Tribuna abierta
Andrés el gitano
Diario de Noticias, , 29-10-2016algunas tardes se sienta conmigo en el banco. Es Andrés, Andrés el gitano. De cuando en cuando se acerca al pueblo. Es ya una costumbre. Viene a pedir. Me dice que le da una rabia mucho grande. Que eso de pedir a veces se hace duro. ¿Antes quién pedía ?, me pregunta. Pues que no se, algún pobre que otro, le contesto. Antes era así, pero ahora pide todo el mundo. ¿Y sabes porque ?, continúa Andrés . Porque ahora hay mucha crisis Ya no pedimos los pobres de solemnidad. Ese vagabundo errante. Piden los que un día tuvieron que partir de una tierra que no les daba nada, mas que miseria y total aquí ni trabajo ni nada de nada.
El carro de los pedigüeños se sobra. Ahora emigrantes, gitanos y lo que enciende la alarma, hasta mas de uno de los de aquí de siempre que se han quedado sin curro y ya ni el paro ni la asistencia social les pasa un duro. Demasiada competencia para tan pocos cuartos. Andrés habla y habla sin parar. Le gusta filosofar, dice, y la verdad que su charla es amena y a veces hasta divertida. Me río tanto que casi le pido perdón por tanta carcajada. Andrés es así, un simpático charlatan al que se acaba queriendo mucho.
Andrés viaja en una bicicleta vieja. La construyó con las piezas de otras bicicletas que estaban abandonadas en el vertedero. Le quedó perfecta, Gira el pedal con la mano y sus ruedas avanzan ligeras, sin tropezarse, La cosa de los cambios ya es otro cantar. Funcionan cuando quieren pero sus piernas son fuertes y dice que le sobran. Andrés no es un pedigüeño al uso. Es casi no se , un trovador, un coplero, un contador de historias. Si tarda en volver por el pueblo le echo en falta y es que los días de invierno son duros para ir trotando por los caminos con esa bicicleta de museo.
Andrés ha vuelto hoy al pueblo casi de traje. Viene a darme el pésame. El abrazo por la pérdida querida. Por esa hija que se fue porque la vida ya no quiso seguir alimentándola. Andrés llega hoy muy afectado, alicaído con esa tristeza que se anida tan adentro que no se puede hacer otra cosa que llorar. Me siento acompañado. Se disculpa porque no supo de la muerte y ahora que han pasado tantos días le avergüenza. Necesita que le abrace que perdone eso que llama fechoría. Y le recojo mientras llora como lo hace un niño cuando pierde su balón alejándose hacía un horizonte que casi se escapa a la mirada.
Hoy Andrés enreda en sus bolsillos y me saca una cadena que dice que es de plata. Tiene un medallón grande y cargado de brillantes cristales que asemejan perlas o diamantes. Me pide que acepte ese regalo. Que es el recuerdo querido de su padre y de su abuelo . Me dice que lo guarde y que lo sienta mío. Porque ahí va recogido su cariño. Y yo lo acojo entre mis dedos, agradecido. Porque ese afecto me consuela y me invita a respirar.
(Puede haber caducado)