«Nos tiraron el Corán»
Los argelinos que protagonizaron el motín del CIE de Aluche inician una huelga de hambre en protesta por sus condiciones Denuncian que algunos policías no respetan la religión musulmana
El Mundo, , 23-10-2016La tensión en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) del madrileño barrio de Aluche va en aumento. Tras el motín que protagonizaron esta semana, los inmigrantes iniciaron el viernes una huelga de hambre en protesta por sus condiciones.
Los internos denuncian malos tratos policiales y que los agentes les tiraron sus pertenencias y el Corán al suelo. El libro sagrado de los musulmanes apareció arrojado en el pavimento y el enfado se multiplicó entre los módulos del CIE. Los argelinos montaron en cólera.
De hecho, según los testimonios recabados por EL MUNDO entre varios internos, una de las espitas que provocó el plante del miércoles fue la falta de respeto de los agentes hacia la religión islámica. La protesta estuvo protagonizada por 90 argelinos, todos musulmanes.
«Los policías no respetan nuestra religión y se meten con ella. Cuando estamos rezando ponen la música a tope para molestarnos. Los agentes nos provocan, pero nosotros no queremos entrar en ese juego. Después del motín, nos tiraron el Corán al suelo y eso es demasiado», asegura Abdelkader a través del teléfono [todos los nombres de este reportaje son ficticios para proteger la identidad de los internos].
Los policías alegan, por su parte, que los argelinos se exceden en el tiempo de rezo y que no obedecen sus instrucciones bajo el pretexto de que no conocen el idioma.
A sus 34 años, Abdelkader soñó con un futuro mejor en Eldorado europeo, pero se dio de bruces con las paredes del CIE: «Arriesgué mi vida en una patera para tener una existencia mejor, no para estar aquí encerrado», declara en francés.
Este inmigrante fue uno de los 39 que subió a la azotea del edificio para denunciar las condiciones en las que se encuentran. Sus demandas son muy claras: que les expulsen a su país o que les liberen, pero no entienden por qué tienen que permanecer 60 días encerrados.
Allí aguardan durante dos meses mientras se tramitan sus órdenes de expulsión en unas condiciones que han sido denunciadas por varias universidades, ONG, el Defensor del Pueblo y el Consejo de Europa.
«1323, 1323…», se escucha de fondo en el teléfono. «1329, 1329…», un altavoz va anunciando las visitas a los internos para que vayan saliendo. Aquí los inmigrantes no tienen nombre. Sólo son números.
El nerviosismo no ha hecho más que crecer desde el plante del miércoles. La presencia policial ha aumentado, pero los extranjeros insisten en sus reivindicaciones y el ayuno está provocando los primeros desmayos entre los más jóvenes.
«Los chicos se están cayendo. Hay mucha tensión. Los latinos tenemos miedo. Entendemos a los argelinos, pero no compartimos sus formas. Nosotros preferimos comer, pero no nos dejan», explica Gustavo, uno de los escasos latinos del CIE.
Karim fue otro de los sin papeles que protestó. Según explica, durante las negociaciones para bajarse de la terraza, exigieron al jefe de la Policía que les diera su palabra de que no habría represalias. Pero nada de esto sucedió: «Todos los que estaban en la azotea pillaron. Nos dieron una paliza de muerte», se queja.
Los presuntos malos tratos han sido denunciados por la Coordinadora de Barrios y SOS Racismo ante los juzgados de Plaza Castilla. La Policía ha negado estas agresiones y ha argumentado que los internos fueron atendidos por los equipos médicos y que ninguno tenía heridas.
En el centro de internamiento de Aluche se cruzan las vidas del inmigrante novato que llegó en patera con la vana ilusión de encontrar un futuro mejor; la del que se quedó en paro con la crisis y, por ello, perdió los papeles y ve todo su esfuerzo tirado a la basura; y la del extranjero que arrastra un largo historial delictivo a sus espaldas. De hecho, muchos de los que están ingresados actualmente en el CIE cuentan con antecedentes policiales o penales.
Es el caso de Mounir, de nacionalidad argelina, que admite sin rubor que, desde que llegó a nuestro país allá por el 94, ha estado más tiempo preso que en libertad: «Cada vez que salgo, como no tengo papeles, tengo que robar carteras».
Después de haber recorrido numerosas prisiones, Mounir tiene una cosa muy clara: nunca ha estado peor que en el CIE de Aluche. «Llevo 22 años en España y el abuso que hay aquí no lo he visto en mi vida. He estado en varias cárceles y en módulos conflictivos, pero nunca me habían tratado peor que aquí», describe este magrebí, que arribó a España como polizón en un barco.
Algunas cosas han mejorado en los CIE. Las ONG pueden hacer visitas, las entrevistas para pedir asilo se realizan con intérprete y los inmigrantes ven a sus familiares sin necesidad de una mámpara.
Sin embargo, la lista de reivindicaciones es larga: los internos se quejan de la falta de ropa, de que no hay servicio médico por la noche y de que, en ocasiones, no se tramitan las peticiones de asilo político. Al repertorio de quejas contra los CIE se suma la de su ineficacia. En 2015, el Estado sólo logró deportar a 2.871 inmigrantes de los 6.930 ingresados, lo que representa un 41% del total.
Mientras tanto, los internos del CIE esperan angustiados sin saber qué será de sus vidas al día siguiente. Su grado de ansiedad es tal que Gustavo lanza una súplica: «Mándenme a mi país, pero háganlo ya».
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