Un trasero joven y bonito

La Vanguardia, Carme Riera, 13-11-2016

Despejada la incógnita que durante las últimas semanas ha mantenido el mundo en vilo, escogido ya quien va a regirlo, sin que se realizara el milagro de que el monstruo fuera decapitado por una mujer, se han cumplido las previsiones más pesimistas, como pasó con el Brexit. Europa se siente más desnortada con el populista Trump a la cabeza de EE.UU., decidido a que América se repliegue en sí misma para mirarse el ombligo definitivamente.

El fracaso de la señora Clinton, considerada un mal menor frente a la catástrofe, nos hunde en la miseria, en especial, si lo comparamos con la euforia con la que en muchos países, entre ellos el nuestro, fue celebrado el triunfo de Obama. Su carisma y sus cualidades de líder pesaron incluso menos que el hecho de que fuera un afroamericano. Con su elección se celebró el acontecimiento, sin duda glorioso, de que por fin un representante de una minoría marginada por cuestiones de raza llegara a la Casa Blanca. Un hecho insólito en un país dominado por blancos y en el que los conflictos raciales, incluso con Obama en el poder, permanecen, como hemos podido comprobar hace poco en Ferguson, pese a que hace medio siglo que se puso fin a la segregación racial.

Clinton era la primera mujer que se postulaba en la recta final para alcanzar la presidencia de Estados Unidos, un país en que el movimiento feminista fue decisivo para la abolición de la esclavitud y en el que muy pronto la lucha de las mujeres por sus derechos fue comparada a la lucha por los derechos raciales. Sin embargo, el hecho de que Clinton sea mujer no ha despertado en nuestras latitudes el entusiasmo que despertó la candidatura del primer presidente negro. Tal vez todo lo contrario, lo que me induce a pensar que la misoginia, aunque larvada y subliminal, está más extendida que el racismo.

¿Y en América? ¿Acaso las mujeres que constituyen el 50,4% de la población han optado por Clinton? Es cierto que Hillary no tiene un gran carisma y que el hecho de pertenecer a una clase social demasiado elitista, por la que no se ven representadas es un inconveniente, pero aún así, no creo que hayan podido favorecer la opción republicana. Si así hubiera sido me parecería inconcebible dado el trato que Trump ha dispensado a las mujeres , considerándonos mercancía carnal, ineptas para cualquier responsabilidad que no consista en utilizar nuestro sex – appeal.

Según recomendación del ya presidente, las mujeres debemos usar en todo momento nuestras dosis de feromonas, eso es, nuestro sexi, con la alta y recomendable misión de resultar agradables a los hombres. No sólo a nuestras parejas sino también, y por descontado, a nuestros jefes. ¿O acaso habíamos olvidado ese pequeño detalle?

Las afirmaciones de Trump sobre la importancia de tener junto a él “un trasero joven y bonito” y la referencia a que si Hillary no supo satisfacer a su marido cómo podría satisfacer a América resultan de una ramplonería indignante.

Muchos nos hemos preguntado cómo fue posible que los republicanos escogieran para representarles a un tipo como Trump y cómo, además, ha podido contar con tantos millones de seguidores.

La explicación me parece obvia e inquietante, en especial para nosotros, siempre atentos a importar usos y costumbres de Estados Unidos. A mi juicio, su éxito tiene que ver, en primer lugar, con sus capacidades de showman. No en vano fue presentador del programa televisivo The Apprentice, entre el 2004 y el 2015, en el que demostró sus competencias para conectar con un público en general de escasas luces como las suyas, pese a sus habilidades para continuar con los negocios heredados de su padre, algo que siempre resulta más fácil que empezar desde cero. Y, en segundo lugar, por su atrevimiento para sacar a relucir los sentimientos más innobles de los seres humanos y en vez de reprimir al pequeño fascista que todos llevamos dentro, potenciarlo, sin vergüenza ni tapujos. Trump ha sido capaz de decir en voz alta lo que muchos blancos de clase media baja, sus más afines, pasto de la televisión basura y también en muchos casos de la comida basura, ambas cosas embotadoras del cerebro, piensan pero no se atreven a verbalizar: la culpa de su fracaso la tienen aquellos que sin merecerlo o siendo inferiores han tratado de usurparles sus puestos: los migrantes y por descontado, también las mujeres , cuya principal misión es servir y depender del varón, algo que se deduce igualmente de la Biblia, que muchísimos norteamericanos leen todas las mañanas tomándosela al pie de la letra.

En uno de los primeros documentos feministas, la llamada declaración de Seneca Falls, aprobada en este mismo lugar en julio de 1848, podemos leer: “La historia de la humanidad es la historia de las repetidas vejaciones y usurpaciones por parte del hombre con respecto a la mujer, y cuyo objetivo directo es el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella”.

Unas afirmaciones que hoy parecen pasadas de moda o quizá no lo estén tanto a tenor de las directrices de Trump y de sus muchos millones de seguidores.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)