«Ni bebo vodka por ser rusa ni tengo en casa un oso blanco»

Irina Vasiliauskaite - Presidenta de la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi «Vengo de una familia muy mestiza y creo que es importante conservar todas las raíces», dice esta doctora en Química lituana que llegó en 2003

El Correo, LAURA CAORSI nuevos vascos, 23-01-2017

Irina Vasiliauskaite es lituana, de Kaunas, aunque tarda poco en señalar que el tema de la nacionalidad le parece irrelevante. Mejor dicho, le hace gracia. «En Rusia, como en muchos otros lugares del mundo, siempre hay quienes hablan de la pureza. Y a mí me da la risa. Con tantas guerras y tantos viajes, después del paso de los tártaros… ¿de qué pureza hablan? ¡Hasta Iván el Terrible era descendiente de lituanos!», apunta divertida, echando un vistazo a la Historia.

Su visión cosmopolita tiene que ver con su infancia, pero también con su época de estudiante y su experiencia migratoria más reciente. «Crecí en una familia mixta, mestiza –relata–. Mi madre era rusa y mi padre, lituano. Tenemos raíces en Siberia y en los Montes Urales. Me eduqué en varios idiomas, dentro y fuera del país, mi hermana vive en Inglaterra y mi hija nació aquí», enumera rápidamente, a modo de apuntes de la diversidad.

Un hecho concreto de su vida muestra la fragilidad de las nacionalidades como criterio para clasificar a la gente: «Hice mi primera carrera en San Petersburgo. Viví siete años allí. Empecé como cualquier otro estudiante y terminé como extranjera. En 1991, justo un año antes de sacarme el título, la Unión Soviética se disolvió. Me costó mucho que me dejaran acabar los estudios. Y, en cuanto lo hice, salí pitando a Lituania», recuerda Irina, que es ingeniera química y doctora en Ciencias Técnicas. «El doctorado ya lo hice en mi país, en la Universidad Tecnológica de Kaunas», aclara.

Los estudios son, para ella, un fuerte hilo conductor. Si algo queda claro al conversar con Irina es el altísimo nivel de exigencia educativa que vivió durante años. Estudió música, piano, deporte… Mientras terminaba el instituto, en Lituania, preparaba los exámenes de ingreso a la universidad haciendo cursos a distancia, en Moscú. Incluso practicaba paracaidismo con frecuencia, una actividad que, reconoce, le encantaba solo a ella porque sus padres «se ponían de los nervios».

AL DETALLE

17.681

lituanos residen en España, de los que 103 se encuentran en Euskadi.

0.04%

es el porcentaje que representa esta comunidad sobre el total.

«Mucha gente me pregunta si no tenía tiempo libre o cómo hacía para divertirme. Y yo siempre respondo que viví una juventud maravillosa. Cuando estaba en San Petersburgo, no había ni una obra de teatro ni un concierto al que no fuera. Pasé tardes enteras en el Museo del Hermitage. No sé… nunca sentí que me estuviera perdiendo nada», dice Irina que, después de su paso por Rusia, se dedicó varios años a la docencia y la investigación científica en su país. «Trabajé diez años como investigadora en Kaunas, hasta que se empezaron a hacer reformas y recortes que fueron destrozando el mundo científico», lamenta.

«Al salir, apaga la luz»

La falta de perspectivas laborales y económicas la llevaron, primero, a compaginar distintos trabajos en su ciudad. «Investigaba por las mañanas; a la tarde daba clases en un gimnasio y supervisaba los procesos químicos en una empresa», resume para ilustrar el absurdo antes de añadir que «vivía todo el día en el coche». Decidió emigrar cuando la rutina se volvió imposible. «Y eso que yo siempre decía que había que quedarse para sacar el país adelante… Mis amigos se iban y me decían ‘cuando salgas, apaga la luz’. Muy duro», recuerda.

«En un primer momento pensé ir a Andorra, a trabajar como intérprete de ruso para turistas, en un hotel. Viajé de Kaunas a Barcelona en autobús, porque casi no tenía dinero. Venía ilusionada, pero aquello se truncó; la persona que debía recibirla nunca apareció en la terminal. Acabé en Bilbao porque justo aquí vivía un amigo lituano que me recibió y me ayudó en los primeros tiempos», resume.

Corría el año 2003, tiempos difíciles para Irina: homologar su carrera, volver a estudiar, cuidar a una señora mayor y trabajar en el sector de la limpieza. «Para mí, doctora en Química, supuso un cambio de chip. Ten en cuenta que yo crecí con la frase: ‘Estudia porque, de lo contrario, acabarás de barrendera». Ser empleada de hogar fue todo una cura de humildad», apunta esta joven que, pese a todo, nunca aparcó su interés por la cultura. Desde hace ya unos años, preside la Asociación de Rusoparlantes de Euskadi ‘Ródina’, un colectivo formado por extranjeros que quieren mantener vivos su idioma y su cultura.

«Lo hacemos por nosotros, pero también por nuestros hijos que, en general, han nacido aquí. Queremos que mantengan los lazos, sus raíces, que no las pierdan, y que disfruten de la gastronomía, las costumbres y las fiestas típicas. Con mi hija, por ejemplo, hablo en castellano, lituano y ruso. Luego en el cole aprende euskera e inglés. La amplitud cultural es maravillosa y te quita muchos prejuicios. Los estereotipos son barreras. Cuando alguien me dice ‘Ah, si eres rusa, beberás vodka’, yo siempre respondo ‘sí, y en casa tengo un oso blanco’».

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