El rechazo al muro de EEUU y a Peña Nieto divide México

El Mundo, JAVIER BRANDOLI CIUDAD DE MÉXICO, 13-02-2017

México salió ayer a protestar por lo de fuera sin dejar de mostrar su malestar por lo de dentro. Por momentos era complicado distinguir si la marcha era contra Donald Trump, contra Enrique Peña Nieto o era contra los dos. Miles de personas, aunque muy lejos del objetivo de sacar al país a las calles, marcharon bajo el lema «Vibra México».

La izquierda no fue, la derecha está dividida y las protestas son parte de la rutina social del país. Alguien en la Casa Blanca debe estar frotándose las manos. Si lo que se quiso dar es una imagen de unidad frente a la amenaza exterior de Washington, no se consiguió; si se quiso demostrar hartazgo y enfado ante todos y por todo, el mensaje fue rotundo.

El país más directamente atacado por el presidente estadounidense necesitó tres «eternas» semanas, «¿sólo han pasado tres semanas?», señalaron algunos de los manifestantes con cierta ironía, para sacudirse miedos, iras y asombro y salir a la calle a decirle al mandatario que al otro lado del muro hay un país dispuesto a plantarle cara.

Pero el aviso era también de carácter interno y los manifestantes aglutinados en más de 70 organizaciones civiles portaban un mensaje que generó las esperadas divisiones: «Yo quiero un México sin violencia, sin corrupción y sin impunidad. Eso nos hará más fuertes para defendernos ante el mundo y seremos dignos de respeto», era uno de los numerosos lemas de la convocatoria.

Y todo esto en un momento político en el que el presidente mexicano tiene un respaldo que algunas encuestas internas de su Gobierno lo sitúan por debajo del 10%. «El problema está dentro. Trump puede hacer lo que quiera en su casa, pero Peña Nieto es un hombre de poca capacidad», explicó Manuel Luna, Coordinador General del Congreso Nacional Ciudadano de Ciudad de México.

Ese dual rechazo Trump-Peña dinamitó en cierta medida el encuentro en la previa a la marcha de ayer, provocando que hubiera una manifestación de urgencia convocada por organizaciones más afines al Gobierno que salió del Hemiciclo de Juárez y no del Auditorio Nacional. La responsable de esa segunda y minoritaria protesta, la activista Miranda de Wallace, presidenta de la organización Alto al Secuestro, denunció haber recibido amenazas de muerte por esa convocatoria alternativa que en todo caso acababa en el mismo punto que la primera. «Ni para protestar por la mayor amenaza exterior nos ponemos de acuerdo», explicó triste Carlos García, un empresario con intereses a ambos lados de la frontera.

Porque pese a la respuesta de miles de ciudadanos que salieron ayer a tomar las calles en diversas ciudades del país para expresar su rechazo a las «racistas» políticas de Donald Trump, la división estuvo presente siempre.

La consigna de la marcha mayoritaria es que no habría gritos ni discursos, sólo se cantaría el himno nacional al final del recorrido en la plaza del Ángel de la Independencia. Lo que pasó es que desde primera hora había un autobús con megáfonos que lanzaba duras consignas contra Peña Nieto y con una evidente ideología de una izquierda mexicana que no formó parte ayer de las protestas. El autobús fue rodeado por policías que impedían que avanzara entre gritos de rechazo de la mayor parte de manifestantes que no secundaban las proclamas lanzadas desde el vehículo.

También hubo una relativa presencia de una parte de la universidad más importante del país y miles de voces indignadas sin rumbo. La marcha contó con el apoyo del rector de la reputada Universidad Nacional Autónoma (UNAM), algo que no sucedía desde la matanza de los estudiantes de Tlatelolco en 1968: «Soy profesor de Derecho de la UNAM. El primer muro que debemos derribar es el de la corrupción», declaró Ricardo Peral, que fue a la marcha con su mujer y sus tres hijos. «Venimos en contra de las agresiones imperialistas de Trump. América Latina es sólo una, pero al norte están los Estados Unidos y al sur los Estados Desunidos», dijo el chileno Álvaro Larraín, que portaba una pancarta de apoyo con la bandera de su país.

«Queremos dignificarnos como mexicanos y que Trump se dé cuenta de que no trata con maleantes e ignorantes», pidió Berta Vidal. A su lado, Charo Vázquez volvía a demostrar que allí había quejas en todas las direcciones: «No necesitamos que nos agredan de otros países, ya nos agredimos nosotros».

Quizá el único denominador común de la marcha fue la palabra «dignidad», esa sí parece que unía a todos: «Soy mexicano y vengo por primera vez a una marcha. Hay que vivir con dignidad y no con caridad, eso es algo que he aprendido de mi discapacidad», aclaraba Gustavo Pérez mientras se iba con su silla de ruedas a unirse a la queja de un país que ayer lo que enseñó es que está compuesto por demasiados pedazos. Al himno que debía rugir al final de la marcha le faltaron voces para ser escuchado en Washington.

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