice Mohamed, de 55 años, al señalar las calles de tierra y las casas bajas con torres abiertas en lo alto, para que entre el viento. Mohamed es otro de los hombres que a esta hora disfrutan de la brisa mientras llega la hora de rezar.
Irónicamente, mientras los países del Golfo ponen cada vez más problemas a los marinos iraníes, y la política a ambos lados se tensa cada vez más –excepto con Omán–, el número de mezquitas suníes financiadas con dinero que llega del otro lado del estrecho crece a un ritmo acelerado. En sólo esta población de pescadores, donde todos se quejan de que no hay agua potable ni un centro de salud, hay diez mezquitas. Algunas aún en construcción.
La mayoría son financiadas por gente de estas islas que emigró a Dubái, Bahréin o Kuwait y hoy son empresarios o comerciantes exitosos. “En esta isla interpretamos las diferencias entre Irán y los Emiratos, o Arabia Saudí, como problemas típicos de familia que terminan por solucionarse después de un tiempo”, explica Darvish, de 55 años, que asegura que si la relación entre ambos países empeora, el mundo entero se dirigirá al caos. Sabe de lo que habla. Qeshm, Hengam, Larak y Ormuz están ubicadas en el estrecho que lleva el nombre de la última isla, por donde se transporta entre el 20% y 30% del petróleo mundial y una de las zonas más militarizadas del planeta. Por estas aguas transparentes –donde los delfines son la atracción de los turistas locales– cruzan portaaviones y otros barcos militares tanto de EE.UU. como de otros países.
Los estadounidenses acusan a los iraníes de acosarlos con sus lanchas en aguas internacionales y los guardias revolucionarios iraníes han llegado a amenazar con cerrar el estrecho. Los pescadores iraníes, por su parte, dicen que son molestados por los helicópteros estadounidenses cuando lo cruzan. Miles de estos hombres vivieron durante décadas de traer mercancías de manera ilegal desde países del Golfo, especialmente de Omán, a menos de una hora de distancia en lancha rápida. Esta actividad se ha reducido en los últimos años, desde que los guardias revolucionarios se hicieron más presentes en estas aguas para acabar con el contrabando.
“Antes traíamos objetos de manera ilegal, ahora pescamos gambas en época de veda y de manera ilegal”, dice Abas, un joven que combina la pesca con conducir un taxi para turistas. Asegura que el 19 de mayo votará por el candidato que tenga más capacidad para resolver los principales problemas de la zona. Es decir, más atención en los hospitales y agua potable. “El EI no tiene ningún efecto en nosotros. Aquí pensamos que no son musulmanes, ni suníes ni chiíes. Su crueldad supera los límites de la condición humana”, cuenta Darvish, que votará por el presidente, Hasan Rohani. Como hace cuatro años, ha vuelto a prometer mejorar las relaciones con las minorías étnicas y religiosas.
“Nuestra vida es mejor. Han llegado más turistas extranjeros y sentimos que hay más seguridad. Hay problemas económicos pero cuatro años son poco para mejorar lo que encontró”, opina Darvish. Pide que quien gobierne en Teherán no cree divisiones. “Queremos volver a movernos por esta región sin problemas, como hermanos”.
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