'Invisibles' también en Tolosa

La historia de William, Peio y Aliou sirve para mostrar que existen otras realidades conviviendo día a día entre nosotros, ajenas al calor navideño

Diario Vasco, JUANMA GOÑI , 24-12-2016

En la opulenta Tolosa de la chuleta y la alubia, en la ciudad iluminada de la Nochebuena, existen ‘realidades invisibles’ cuya presencia lacera más que nunca ahora que todos nos deseamos paz y solidaridad. Realidades como las de Peio, un tolosarra que, tras recorrer el mundo durante cinco años divulgando ‘la capitalidad de Donostia 2016’ y difundiendo un proyecto audiovisual propio, se encuentra ahora ‘mal viviendo’ en su pueblo, durmiendo en una chabola improvisada, sin acceso a las ayudas sociales. O la de William, un holandés de 62 años que apenas puede sostenerse en pie desde que sufriera un ictus, que duerme desde hace un año en el Tinglado y pide limosna en la calle Solana. O Aliou, un senegalés de 44 años, profesor de francés en su Dakar natal, que habla cuatro idiomas y que sueña con tener un trabajo digno aunque haya quien le empuje a vivir sólo de las subvenciones. «Historias como las nuestras tienen que servir para despertar la sensibilidad de la gente», exclama el tolosarra de 54 años.

Peio fue protagonista en estas mismas páginas de DV hará ahora unos tres meses. Le dedicamos las dos páginas de la crónica. Acababa de llegar a su pueblo tras recorrer varios países. Reportero gráfico, creador multimedia y cámara de profesión, desencantado con la realidad del oficio, decidió abandonar el periodismo tradicional, «aburrido de contar mentiras y con ganas de contar la verdad», para volcarse en el periodismo humano a través de su web, sirimiri.eu, desplegando reportajes sociales con la ayuda de su ‘robot’ Sirimiri.

Peio cuenta que cuando regresó a Tolosa no esperaba un recibimiento de ‘fuegos artificiales’, pero sí encontrar una habitación, un lugar para descansar, procesar su trabajo «después de cinco años viajando y difundiendo los valores de mi tierra por el mundo». «Hubiera querido exponer mi obra creativa, mi experiencia vital que quizá podría servir de utilidad a la sociedad, o lograr un trabajo para volver a empezar, pero ya sólo pienso en escapar de esta sociedad tan egoísta en cuanto tenga posibilidad», asegura el desencantado tolosarra.

«No puedo encontrar un piso de alquiler. Sin contrato de alquiler no hay posibilidad de empadronarse y sin empadronamiento, eres invisible», relata Peio. Y expone: «A un ciudadano extranjero le resulta más fácil hacerlo, porque entre ellos se protegen, conocen la picaresca para empadronarse, disponen de pisos según comunidades…». Peio siente que se ha vuelto invisible en su propio pueblo «tras darme portazo las instituciones que en vez de cumplir con sus funciones, sólo saben pedir requisitos que no puedo cumplir». También está decepcionado con sus allegados y algunos de sus amigos. «Les cuento mi historia pero nadie me pregunta qué es lo que necesito».

En estos tres meses que lleva viviendo gracias a Cáritas, a Abegi y a algunas ayudas puntuales de particulares, ha conocido también una realidad que le ha llamado la atención tras cinco años fuera de Tolosa, y es la que rodea a la gestión de las ayudas sociales. «Cuando viajaba por Rumania, la gente necesitada que recibía dinero tenía que ofrecer algún trabajo voluntario a la sociedad. Aquí me ha sorprendido que, en cuanto te empadronas y demuestras que no tienes recursos, te ofrecen una ayuda económica, y hay casos de gente que no tiene más voluntad que la de cobrar sin hacer nada. He conocido incluso el caso de un extranjero que lleva meses viviendo en su país, y regresa a Tolosa cíclicamente en vuelo económico sólo para sellar los papeles y seguir cobrando la ayuda social».

Peio está desesperado por alquilar una habitación, encontrar un trabajo… «Tengo una experiencia de más de 30 años. Tengo buenas ideas y proyectos que podría ofrecer en materia audiovisual. Provengo de varias generaciones tolosarras. Aportamos muchas cosas a esta villa y creo que me lo merezco… aunque éste debe de ser un derecho para todos que, por cualquier motivo, recaen en Tolosa, como el de mis amigos William o Aliou.

Llegado a este punto de la conversación, Peio cita a dos amigos extranjeros que ha conocido estos días, que comparten con él la condición de ‘invisibles’, y con los que aparece en la fotografía de Iñigo. El caso más sangrante es el del holandés William, un hombre que recaló por puro azar en Tolosa hace ahora un año. Viajaba enfermo y sin recursos desde París hacia Madrid. El revisor le conminó a bajar del tren porque iba sin billete. La siguiente parada era Tolosa, y aquí se quedó. Un ictus le impide casi caminar. Apenas puede expresarse. Tiene un hijo en Breda con el que no guarda relación alguna. Ni sabe dónde está su padre. Lleva casi un año durmiendo en una esquina del Tinglado, y desde hace unas semanas, gracias a las solidaridad de la Kristau Etxea del barrio Alliri, duerme en una cama, aunque este ofrecimiento no es permanente.

Peio dice que logró algunas aportaciones de comida «en los templos de la gula» de las ferias gastronómicas, que compartió con el holandés: «media chuleta fría, unas tartas y algo de chocolate caliente, aunque pienso que dar lo que sobra no es compartir, es dar limosna». «Cuando llegué a Tolosa, me quedé sorprendido por la falta de sensibilidad y solidaridad de la gente hacia William».

Los ‘invisibles’ agradecen el apoyo de los voluntarios de Cáritas, del Banco de alimentos, del Hogar del Transeúnte… Aliou tiene un reproche hacia Cáritas de Gipuzkoa en Donostia. «Es muy injusto. Los españoles tienen su propio local con comida en plato, y pueden quedarse dentro todo el día. Los extranjeros tenemos que ir a otro local más lejano, donde sólo hay bocadillos y no podemos permanecer fuera del horario de comidas», expone.

Aliou sueña con un trabajo digno, lograr la nacionalidad española para poder fijar en Tolosa su residencia. «Hay quien me ha dicho que no merece la pena trabajar, que con las ayudas sociales me resultaría suficiente, pero yo no busco esto, quiero asentarme aquí. En Dakar era profesor de francés. Puedo ser útil en muchos oficios», asegura.

Los tres amigos pasarán juntos hoy la Nochebuena en una chabola precaria que sirve de cobijo a Peio. Intentarán hacerse visibles por unas horas, aunque no coman turrón ni brinden con ‘champagne’.

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