Inmigración. Interior: "Avalancha sofisticada"

"Teníamos hambre y saltamos"

Tras la entrada de 232 inmigrantes en Ceuta el 31 de octubre, otros 428 subsaharianos superaron ayer la valla de la frontera con España

El Mundo, RAFAEL J. ÁLVAREZ MADRID, 10-12-2016

«Llevábamos muchos meses en el bosque, ya empezaban el frío y las lluvias, teníamos hambre y decidimos saltar. Teníamos mucho miedo porque en dos intentos anteriores muchos fueron detenidos y deportados. Así que pensamos que la única forma de poder entrar era juntándonos muchos. Así, al menos, algunos lo conseguirían. Por eso estoy aquí».

Habla Leonard, nacido en Camerún hace 26 años, estrenado en España hace sólo unas semanas. Porque Leonard es una de las 232 personas que saltaron la valla de Ceuta el 31 de octubre y que ayer pasó unas horas en contacto directo con algunas de las 438 que, en la madrugada de este viernes 9 de diciembre, lograron ingresar en territorio español.

Se trata de dos de las entradas a Ceuta más numerosas que se recuerdan en la historia patria de la inmigración no regulada, 670 personas del África subsahariana huyendo de la pobreza y la violencia y pasando la frontera de Europa en dos días.

Los datos ofrecidos ayer por el Ministerio del Interior hablan de un intento masivo de entrada de unos 800 inmigrantes, la mitad de los cuales habría logrado acceder a territorio español antes de ser interceptados por la Policía marroquí. Según la Delegación del Gobierno en Ceuta, sobre las 6.15 horas de ayer, los subsaharianos penetraron en España saltando el doble vallado de seis metros de altura o por las puertas del enrejado y se desperdigaron por los montes y calles próximos a la frontera.

Las imágenes en vídeo y las fotos de vecinos y de medios de comunicación locales mostraban a grupos de jóvenes que, aún de madrugada, corrían las calles con expresión de alegría por pisar suelo europeo al grito de «¡Boza, Boza!» (Victoria, victoria). Incluso, en algunas zonas, varios inmigrantes se agolpaban ante los bocadillos y las botellas de agua que les ofrecían las primeras ONG en atenderlos bajo la vigilancia de coches patrulla de la Policía Nacional.

Imágenes más tardías, ya con Ceuta amanecida, reflejaban a muchos de los inmigrantes exhaustos, tirados en el suelo o agachados en cuclillas, mientras eran atendidos por la Cruz Roja para curar sus heridas y contusiones.

Según la información oficial, de los 438 inmigrantes que consiguieron entrar ayer en Ceuta, 49 resultaron heridos y tuvieron que ser atendidos en el hospital por lesiones, hemorragias o golpes. Dos de ellos fueron intervenidos quirúrgicamente en una mano y en una pierna. El secretario de Estado de Interior, José Antonio Nieto, dijo que dos guardias civiles fueron atendidos en Urgencias con «heridas y contusiones causadas por golpes con palos y piedras».

«Cuando yo salté, el día 31 de octubre, me corté con las cuchillas de la valla [se refiere a las concertinas colocadas a lo largo del vallado de Ceuta]. Luego vi cómo los policías españoles placaban a los que corrían y les inmovilizaban las manos a la espalda», narra Leonard.

Él es uno de los subsaharianos que pueblan el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) de Ceuta, donde ingresó el 1 de noviembre tras su aventura de horas como hombre libre en España. Allí, en el CETI, Leonard conoció ayer a muchos de los que, horas antes, habían entrado en España como él había hecho hacía un mes: saltando la valla.

Mientras los nuevos internos del CETI hacían cola en sus instalaciones, los veteranos entablaron relación con ellos. Muchos se conocían del bosque, jóvenes que no pudieron o no se atrevieron a intentar el salto a Europa el 31 de octubre. Ayer, Leonard, pulsó el estado de los recién llegados. «Han llegado muy cansados. Habían pasado hambre, frío y miedo durante muchos meses. Uno de los que ha pasado es un camerunés que lleva 14 años en travesía por distintos países de África desde que salió de su país. He visto a muchos con heridas y cortes por culpa de la valla, como me pasó a mí».

Leonard es un nombre real pero no oficial de nuestro protagonista, un camerunés que aparece en la ficha policial sólo con el primero. Pide a EL MUNDO no ser identificado con su primer nombre por temor a represalias. Lleva en el CETI un mes y sabe que su futuro pasa por la salida del centro con una orden de expulsión de España en la mano.

El secretario de Estado dijo ayer que el episodio «es la constatación de que las avalanchas masivas utilizan técnicas sofisticadas y contundentes en asaltos que ahora se concentran en las puertas de las vallas utilizando aparatos para cortarlas y romperlas». El número dos de Interior expresó también su «preocupación» por el CETI, que con una capacidad máxima fijada en 512 plazas acoge desde ayer a 1.178 personas.

Mientras los sindicatos policiales piden el refuerzo de la seguridad en la frontera tras la pérdida de 50 efectivos con respecto a 2015, Nieto descartó ayer el envío de más policías o guardias civiles «ya que la capacidad de respuesta actual es buena». Pero sí anunció «novedades tecnológicas» en la frontera. «Sobre todo, donde la visibilidad reducida complica reaccionar rápido ante las avalanchas».

Paula Domingo, una religiosa española que, desde la Asociación Elín, lleva décadas trabajando en la ayuda a los inmigrantes, resume el problema: «Vienen porque tienen miedo y son maltratados en África. Y se arriesgan mucho para saltar a Europa. Su vida es un riesgo constante».

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