CINE FESTIVAL DE BERLÍN

‘SWING’ CONTRA EL NAZISMO

La Berlinale da su primer paso fuera de compás con un rutinario ‘biopic’ de Django Reinhardt

El Mundo, LUIS MARTÍNEZ BERLÍN ENVIADO ESPECIAL, 10-02-2017

En la Berlinale, la política, en su sentido más amplio, lo puede casi todo. Política fue la rueda de prensa de presentación del jurado (sí, lo sentimos, se habló de Trump). Políticos son los donner kebab de referencia (los vende un turco exiliado bastante enfadado). Y política, obviamente, fue la inauguración. Hasta el frío es sospechoso de radical. «Estamos aquí para aprender a derribar muros», dijo Diego Luna como miembro mexicano de un tribunal presidido por Paul Verhoeven. Se notaba mucho que la frase había sido escrita por el mismo guionista a las órdenes de Kennedy cuando visitó Berlín, pero valió igual. Aplausos.

Django es el título con el que el director debutante Etienne Comar, antes sólo productor, quiso no romper la coherencia interna y externa de todo esto. Se trata, en efecto, no tanto de la vida entera del guitarrista de origen gitano Django Reinhardt, sino del periodo de su vida más peligroso y político por tanto: aquél del acoso nazi. Hablamos, concretamente, del año 1943. Nos referimos, para situarnos, a un tiempo en el que el jazz era considerado por la maquinaria de propaganda alemana un «arte degenerado» y los instrumentos musicales eran debidamente catalogados y separados en arios (el fagot y su lengüeta doble, por ejemplo) y los africanos (la batería).

La cinta básicamente deja que Reda Kateb (memoricen el nombre) exhiba la capacidad de transformación de un actor en estado de gracia. Se diría que todo el esfuerzo de dirección, tal como es ley en el género, consiste en hacer que la cámara sufra siempre pendiente de la pelea interna de un hombre dividido entre su talento, máxima expresión del deseo, y la realidad en sus horas más bajas. Así, el héroe duda. Se debate entre el compromiso con su arte y con su tiempo; se rompe por dentro entre la mujer que ama y la madre de su hijo; lucha entre la idea de dejarse convertir en mártir o la insistencia de la carne por permanecer viva, sólo eso.

Digamos que el escenario que plantea el director, a fuerza de habitual, se antoja hasta cálido, entrañable, quizá único en su voluntad de no ser más que una repetición eterna. Pero, y llegan las malas noticias, nada de ese combate si se quiere mítico entre la voluntad y lo otro asoma en la pantalla. Toda la película se deja llevar por la rutina sin arrancar a la historia en verdad brutal que se narra nada más que la piel. Lástima.

Cuenta Comar que la obsesión de los nazis por Django era eso: inmisericorde. «El régimen siempre fue consciente de que la música tal y como la interpretaba él era una herramienta de libertad». También dice que el poder de provocación de uno de los hombres que pasa por ser el padre del jazz europeo y creador de ese latido entre el swing y la música gypsy (el jazz manouche) era aún más agresivo por su condición de vagabundo, de hombre de todas las patrias. De gitano en fin.

Y todo ello, en efecto, está presente en la película casi con carácter de documento. En ella vemos que Goebbels prohibió la emisión de esta «música de monos», decía, en todas las radios y emisoras bajo su dominio. Que llegó a ser mucho, que llegó a ser Europa casi entera. La restricción alcanzaba a otros estilos como el fox-trot o el tango. Cualquiera que se haya acercado al libro de referencia de Mike Zwerin Swing frente al nazi. El jazz como metáfora de libertad ya sabía de esto. Y Django, la cinta, no hace sino prestarle la siempre paradójica esencia del cine. La pantalla tiene un raro efecto sobre la realidad: la amplía tanto que cuesta siempre reconocerse en toda la dureza de la estupidez. ¿Cómo pudimos ser tan cruelmente estúpidos?

Sea como sea, vuelve a tomar la palabra el presidente. «Sólo creo en el cine que me provoque», dice Verhoeven desde la cátedra que más conoce: la de la provocación. «Creemos en el mensaje del cine, no en el cine de mensajes», insiste lírico y político Diego Luna. Y les creemos. De momento, vamos mal. Pero esto no ha hecho más que empezar. Políticamente hablando.

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