Behatokia
La deriva incierta de la Unión Europea
Deia, , 18-10-2016LA coincidencia de la reciente campaña electoral al Parlamento Vasco con la cumbre europea de Bratislava (16 de septiembre, precedida pocos días antes por el debate en el Parlamento de Estrasburgo sobre el estado de Unión Europea) ha eclipsado en buena medida la proyección de estas dos últimas citas europeas en nuestra agenda política. Por más que Estrasburgo o Bratislava puedan parecernos referencias lejanas, conviene no olvidar que la UE, y sus instancias decisorias en particular, no son algo externo a nosotros sino que integran un ámbito que nos es propio (aunque compartido con el resto de los europeos) en el que se adoptan decisiones que nos afectan tanto, o más en muchos casos, que las que se adoptan desde las instancias estatales o autonómicas. Y, en cualquier caso, las políticas a desarrollar desde los parlamentos o los gobiernos estatales y autonómicos, una vez que finalice este anómalo y prolongado proceso multielectoral en que estamos inmersos últimamente, se van a ver condicionadas inevitablemente por las orientaciones y las medidas que desde las instancias europeas se adoptan continuamente.
Ni la cumbre de Bratislava ni el debate parlamentario de Estrasburgo sobre el estado de la UE pasarán a la historia por su contribución al proceso de construcción europeo; pero a falta de aportaciones positivas, sí tienen el valor de reflejar fielmente el estado en que se encuentra en el momento actual el proceso de (de)construcción europeo. Y lo que puede ser más revelador aún: proporcionan señales indicativas, que no sería responsable ignorar, sobre la deriva que puede seguir la UE a partir de ahora si se siguen manteniendo las posiciones que se han mantenido en el Parlamento de Estrasburgo y en la cumbre de Bratislava; que no invitan precisamente al optimismo sobre el futuro del proyecto europeo.
No resulta casual que tanto el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, como otras destacadas personalidades europeas hayan hablado de una “crisis existencial” de la UE para referirse a la situación actual; es decir, no se trataría de una crisis más, de las muchas que ha sufrido el proceso de construcción europeo, sino de una crisis, consecuencia de la deriva que sigue hoy la UE, que afectaría a la propia existencia de la Unión Europea. Y a juzgar por los planteamientos que se han hecho en Estrasburgo y en Bratislava no cabe duda de que, de no mediar una importante rectificación a la orientación apuntada en ambas citas europeas, existe un riesgo cierto de desnaturalización de lo que, con todas las dificultades y crisis que hayan podido existir hasta ahora, ha supuesto el proyecto europeo.
El momento en el que han tenido lugar tanto la cumbre de Bratislava como el debate en el Parlamento Europeo en Estrasburgo es especialmente significativo. Por una parte, era la primera cumbre europea tras el Brexit británico, lo que invitaba a que los jefes de Estado y de gobierno presentes en la cita de Bratislava contrastaran sus posiciones sobre el futuro de la UE, una vez que Gran Bretaña ha decidido ya abandonarla. Llama la atención, en este sentido, la completa falta de referencias y de propuestas sobre esta cuestión, que en el momento actual debería ser una de las primeras preocupaciones de todos los gobernantes europeos, e igualmente, la ausencia de referencias sobre la posición común a adoptar por parte de la UE ante la próxima negociación del Brexit y los cambios que va a ser necesario introducir.
Por otra parte, no cabe pasar por alto los graves problemas que hoy nos afectan a los europeos como tales, más allá del Estado al que se pertenezca, y que, además, solo pueden ser afrontados debidamente en común en el marco europeo. Tal es el caso, por citar solo algunos de los que mayor relevancia han cobrado últimamente, de los flujos migratorios y de refugiados, cuya gestión no es posible en un marco exclusivamente estatal; o la fiscalidad, necesitada de una armonización a nivel europeo, aunque solo sea para evitar las guerras fiscales (y los paraísos fiscales) como recientemente ha puesto de manifiesto el caso Apple (entre otros); o, en un plano más general, el despliegue y desarrollo de políticas comunes a escala europea dirigidas a hacer realidad la cohesión social y demás objetivos proclamados en los propios textos fundacionales de las Comunidades y de la Unión europeas.
Lejos de abordar estos temas o cualquier otro de los problemas que en el momento actual tiene planteados el proceso de construcción europeo, más incierto que nunca, tanto la intervención de Juncker en el plenario parlamentario de Estrasburgo como la cumbre de Bratislava apenas contienen alguna aportación, no ya a la solución de esos problemas sino ni siquiera a su tratamiento. A falta de explicaciones aclaratorias al respecto, todo induce a pensar que lo que ocurre es que no hay ninguna idea sobre cómo enderezar el rumbo que viene siguiendo últimamente el proceso de construcción (o mejor, de deconstrucción) europeo; o peor aún, que se considera que la deriva actual es plenamente satisfactoria y, en consecuencia, no hace falta plantearse la cuestión de la (re)orientación del proceso.
Establecer como objetivos prioritarios de la Unión Europea en el momento presente el pleno control de las fronteras exteriores para evitar la repetición del flujo de refugiados de 2015 , tal y como expresamente se advierte en la Declaración final de la cumbre de Bratislava; vinculando además de forma confusa, como suele ser habitual en este tema, la intensificación de las corrientes migratorias con el aumento de la inseguridad de la población europea, no es sino una muestra ilustrativa de la deriva que sigue la UE en la actualidad. No es de extrañar que, bajo estas premisas, la preocupación principal sea la de reforzar, mediante las medidas que se explicitan en la Declaración y que constituyen el eje central de la misma, nuestra seguridad, interior y exterior, y nuestra defensa en colaboración con la OTAN (alusión esta última más que discutible, además de innecesaria).
De acuerdo con la propia Declaración de Bratislava (extensible también al plenario parlamentario sobre el estado de la UE de Estrasburgo) en ella se marcan las directrices para el próximo periodo, que en esta ocasión tendrá un momento especialmente significativo en la conmemoración del sexagésimo aniversario del Tratado de Roma (1957) que daba lugar al nacimiento de las entonces Comunidades Europeas. A lo que hay que añadir la especial coyuntura que vive en el momento actual la UE como consecuencia del Brexit y de los reajustes que necesariamente va a haber que hacer; lo que sin duda ofrece el marco más propicio para poder plantear las propuestas sobre el futuro de la UE que tanto en Bratislava como en Estrasburgo han brillado por su ausencia.
Es probable que en los actos conmemorativos, la próxima primavera en Roma, del sexagésimo aniversario del nacimiento del las Comunidades Europeas, se hagan toda clase de loas a los logros conseguidos durante estas seis últimas décadas. No estaría de más que, además de los panegíricos de rigor y de la autosatisfación que se destila en estas efemérides, dediquemos también un poco de atención a reflexionar sobre la deriva que está siguiendo la Unión Europea últimamente – la cumbre reciente de Bratislava y el pleno parlamentario de Estrasburgo sobre el estado de la UE son muy ilustrativos – y sobre si la orientación que se lleva actualmente conduce a la generación de un espacio de bienestar social, de desarrollo económico equilibrado y de derechos y libertades ciudadanas, tal y como, además, se prevé expresamente en los propios textos constitutivos que hace casi sesenta años alumbraron el proyecto de unión europea que hoy sigue una deriva más incierta que nunca.
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