“Todo lo que veis está sacado de la basura”
Miran con pesar el drama de Andoain, y reconocen que es“dura la convivencia en pabellones ocupados”. Ellos se organizan a su manera. Estas dos familias rumanas, asentadas en un recoleto paraje de Martutene, viven sin tutelas ni ayudas sociales.
Diario de Noticias, , 29-01-2017un ganso, que hace las veces de perro guardián, custodia la entrada al recinto. El animal grazna a las primeras de cambio en un alocado batir de plumas que resulta providencial. De inmediato, las dos familias que viven en este recóndito paraje, oculto en una zona boscosa del barrio de Martutene, saben que algo ocurre.
Cada dos por tres el puchero está huérfano de pollo – siempre con más caldo que carne – , pero por mucha hambre que pasen, el ganso puede respirar tranquilo. La falta de recursos no está reñida ni con la higiene ni con el decoro, y menos, añaden, con el amor hacia los animales.
Mura Murasan Stefan se toca la gorra y ejerce de anfitrión, invitando al resto a seguir sus pasos sobre un suelo tapizado de hierba artificial. Conforme avanza, NOTICIAS DE GIPUZKOA se adentra con él en dos chabolas, de las pocas que aún quedan en pie en Donostialdea. La banda sonora a este lugar en medio de la nada la pone el traqueteo de un tren cercano y el rumor apagado del tráfico de la Autovía del Urumea.
Las dos familias cuentan con una larga tradición como ocupas, y lo tienen claro. “La convivencia en un edificio con otras personas es complicada”. No responden al perfil del grupo que residía en la fábrica en desuso de Andoain, a las que un fuego intencionado ha ocasionado esta semana un serio quebranto, dejando un muerto y tres heridos dentro de una comunidad de vecinos en las que cada inquilino gozaba de su propio espacio. Ellos no viven en comunidad, aunque lo han hecho durante años. “La convivencia con personas de otras nacionalidades suele ser complicada, por eso preferimos organizarnos a nuestra manera y buscamos lugares donde podamos estar más o menos tranquilos”.
Stefan, de 30 años, cuenta que la policía suele visitarles para advertirles de que tienen que irse. Pero ya va para tres años, y de marcharse nada. Ni siquiera han abandonado sus hogares de madera estas noches de temperaturas gélidas. “Tenemos una estufa, y con ella nos arreglamos. Nos gusta organizarnos a nuestra manera. No nos gusta ir al piso del frío del Ayuntamiento porque nos separan, y no estamos acostumbrados a estar el uno sin el otro. Queremos vivir juntos, y además no queremos mezclarnos con gente que bebe, que dice cosas malas y molesta”, tercia Murasan María Florina, su mujer, que se cala un gorro de lana antes de ir a por chatarra. El matrimonio mantiene una relación cordial con el resto de vecinos del barrio. Les gusta adecentar su morada, limpiar la zona y echar las bolsas de basura al container. Sus viviendas, hechas de maderas y retales cogidos de aquí y allá, se convierten así en hogares dignos que cuidan ateniéndose a las normas, a diferencia del mal fario que dan otros ocupas, como los del número 1 del Camino de la Hípica, en Loiola, cuyo acceso ha sido tapiado tras las reiteradas quejas por incendios de mayor o menor envergadura que han exigido la presencia de los bomberos estos meses atrás. Se clausura así un local, y se vuelve a buscar otro techo. Es la dinámica de siempre.
Nueve años del desalojo
El aprovechamiento de pabellones o villas en desuso es una constante entre las personas sin hogar. Han transcurrido ya nueve años desde el desalojo de más de un centenar de rumanos del antiguo instituto de Martutene. Es la ocupación más numerosa que ha conocido el territorio. Aquella mole de hormigón, para la que se estudió diferentes usos que nunca llegaron a materializarse, es hoy un edificio sin vida y de trapería pestilente, al que se puede acceder bordeando el instituto por un camino embarrado, a través de un pequeño boquete.
