El triunfo de Trump alerta a Europa, enfrentada a sus propios populismos

La Vanguardia, Beatriz Navarro, 13-11-2016

Muchos de los actos que estos días se celebran en Bruselas y otras capitales europeas para analizar el resultado de las elecciones estadounidenses han visto rebosar sus listas de asistencia cuando se conoció que el vencedor había sido Donald Trump. Más que un ejercicio de análisis, algunos parecen un ejercicio de terapia colectiva. “Estamos aquí para intentar entender qué ha pasado en Estados Unidos, qué significa para nosotros y por qué hemos estado tan ciegos y no hemos visto lo que ocurría”, dijo el jueves Klaus Linsenmeier, director de la fundación Heinrich – Böll al abrir un coloquio lleno de eurofuncionarios, diplomáticos y lobbistas.

Trump es una personalidad muy peculiar; Estados Unidos, un país con un sistema político muy específico. Pero el golpe a las certezas sobre el orden mundial de la posguerra que representa su elección ha hecho temblar el suelo de los centros de poder del continente. La victoria de un candidato que ha insultado a los negros, a las mujeres, a las minorías, que ha insultado a sus oponentes y que propone una vuelta al proteccionismo ha puesto en alerta a toda Europa, enfrentada a sus propios fenómenos antiglobalización, soberanistas y populistas, a menudo xenófobos y antieuropeos.

Mark Mardell, editor de la BBC, escribía días antes de las elecciones que muchos han comprado las recetas de Trump por las mismas razones que antes en el viejo Oeste compraban aceite de serpiente a los charlatanes: porque las demás medicinas habían fracasado. “Cuando has probado todos los demás remedios, ¿por qué no darle una oportunidad?”. Las recetas fallidas de los médicos abren el camino a los curanderos,también en política, viene a decir Mardell.

Al sur y en la periferia europea, la fuerza de los movimientos populistas se explica sobre todo por la dureza de la crisis económica, el aumento de las desigualdades y la precarización laboral generalizada de los últimos años. Al norte, la teoría de los perdedores de la globalización no sirve. Pesan en cambio las cuestiones identitarias, el miedo a ver disuelta la identidad nacional en el conjunto europeo y a la llegada de inmigrantes.

El Brexit debió haber sido un aviso de la revuelta contra las élites políticas y económicas que se está gestando a ambos lados del Atlántico, paradójicamente lideradas por algunos de sus miembros, como el millonario futuro presidente de Estados Unidos o políticos de larga carrera como el británico Nigel Farage o el holandés Geert Wilders. Que la primera potencia del planeta se sume a esa corriente no es una anécdota.

Europa podría sacar algunas lecciones de ambas revueltas. “Los partidos políticos deberían tener liderazgos más inclusivos, abrirse a la sociedad y escuchar los problemas de la gente. Los líderes políticos deberían mirarse al espejo y preguntarse por qué les odian”, recomienda Rosa Balfour, directora en funciones del German Marshall Fund en Bruselas.

Los líderes de la extrema derecha europea fueron de los primeros en felicitar a Trump por su victoria, que ven como el preludio de un movimiento similar en Europa: la francesa Marine Le Pen (Frente Nacional), el británico Nigel Farage (UKIP), el holandés Geert Wilders (PVV), el flamenco Tom van Grieken (Vlaams Belang), el italiano Matteo Salvini (Liga Norte), los griegos de Amanecer Dorado… También celebró su victoria Beppe Grillo (Movimiento Cinco Estrellas, M5S, una formación antisistema situada más a la izquierda) por el golpe que supone al sistema. Sus expectativas electorales varían pero la influencia y el avance de estas formaciones en la política nacional es innegable.

“Lo que más me impacta es la ligereza con que se cuestionan valores y principios que son el fruto de grandes luchas, conquistas y debates. Ahora todo eso está en juego”, lamenta la eurodiputada holandesa Marietje Schaake (D66), vicepresidenta de la comisión de relaciones con EE.UU. de la Eurocámara. “¿En qué estamos fallando las fuerzas progresistas?, ¿nos hemos esforzado suficiente en combatir estos movimientos?”, se pregunta Schaake, que ve a los líderes europeos dubitativos e incluso reacios a enfrentarse con argumentos a ideas que cuestionan los valores democráticos y el propio Estado de derecho.

La pregunta que muchos se hacen es hasta qué punto la victoria de Trump hará más aceptable a ojos de más electores votar a este tipo de formaciones. “A corto plazo, sin duda la victoria de Trump va a hacer que los partidos políticos europeos se sientan fortalecidos pero a largo plazo no estoy segura de que se vaya a sostener”, afirma Balfour. “Habrá que ver cuántas de las cosas que ha dicho que iba a hacer puede realmente acometer. Además, es muy probable que sus políticas sean dañinas para Europa y asusten a la gente, por lo que su efecto a largo plazo puede ser negativo, aunque quizás sea más un deseo que un pensamiento”, reconoce.

El 4 de diciembre será una fecha clave. Austria celebra la repetición de las elecciones presidenciales de la pasada primavera. Entonces, el candidato de ultraderecha Norbert Hofer fue derrotado por la mínima, gracias al voto por correo, por su rival ecologista, pero las irregularidades registradas llevaron a la anulación de la votación. Ese mismo día, Italia celebra un referéndum sobre una reforma constitucional que se ha convertido en una referéndum sobre el primer ministro, Matteo Renzi. No sólo el pujante M5S se opone a ella. También personalidades de la izquierda o el ex primer ministro Mario Monti han dicho que votarán en contra. En Bruselas “la gente ya empieza a preguntarse qué pasará cuando se vaya Renzi”, señalan fuentes diplomáticas europeas.

“La victoria de Donald Trump es una noticia preocupante para las instituciones y gobiernos europeos”, advierte José María de Areilza Carvajal, titular de la cátedra Jean Monnet – Esade. “La exaltación de un pueblo o una identidad colectiva monolítica frente a enemigos externos (mercados, gobiernos) va directamente contra el ideal de una civilización cosmopolita con identidades múltiples y compartidas que aún dan sentido a la integración europea”. El cuestionamiento al orden global implícito en la elección de Trump apunta también al proyecto europeo, afirma. “Sin el apoyo total de EE.UU. la integración europea no hubiera empezado en los cincuenta. Pero la UE actual no cuenta con legitimidad social suficiente para dar saltos cualitativos hacia una centralización acelerada de nuevos poderes”. Al mismo tiempo, sin iniciativas europeas, afirma Areilza, “no saldremos de las múltiples crisis que asedian a la Unión”.

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