¿De qué se quejan los franceses?
Son líderes en gasto social y disfrutan de envidiables ayudas, pero, en el índice de paro, no se codean con alemanes y nórdicos sino con los europeos del Sur
Diario Sur, , 07-05-2017Cada vez que alguien nos cuenta sus vacaciones en Francia, podemos confiar en que no tardará mucho en pronunciar la eterna frase admirativa: «¡Allí viven muy bien!». Parece imposible pasar unos días en el país vecino sin llevarse esa impresión: las rutinas francesas transmiten una sensación de felicidad burguesa y apacible, quizá sin grandes emociones, pero envidiable en su placidez. Al forastero no le cuesta mucho esfuerzo imaginarse como parte de esa sociedad ordenada, acudiendo a su cita matinal con el olor del cruasán recién hecho o eligiendo golosamente un queso en la ‘fromagerie’, con el espíritu de un modesto pero convencido ‘bon vivant’. Al fin y al cabo, por algo han exportado expresiones como esa.
Los únicos que no parecen convencidos con el plan son los propios franceses, dominados por la insatisfacción y el descontento. Su malestar tal vez tenga que ver con su compleja personalidad, «a la vez revolucionaria y conservadora», como dice el filósofo Marcel Gauchet, pero los diagnósticos menos piadosos prefieren presentar a los franceses como niños malcriados, echados a perder por un Estado provisor, tan considerado que ni siquiera en los últimos años ha aplicado tijeretazos dignos de tal nombre. Ya se sabe que, según una vieja fórmula, Francia sería «una URSS que ha triunfado». La frase siempre tuvo mucho de provocación, pero es cierto que en las estadísticas nacionales no faltan las cifras que llaman la atención.
En las tablas más recientes del Eurostat, Francia solo está por detrás de Finlandia en los fondos dedicados a la protección social, que suponen un 24,6% del Producto Interior Bruto del país. La proporción supera en cuatro puntos y medio a la media de la UE y en más de siete a la española. También en la dotación para Sanidad ocupa el segundo puesto, con un 8,2% del PIB, rebasado solo por Dinamarca. Los franceses están acostumbrados a contar con un colchón de ayudas de las distintas administraciones que, muy probablemente, es lo que ha propiciado una tercera cifra llamativa, quizá la más asombrosa de todas: su tasa de fertilidad es de 1,96, la más elevada de toda la UE (donde la media es de 1,58) y la última en haber superado en algún ejercicio la frontera mágica del 2, rozando la tasa de reemplazo de la población. Un cuarto epígrafe completa la panorámica: según las estadísticas europeas, Francia se ha convertido en el país que recauda más impuestos, un 47,9% del Producto Interior Bruto, por encima de países que tradicionalmente la superaban, como Dinamarca y Bélgica. El Instituto Económico Molinari, un ‘think tank’ liberal, ha calculado que un empleado típico francés ha de trabajar hasta el 29 de julio para pagar su carga fiscal del año: en España, ese ‘Día de la Liberación Fiscal’ llega el 8 de junio.
La buena disposición de los franceses para procrear no tiene que ver, desde luego, con un permiso de maternidad especialmente apetecible: son dieciséis semanas, como en España, con la particularidad de que hay que disfrutar parte de la licencia antes del parto. Pero el sistema de prestaciones hace que la crianza resulte mucho menos onerosa. Los padres con rentas más bajas reciben los 927,71 euros de la prima por nacimiento, los 185,54 euros mensuales del subsidio básico hasta los tres años y diversos complementos, también mensuales: hay uno de casi cuatrocientos euros en caso de dejar de trabajar para atender al pequeño y otro que puede alcanzar los 850,47 euros si se opta por contratar a una cuidadora. Existen también subsidios de comienzo de curso (de entre 365,91 y 399,48 euros por niño, según su edad) e incluso ayudas para mudanza que pueden ascender hasta los 978,82 euros. Y todo el mundo, independientemente de sus ingresos, tiene derecho al subsidio familiar a partir del segundo hijo: son hasta 130 euros mensuales hasta que cumplan los veinte.
Tensión étnica y religiosa
También el subsidio de desempleo figura entre los más generosos de Europa, tanto por las condiciones de acceso (bastan cuatro meses trabajados) como por su duración (hasta dos años, que se alargan a tres en el caso de mayores de 50 años) y su cuantía máxima: el límite está fijado en 7.130 euros brutos, frente a los 1.400 de España o los 2.450 de Alemania. En caso de que el parado encuentre un trabajo con un sueldo inferior al subsidio, se le sigue abonando la diferencia hasta que agote el derecho. ¿Y qué hay de los salarios? El sueldo mínimo es de 1.480 euros mensuales, muy similar a los de Alemania y Bélgica (el español, si se reparte en doce pagas, se queda en 826), con lo que Francia se sitúa en el quinto puesto de la tabla europea una vez eliminada la distorsión de los diferentes costes de la vida.
Pero, en un día como hoy, es mucho más probable que nuestros vecinos del norte nos subrayen sus estadísticas menos lucidas. Sobre todo, la del paro, que solo puede parecer positiva si se contempla desde un país como el nuestro. Francia cambia de compañía en esta clasificación: de codearse con nórdicos y alemanes, aquí pasa a situarse justo detrás de Grecia, España, Chipre, Italia y Croacia, por culpa de esa desempleo del 10% que se eleva al 25% en el caso de los jóvenes. No es el único dato negativo: según un estudio de la UE, hablamos del país donde se percibe de manera más acusada la tensión entre grupos étnicos y religiosos, mientras que la OCDE ha alertado sobre la brecha social, con un 20% de ricos que multiplican por cinco los ingresos del 20% de pobres. Uno de cada cinco franceses se ve en dificultades para llegar a fin de mes, así que, por mucho que nuestras vacaciones nos sugieran lo contrario, no todo el mundo está relamiéndose en la ‘fromagerie’.
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