Como si de una incursión de espeleología se tratara, clausurar la entrada exige valerse de una linterna y no descuidar el abrigo, porque la temperatura ahí adentro baja de golpe dos o tres grados. En un primer instante, todo es oscuridad, que remite en la medida que se suben peldaños hacia las plantas superiores, que descubren marañas de cables, colchones raídos y viejos sofás. La fuente de luz principal se cuela por una claraboya en mitad del techo.
El silencio en este edificio casi fastasmagórico solo se rompe a golpe de ventanas, que se abren y cierran a merced del viento y del frío helador. Es hoy por hoy uno de esos misteriosos inmuebles que solo seducen a los amantes de las emociones fuertes, como los escolares que en ocasiones se cuelan para medir su valentía. “Han llegado a subir hasta el tejado. Vienen con ganas de retarse, a ver quién es capaz de recorrer todos los pasillos”, dice un vecino. Así ocurrió en la noche de Halloween. La presencia de menores en un edificio abandonado a su suerte y en condiciones tan poco salubres exigió la presencia policial.
Aquí vivieron Stefan y su mujer Florina, que miran al viejo instituto sin ninguna nostalgia. Tras aquel penoso desalojo se marcharon a Burgos, sus dos hijos a Rumanía, y con el tiempo solo regresaron para instalarse, quién sabe por cuánto tiempo, en la chabola en la que hoy día viven, que insisten en mostrar. “Todo lo que veis está recogido de la basura. La gente con dinero tira cosas que son muy útiles”, revelan señalando cazuelas, aperos y toda suerte de objetos que huelen a mausoleo, y que parecen cobrar vida, como las alfombras limpísimas a la entrada de su casa. La estufa alimentada por bombonas de butano, tan necesaria estos días, se la proporcionó Cáritas, pero por lo demás están acostumbrados a buscarse la vida. “Al menos tenemos un techo. En Rumanía no tenemos nada. Aquí nos ganamos la vida con la chatarra, recogiendo sartenes y hierros. Así es como nos ganamos el pan”, cuentan.
Estos días no salen del asentamiento hasta mediodía, a la espera de que temple, y solo entonces comienza el quehacer diario entre basuras de las que, a fuerza de rebuscar, acaba saliendo algo. Sus ingresos son variables: “de cinco a siete euros por cinco horas de trabajo, aunque también es verdad que suele haber algún día bueno que puedes llegar a 30”.
Un extintor junto a la cama
Utilizan un generador. El artilugio consume dos litros de gasolina, unos tres euros diarios. Adrian Catana, 35 años, muestra una batería de coche y unas chapas de aluminio. Él es el vecino de enfrente. Reina entre todos un buen ambiente. Catana se gana la vida echando una mano en una decena de talleres del Polígono 27 de Martutene, donde le dan chatarra que vende en Andoain. “Fui el jueves, y pude enterarme de todo lo ocurrido en el pabellón incendiado. Uno de los heridos trabaja en la chatarrería”. A renglón seguido entra el hombre en su casa agitando su mano, invitando a seguirle. “Mirad, aquí nunca quemamos madera por lo que pueda pasar. Al margen de que haya sido intencionado o no el fuego, hay que tener cuidado. Nosotros funcionamos con estufa, y para cualquier imprevisto tengo este extintor que me dio un conocido”, muestra el rumano.
Su mujer parece ausente. Sonríe como un acto reflejo, y sus ojos azules se pierden en la nada. Padece esquizofrenia. La medicación es muy fuerte y le deja noqueada. Durante la visita se ve obligada a sentarse varias veces porque sus piernas no le sostienen. “Toma diez pastillas diarias, y dos inyecciones al mes”, indica su marido, que saca el pastillero en el que lleva todo el control. “Hay que ser muy cuidadosos con la medicación. El problema es que no contamos con ninguna ayuda, y cada caja nos cuesta 44 euros”.
Adelina Sirbulet, de 38 años, su mujer, pierde momentáneamente el equilibrio y un traspiés le hace golpearse contra la puerta de entrada. La rumana vuelve a sentarse, y se le acercan sus tres gatos. Le gustan los animales, y bromea con el ganso. “Te intenta morder, pero a la noche le dejamos entrar en casa porque hace mucho frío”, balbucea Adelina.
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