Arrats: Una mano tendida a las prostitutas

Desde la asociación asesoran a aquellas mujeres que lo desean en materia sanitaria, jurídica y de prevenciónTrabajan con el programa Aukera, que el año pasado orientó a un total de 1.047 mujeres en Gipuzkoa

Diario Vasco, ESTRELLA VALLEJO, 05-05-2017

El limbo a nivel legal en el que se encuentra la llamada ‘profesión más antigua del mundo’ practica el mismo funambulismo desde un punto de vista social. Se balancea entre un sector de la población que reclama su regulación, otro que lo critica y menosprecia, y un tercero que simplemente lo obvia, fruto del desconocimiento hacia un mundo que desde la superficie resulta tan sórdido como ajeno y que parece ser conveniente no remover en exceso.

Quien conoce bien el mundo de la prostitución es Amaia Lasheras. Lleva años trabajando como técnica del programa Aukera y habla sin tapujos de la realidad de las mujeres que la ejercen, con un discurso que se aleja de su «victimización». «Hay mujeres que lo pasan mal. Muy mal», asume de entrada. «Pero en Gipuzkoa apenas se dan esos casos. Aquí, la gran mayoría son independientes, conscientes de que desempeñarán este trabajo durante un tiempo para sacar el dinero que les hace falta y después lo dejarán», sostiene al tiempo que hace hincapié en que desde su asociación trabajan con mujeres que ejercen de forma «libre y voluntaria». «Nos empeñamos en decir que son las pobres víctimas a las que hay que proteger, y obviamos que muchas han trabajado limpiando casas o cuidando personas mayores, pero por esos sueldos dicen que se lo quede otra», expone de forma rotunda.

Preguntarse por el número de mujeres que ejercen la prostitución en un municipio es tan común como imposible ofrecer una cifra que se aproxime a la verdad, «porque suelen cambiar de localidad con cierta asiduidad». No obstante, la asociación Arrats, que engloba el programa Aukera, elabora una memoria anual con los casos en los que ha trabajado. A lo largo de 2016, la asociación atendió en Gipuzkoa a 1.047 mujeres que ejercen la prostitución en clubes, pisos particulares y en la calle. La mayoría de ellas proceden de América Latina, África y de países del Este, y suelen recurrir al colectivo para solicitar información sobre cuestiones jurídicas, sanitarias o preventivas.

Más de 50 pisos en Donostia

Según la memoria del año pasado, de las 1.047 atendidas, en el trabajo de campo realizado se contactó con 147 personas que ejercían la prostitución en pisos particulares ubicados en Donostia. Quince eran españolas, estiman que entre un cinco y un diez por ciento eran hombres, y otro 5% transexuales. La labor de Lasheras en clubes fue algo más intensa, donde llegó a estar en contacto con 767 mujeres . Confiesa que en la calle «hay muy pocas, apenas cinco o seis». Lasheras denuncia que ahora «tienen que estar más escondidas, y con más riesgo que nunca». E insiste en la recomendación que les hace de apuntar la matrícula del coche al que suben sus compañeras.

Otro dato revelador del documento es que en la capital guipuzcoana de las 50 viviendas particulares con las que se intentó estrechar lazos, 22 les abrieron las puertas, «pero hay otras muchas, más de medio centenar», asegura la técnica de Aukera.

Los principales motivos por los que las mujeres acuden a la asociación es «a por preservativos, cuestiones sanitarias como el trámite de la tarjeta, pruebas del VIH, sífilis o por cuestiones jurídicas de extranjería. Ayudas prácticamente no solicitan».

En relación al funcionamiento de los clubes, la técnica aclara que operan como hoteles, eso sí, «con el mayor índice de ocupación de toda la ciudad, e incluyéndoles la tarjeta para la luz, etc.», ironiza. La demanda con la crisis bajó, pero no tanto por la cantidad de clientes sino por el número de veces que acudían. Señala que en este sector la experiencia es un grado siempre que no sea excesiva. «Las de 30 años trabajan más que las de 18 porque saben cómo abordar a los hombres», expone.

Uno de los problemas más comunes a los que suelen enfrentarse estas mujeres tiene que ver con la utilización del preservativo. «Ellas exigen su uso, pero si les hace falta dinero y el cliente les dice que si no se lo ponen les pagan más… Ahí vienen los sustos».

Lasheras hace hincapié, por otra parte, en que es importante diferenciar el tráfico de la trata de personas. El tráfico consiste en pasar a un individuo de un país a otro a cambio de una deuda «que puede alcanzar los 40.000 euros, como una mujer africana que conocimos. Pero no le obligan a prostituirse si no quiere». La trata, en cambio, sí les obliga a ejercer la prostitución. «No hemos localizado casos de trata, pero también es cierto que no es nuestro trabajo. Nosotras generamos un clima de confianza con ellas para asesorarles, y si se prestan suele ser porque no tienen nada que esconder, aunque sí que tenemos protocolos de actuación por si diéramos con algún caso». Lasheras habla de esta realidad mientras lamenta que siga existiendo el ‘amor romántico’: «Es el chulo de toda la vida, que puede seguir incluso en el país de origen y le hace pensar que se casará con ella, mientras se queda con todo».

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