Un centenar de jóvenes vive en los pabellones abandonados
Los otros vecinos de Zorrotzaurre
DEIA se adentra en las entrañas de Zorrotzaurre, donde un centenar de jóvenes vive en los pabellones abandonados. Algunos tienen atemorizado a todo el barrio
Deia, , 04-04-2017BILBAO – Una excavadora está preparada para entrar a demoler más pabellones en La Ribera de Zorro – tzaurre. Los derribos van a dejar sin techo a casi un centenar de personas de diferentes nacionalidades y con casuísticas distintas que viven en condiciones infrahumanas, pero que no tienen otro sitio a donde ir. “Vamos a ser los primeros en salir, dicen que esto será una isla mágica muy pronto”, señala con sorna un joven cubano que vive desde hace ya siete años en estas lonjas deshabitadas. Las entrañas de Zorrotzaurre dejan al descubierto una realidad sangrante que también existe en Bilbao. “No hace falta mirar a Siria”, dicen los vecinos. “Aquí tenemos a nuestros propios refugiados”.
El Ayuntamiento ha tomado cartas en el asunto. Tal y como informó ayer DEIA, varias cámaras de vigilancia, entre otras medidas, velarán por la seguridad de los vecinos de Zorro – tzaurre. Y mientras esto sucede en los despachos, en la calle la cruda realidad se palpa con solo darse una vuelta por el entorno. El problema de la suciedad y el mal estado de los habitáculos es tan grave como lo son los brotes de violencia de algunas de estas personas. Así, no es de extrañar que los vecinos más próximos se sientan sitiados en sus propias casas.
En la Ribera de Zorrotzaurre, nada más atravesar el puente de Gehry, vive un centenar de personas, de diferente nacionalidad y tipología con un único nexo en común: son jóvenes – la mayoría no llega a los 35 años – y su situación es de absoluta vulnerabilidad. No tienen trabajo ni familia que les apoye. Pero, las realidades que conviven en la ribera más marginal de esta zona son diferentes y son sus habitantes los primeros en desligarse de los violentos.
Fundamentalmente, la radiografía de este vecindario de okupas se divide en dos grupos. En una parte de los pabellones vive algo más de una docena de personas. “Somos una familia”, dice uno de ellos procedente de Cuba que lleva más de 12 años fuera de su país. Hay también una pareja de madrileños, otra de Zamora y el resto son afrocubanos. Junto a ellos, tres perros guardan la puerta, porque además de compañía también necesitan protección, según dicen, de los habitantes de los pabellones vecinos.
En los barracones contiguos se han asentado sobre todo argelinos y marroquíes. Hay incluso quienes cada mañana salen de estas infraviviendas con sus carpetas para ir a estudiar a la Fundación Peñaskal y labrarse un futuro mejor como el que le espera a esta península de Zorrotzaurre.
Convivir a la fuerza No existe contacto entre ellos. De hecho, no se meten unos con otros. Y no lo hacen, no por las normas de convivencia, sino porque ya se conocen, ya han medido sus fuerzas, según relatan.
No quieren perder su anonimato – apenas permiten fotografías – , no quieren poner focos a su situación porque “somos personas sin trabajo ni vivienda, pero no somos vagabundos”, señala uno de ellos. Llegó hace ya unos meses de Zamora y a sus 34 años dice haber agotado ya todas las puertas donde tocar para encontrar un empleo. “Somos los hijos pobres de la crisis, la generación de los 80, que éramos albañiles, trabajábamos en la construcción y nos quedamos sin empleo”, se lamenta con rabia. En este tiempo en los pabellones incluso ha aprovechado para pedir trabajo en todas las contratas de Zorrotzaurre. “Me dicen que no tienen ni para ellos”. Así que se saca algo de dinero pintando láminas mientras su pareja hace pendientes. “Ella es artesana”. La joven perdió el hijo que esperaban hace dos semanas y aún esta convaleciente. “Los servicios sociales le ofrecieron un sitio donde quedarse, pero ni yo ni el perro podíamos estar juntos. ¿Dejaría usted a su pareja y a su perro?”, pregunta. En breve se irán buscando la ruta de la vendimia. “Aquí no tenemos nada que hacer”, se resignan.
Por la parte de arriba del pabellón, de dos pisos, se asoma una pareja de Madrid. El se afeita frente a un espejo donde se refleja con más intuición que certeza. Y allí, mientras se inicia la charla, se rapa pelo y barba. “Uf, te has quitado años de encima”, le dice ella. “Solo queremos ayuda para encontrar una vivienda, no queremos estar en un cajero”.
El joven cubano retoma el hilo de la conversación cuando se han incorporado al grupo otras cuatro personas de color y hablan entre ellas en su dialecto. “Son afrocubanos. Nos entendemos bien; ondo, que también soy vasco”, afirma haciendo un guiño a sus compañeros. “De cien euros, 90 son para mi mujer y mis tres hijos. No estoy con ella pero le paso el dinero. Hago pendientes para sobrevivir. Pero esto lo van a tirar y necesitamos un sitio a donde ir”.
Este pabellón es su casa, “hasta tengo papeles”, porque relata que fue el dueño quien le dio permiso para poder vivir ahí. “Solo me dijo que no hiciéramos fuego ni molestáramos a los vecinos. Buena gente”. El joven cubano venía entonces de una experiencia dura, porque un incendio en la casa donde también estaba de okupa le dejó en la calle. “Y lo peor es que en esa casa murió otro cubano y he sido dado por muerto durante un tiempo”, se queja. “Fue una que habló demasiado”, le anima otro de los compañeros.
Mientras cada uno relata sus vivencias se escucha música. “Nos gustaría ver la tele, pero hemos perdido el mando y, aunque es pequeña, funciona”. Y uno de los jóvenes conecta el televisor. “Nos gustaría arreglar el mando porque estaría bien ver algún filme. Al final somos como una familia”. En Lagun Artea van a lavar su ropa… y a veces al comedor.
“En general no queremos ir a esos comedores porque en algunos te echan unos polvos y te dejan medio dormido. Mejor comemos aquí que vemos los que hacemos”, se convencen. Vivir en la calle no sale gratis a nadie. Sus almas lo reflejan.
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