DUQUE
Diario Sur, , 09-05-2017Se retira el duque de Edimburgo y con él se queda aún más huérfana una especie en vías de extinción: la de la gente que dice públicamente lo que piensa. A partir de ahora no va a quedar en las cortes europeas nadie capaz de señalar con el dedo a un rey y exclamar que está desnudo. El marido de Isabel II ha sido tachado de racista, machista, metepatas e inoportuno. Pero en su despedida hay que reconocerle también un sentido del humor inagotable y la tremenda valentía de haber emprendido él solito (y desde la delicada posición de consorte de la reina de Inglaterra) una cruzada personal contra la a menudo pegajosa, pringosa y estomagante doctrina de lo políticamente correcto. Si las patochadas que él ha dicho y ha hecho formaran parte del guion de una película de los Monty Python nos habríamos partido de risa y las habríamos aplaudido hasta con las orejas. Me dirán que los Monty Python se dedican a la ficción… Pues sí, pero es que los chistes de mal gusto del duque de Edimburgo también han sido pronunciados en un ámbito tan ficticio e irreal como el de la realeza y la alta diplomacia. Así que estamos en las mismas.
Es hora pues de que este hombre sea condecorado por el gremio de los cómicos, humoristas y monologuistas con la medalla al mérito de lo ‘destroyer’. Y que se publique una pormenorizada antología de sus dislates. Uno de mis favoritos es cuando le preguntó a un hombre de raza negra «¿De qué exótico lugar del mundo procede?». Y el otro le contestó: «Nací en Birmingham». O cuando se dirigió a una señora a la que él por lo visto no veía muy femenina y le soltó: «Es usted mujer, ¿verdad?». Gente como Felipe de Edimburgo existe para que los demás nos creamos moralmente superiores. Pero rara vez lo somos. Estoy segura de que quizá no sus desatinadas ocurrencias pero sí otras parecidas o peores se nos habrían pasado por la cabeza de habernos visto envueltos en situaciones tan rocambolescas como las que el duque ha tenido que vivir como acompañante de la reina de Inglaterra. La única diferencia con él es que nos lo habríamos callado. Por educación, por respeto, por prudencia… O, más bien, por pura hipocresía social, que es el material del que está hecho lo políticamente correcto.
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