Trump traslada su 'show' a la Casa Blanca

Al día siguiente de despedir a la fiscal general el presidente convierte en espectáculo el nombramiento de un juez del Supremo

Diario Sur, MERCEDES GALLEGO , 01-02-2017

El grito autoritario de «You are fired!» (¡Estás despedido!) hizo famoso a Donald Trump en su programa ‘The Apprentice’ (El Aprendiz) y no ha sido capaz de dejarlo atrás en su camino hasta la Casa Blanca. ¿Cuánto tiempo tardaría en resucitarlo como presidente? Diez días y nueve horas. La primera damnificada dispuso de unos minutos de aviso con respecto al comunicado público que explicaba la decisión, equivalente a los primeros planos de televisión en los que Trump daba cuenta del asunto en términos despectivos.

«La fiscal general en funciones Sally Yates ha traicionado al Departamento de Justicia rehusando cumplir una orden legal designada para proteger a los ciudadanos de EE UU», leía el comunicado oficial. «Yates es un nombramiento de Obama, es débil con nuestras fronteras y muy débil con la inmigración ilegal».

A Yates, «una persona de gran integridad que sigue su conciencia y la Constitución», según los demócratas, le faltaban dos días para irse. Podía haberlo hecho sin pena ni gloria o con una declaración de rebeldía que la ha convertido en heroína de la izquierda. Su orden a los abogados del Ministerio de Justicia de no defender el veto a los musulmanes de siete países que ha hecho llorar a la Estatua de la Libertad era sin duda un acto de rebelión contra el Gobierno con el que no pretendía seguir. En su opinión, el espíritu de ese veto viola la carta magna de EE UU y podría abrir una crisis constitucional.

Fue precisamente el senador Jeff Sessions, quien la sucederá, el que hace dos años la puso contra las cuerdas y le obligó a prometer durante las audiencias de confirmación que defendería el espíritu de la ley y le llevaría la contraria al jefe si era preciso. Pocos creen que el nuevo fiscal general al que aprobó ayer el Senado vaya a mantener esa estatura frente a un presidente como Trump. El despido de Yates era, sobre todo, un aviso para el resto de los funcionarios de gobierno que pretendan disentir, pero también un rejoneo para espolear la ficción. A esta los ecos del autoritarismo de Nixon que escalofriaban a John Dean, entonces consejero de la Casa Blanca, no le importaban. «Los dos tienen personalidades autoritarias, despiden a la gente porque no aceptan que nadie esté en desacuerdo con ellos, son narcisistas que buscan la atención… Sólo que Nixon no hubiera sacado un comunicado como ese».

Un año vacante

El episodio de Yates se conoce ya como la Masacre del Lunes por la noche, en recuerdo de la del sábado por la noche en la que Nixon despidió al fiscal independiente que encontró cargos para enjuiciarle, lo que provocó la dimisión del fiscal general y su adjunto. A Trump le envalentona saber que el 48% del electorado, según una encuesta de la Universidad de Quinniapiac, aplaude sus medidas, porque una de las razones para votarle era su promesa de mano dura contra la inmigración.

La otra llegó anoche en el horario de máxima audiencia de la parrilla televisiva por la que compite Trump: el nombramiento de un juez para el Tribunal Supremo. Un cargo vitalicio que supera con creces la vida de los presidentes, perfila la sociedad estadounidense más que cualquiera de ellos y puede cumplir los sueños de progresistas o conservadores según incline la balanza.

La muerte del juez Antonin Scalía, uno de los más conservadores de la historia, dejó en febrero pasado una vacante que correspondía a Barack Obama, pero el Congreso de mayoría conservadora se negó a votar por ningún candidato hasta que pasaran las elecciones. La apuesta era arriesgada. De haber ganado Hillary Clinton habría nombrado un candidato aún más progresista que el moderado juez Merrick Garland que proponía Obama, pero la simple incógnita sirvió para alinear a la derecha cristiana detrás del candidato republicano. Trump les prometió un juez pro vida que se oponga al aborto y a cualquier regulación de armas.

Para ello ha buscado el asesoramiento de su hermana, la juez federal Maryanne Trump, y la máxima expectación. Tanto que horas antes de que se produjera el anuncio ninguno de los dos finalistas había sido informado de la decisión. La prensa empezaba a descartarlos según las horas de vuelo que necesitarían para estar presentes en la Sala Este de la Casa Blanca cuando redoblaran los tambores. Neil Gorsuch vive en Denver (Colorado) y Thomas Hardiman en Pittsburg, (Pensilvania), por lo que por distancia iba ganando este último, hasta que Trump ordenó llevar a los dos a Washington para alimentar la emoción.

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