Noche gélida en un mar hostil
Voluntarios de Proactiva tratan de salvar a los refugiados a pesar de las limitaciones de Frontex
El Mundo, , 19-01-2017Aunque todo parezca en calma, dos ojos vigilan la noche desde la zona del faro. Cada 30 minutos, un voluntario abandona una tienda de campaña y mira al horizonte durante 15 minutos con sus prismáticos de calor, capaces de detectar botes llenos de personas en plena oscuridad desde aguas turcas, a ocho millas de distancia. Pasado ese tiempo, regresa a la tienda y otro valiente ocupa su lugar. Hay mucho en juego: alguien tiene que guiar a los rescatadores en el mar ofreciendo alguna pista de algo que ni se ve ni se oye.
A las cinco de la madrugada, el equipo de Proactiva lleva solo un té caliente en el cuerpo, pero la vestimenta de 13 piezas (dos forros polares en el torso, dos en las piernas, calcetines, escarpines, botas, mono de patrón, guantes, gorro, casco, braga en el cuello y chaleco salvavidas) asegura digerir solo una porción de frío asumible para el cuerpo. Albert, Manu y Jorge relevan a esa hora a una ONG irlandesa. Cuatro horas de turno en el mar. Porque las mafias no tienen frío, ni duermen por la noche, ni libran los fines de semana. Eso obliga a los rescatadores a una rotación esquizofrénica en la que pueden estar 22 horas sin dormir, como ya les ha pasado. Y tener que tirarse al agua gélida para librar a refugiados de una muerte segura.
Son los rigores del invierno griego, el peor en 15 años según los meteorólogos del país. La navegación nocturna sólo tiene la luna para guiarse y un magnífico equipo electrónico en la embarcación con carta náutica, que va indicando la posición para no chocar contra una roca, una lancha de refugiados o el barco de Frontex, que a veces apaga sus luces. Si desde el faro detectan una barca con refugiados, se comunica por radio y la lancha pone rumbo hasta allí con sus motores de 200 caballos a toda potencia.
En la embarcación reina el silencio. Al margen del ruido de las hélices el equipo viaja pendiente de voces, petardeos de zodiac o mensajes en la emisora. El objetivo también está en tierra. «Muchas veces los mafiosos desembarcan a los refugiados en zonas aisladas o de difícil acceso para que nadie los vea. El problema es que luego la gente tarda horas en encontrar lugares habitados y llegan congelados», dice Albert, jefe de misión. «Vamos atentos a los olores. Si huele a leña, puede que estén haciendo un fuego para calentarse».
Manu orienta hacia la costa un potente foco que, como un cíclope, ilumina la noche. A veces encuentra reflejos brillantes en su camino. «Son chalecos salvavidas de refugiados esparcidos por toda la costa. Tengo que recordar dónde está cada uno para no tener falsas alarmas», afirma Manu, que sólo deja al frío una pequeña porción de su cara. Atrás, Jorge maniobra a ciegas mientras Albert le da coordenadas: «Tenemos una emergencia en el lado turco, pero parece una falsa alarma». La rutina es llegar cerca de un lugar llamado Smuggler’s Landing (Desembarco del mafioso) y luego dar la vuelta hasta Molyvos, puerto de los guardacostas griegos.
En esa pequeña bahía casi oculta, durante meses los traficantes de personas dejaban a los solicitantes de asilo a su suerte, en medio de un acantilado, a horas de cualquier sitio. Toda la zona está llena de restos de embarcaciones de goma y de madera: «Cuando limpiaron esto la última vez encontraron brazos y otras partes de cuerpos mutilados por ahí, cuerpos en descomposición que llevaban tiempo varados», cuenta Albert. «A veces los mafiosos se asustan y dejan a los refugiados en el agua, muy lejos de la orilla. Y algunos se ahogan». «Los días de temporal de la pasada semana, con menos cinco grados bajo cero, también tuvimos que salir. Fueron los peores, porque el frío ya lo traías de tierra y el agua saltaba por encima de la barca», comenta Jorge, un argentino que en verano trabaja llevando yates de lujo en Ibiza. «Esto no va a parar. Nuestra labor es seguir aquí, aunque cada vez nos limitan más los de Frontex», dice Albert. Se refiere a que el servicio europeo de vigilancia de fronteras no permite trasladar, por ejemplo, a niños y mujeres de sus lanchas sobrecargadas e inestables a su embarcación para evitar hundimientos. «Lo único que podemos hacer es escoltarles y guiarles en mar abierto». Meter a un refugiado en tu lancha puede suponer una acusación de tráfico de personas. Mientras, el cementerio de chalecos de Molyvos, una montaña fluorescente, sigue creciendo imparable.
De vuelta a la base, en la pensión To Kima, se da una curiosa circunstancia: en su restaurante coinciden estos voluntarios que salvan vidas con un conocido pescador de la zona, que era capaz de guiar con las luces de su coche haciendo señas a los refugiados para que fueran a parar a zonas escarpadas. Allí, ofrecía sus servicios a 500 euros el transporte en vehículo a los refugiados que no quisieran pasar horas caminando. Así es el Egeo, un territorio fuera de control donde conviven héroes y villanos en el mismo restaurante.
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