El actor Carlos Olalla malvive pidiendo en el metro de Madrid

El intérprete, que aparece en 'Tres metros sobre el cielo' y en la serie 'El Príncipe', entre otras, cambió la dirección de empresas por la actuación. Hoy es más pobre pero se siente feliz de combatir por su oficio

El Correo, Oskar Belategui, 17-11-2016

A Carlos Olalla (Barcelona, 1957) se le puede ver un día en la alfombra roja del Festival de Málaga y al siguiente en el Metro de Madrid recitando poesías y pasando la gorra. Piensen en alguna serie de los últimos años –’Cuéntame’, ‘Velvet’, ‘El tiempo entre costuras’…– y seguro que sale, porque acumula más de cien. También ha tenido papelitos en más de una veintena de películas, títulos taquilleros como ‘3 metros sobre el cielo’ y ‘Grupo 7’. «Por desgracia, esta es la profesión más machista que hay. Y eso me permite vivir», se sincera. «Todos los personajes de más de cincuenta años están escritos para hombres. Las mujeres se esfuman desde que cumplen cuarenta y pocos hasta que parecen la abuela de la fabada asturiana».

«El llanto es un perro inmenso», dice el poema de Lorca que Carlos Olalla, un actor de 59 años curtido «en cien series», que recita ahora en los vagones del metro de Madrid acompañado de su madre, de 83, «no solo para poder comer» sino para denunciar la precariedad en su profesión y «mantener la dignidad». Su madre, la poeta y actriz Cristina Maristany, recibe una pensión de 600 euros de la asociación de Artistas Intérpretes, Sociedad de Gestión (AISGE) y él una ayuda asistencial de 400, que le dan tres meses dos veces al año, «y eso es todo», relata el actor.

Invitado por Zinexit, la Muestra de Cine hacia la Convivencia que organiza la Dirección de Víctimas y Derechos Humanos del Gobierno vasco, Olalla presentó hace dos semanas en Bilbao su cortometraje ‘Express’, codirigido junto a Juan Herreros y en el que denuncia la política de deportación de los «sin papeles» que practica nuestro país. Es la enésima aventura de un hombre que se reinventó a los 45 años, cuando recibió «el mejor regalo» que le pudieron hacer: quedarse en el paro.

Nacido en el seno de una familia de la alta burguesía catalana, propietaria de empresas centenarias, Olalla se dejó la piel en la dirección de bancos, constructoras y consultorías. Le encantaba el cine pero jamás se había planteado actuar. «Cambié una maravilla de sueldo y una mierda de trabajo por una maravilla de trabajo y una mierda de sueldo», constata. El precio a pagar por una abultada nómina no le compensaba: «Nadie te regala el dinero. Si te pagan un pastón es porque te van a putear o te van a obligar a que putees».

Coincidir con Christian Bale en ‘El maquinista’, en cuyo rodaje su protagonista perdió 29 kilos, le abrió los ojos al oficio de actor. «Al día siguiente me matriculé en la escuela de teatro. Bale es mi padrino en el mundo del cine, aunque jamás llegará a saberlo», ironiza Olalla, que acaba de trabajar en otra cinta de la estrella, ‘The Promise’, donde no han tenido ninguna escena juntos.

Cincuenta céntimos a la hora

Según un reciente informa de la sociedad de gestión Aisge, solo el 8% de los actores españoles puede vivir de su profesión. Carlos Olalla reconoce que más de un mes no ha podido pagar el alquiler y le han cortado el teléfono. A veces ha tenido que recurrir al subsidio de 400 euros de Aisge o tirar de los restos de un premio de periodismo que este autor de media docena de novelas y ensayos ganó hace un tiempo. «Siempre encuentras a alguien que te ayuda. Cuando sale algo, devuelves el dinerillo que te han dejado. Por lo menos estoy haciendo lo que me gusta», se consuela.

Para Olalla, el propio colectivo de intérpretes favorece «la falacia» de que viven en un mundo ideal de fiesta y glamour. Ahora en los castings, desvela, se pregunta el número de ‘followers’. «Nosotros mismos nos etiquetamos, siempre de alfombra roja en alfombra roja. Ponemos comentarios en las redes sociales para hacer ver que nos va bien, porque si no, no nos llaman». La cruda realidad es que si actúas en una sala de teatro alternativa no se cobran los ensayos. «Si haces cuentas no llega a una retribución neta de cincuenta céntimos a la hora», calcula el actor, que desde hace quince meses no se sube a un escenario en protesta por el IVA cultural del 21%. «No quiero prostituir mi profesión».

La faceta combativa de Olalla no se agota en su oficio. Colabora con la parroquia de San Carlos Borromeo en el barrio de Entrevías, se planta disfrazado de piloto en Barajas para protestar contra las deportaciones de «sin papeles» o realiza talleres de cine con chavales en riesgo de exclusión social. Este hombre capaz de sentar bajo un mismo techo a víctimas de ETA y los GAL junto al exsubcomisario Amedo, feliz de proyectar películas de Chaplin a los gitanillos de la Cañada Real, recibe el aplauso de unos colegas de profesión que no se atreven a plantarse como él. «Cuando me bajé de los escenarios recibí más de 7.000 comentarios en Facebook, la mayoría de compañeros. “¡Qué huevos!, ¡Qué valiente!”. Y yo pensé, joder, qué miedo tenéis».

De las cárceles españolas a Siria

El primer cortometraje dirigido por Carlos Olalla nació gracias a la «ley Mordaza». Como manifestarse en contra de los centros de internamiento de extranjeros (CIES) puede conllevar una multa de hasta 600.000 euros, el actor concibió una historia basada en una práctica real. «La Policía acude a casa de un emigrante y dice a su familia que tiene que pasar por comisaría a recoger unos papeles. Cuando llega, le quitan el móvil, le encierran y a las 72 horas está deportado», explica el director. Zinexit también proyectó ayer el documental de Sean McAllister «Una historia de amor siria», la devastadora historia de una pareja cuya relación queda destrozada por la guerra. El mérito del filme es trascender de la denuncia política para adentrarse en la crónica íntima de una familia de refugiados durante cinco años.

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