Behatokia
La desafección a España
Deia, , 17-10-2016SE hace difícil saber con exactitud qué es lo que se celebró en Madrid el pasado miércoles. La fiesta del 12 de octubre ha tenido tantas connotaciones y nombres, que dan para un estudio profundo.
Se le ha llamado Día de la Raza, pero sonaba mal y recordaba al guionista de la película del mismo título, Raza, y su siniestra historia.
También Día de la Hispanidad, Día del Descubrimiento y Día de Colón, sin que haya quedado claro qué es eso de descubrir lo que ya estaba allí por alguien que pensó que había llegado a Japón. Y lo de la Hispanidad da para otro artículo si se les pregunta a los naturales de América.
Asimismo, es el día de la Virgen del Pilar, en reñida competencia con la Virgen de Guadalupe, como Patrona de la Hispanidad. Y de la Guardia Civil, cuya patrona es La Pilarica.
Hay aún dos acepciones más, en las que me voy a detener con un poco más de detalle: Día de la Fiesta Nacional y Día Nacional de España.
El evento, en su condición de Fiesta Nacional, lo es desde 1987. En la exposición de motivos de la muy breve Ley que denominaba así a esa fecha, se decía que “sin menoscabo de la indiscutible complejidad que implica el pasado de una nación tan diversa como la española, ha de procurarse que el hecho histórico que se celebre represente uno de los momentos más relevantes para la convivencia política, el acervo cultural y la afirmación misma de la identidad estatal y la singularidad nacional de ese pueblo”. También que “la fecha elegida, el 12 de octubre, simboliza la efemérides histórica en la que España, a punto de concluir un proceso de construcción del Estado a partir de nuestra pluralidad cultural y política, y la integración de los reinos de España en una misma monarquía, inicia un período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos”.
Ambas frases no tienen desperdicio. En 1492, Isabel y Fernando estaban casados y quizás también unidos, pero Aragón y Castilla, no. Es notorio que no estaban a punto de concluir la construcción de un Estado. Tan evidente como que aún estamos discutiendo esta cuestión. Las anexiones guerreras que fueron conformando ese imperio donde no se ponía el sol se produjeron después de que en 1385 los portugueses, tras la batalla de Aljubarrota, que en España ni se quiere mentar, se separasen para siempre de cualquier intento de identificar España con la Península Ibérica.
Y tuvieron que esperar a 1521 para asentar la conquista de Navarra, tras la batalla de Noain. De lo ocurrido en Italia, Países Bajos, Cuba, Filipinas, centro y sur de América, norte de África y Sahara, Guinea… mejor no hablar.
Por ello, citar el 12 de octubre como una efemérides histórica es cuando menos una simplificación que no resiste el menor análisis, más allá de historiadores hinchas que los hay y los ha habido.
Pero me voy a fijar en la terminología de las dos acepciones. En ambas, se destaca que el día o la fiesta es, sobre todo, nacional. ¿De verdad?
El pasado miércoles, en Madrid, en ese desfile militar de un ejército sin guerras hace más de setenta años, no estaban presentes las autoridades autonómicas de Euskal Herria y Catalunya. Tampoco los representantes de los partidos nacionalistas de ambos territorios. Y, además, no estaba presente la tercera fuerza política asentada hoy en el parlamento español.
Buena parte de la causa de estas ausencias obedece a esa calificación de nacional de la fiesta que, guste o no guste a los nacionalistas españoles, excluye a quienes se sienten miembros de otra nación, sea vasca o catalana.
Desde 1492, España ha tenido tiempo, mucho tiempo, para tratar de adherir a su proyecto de Estado a quienes formaban parte de su territorio, pero no se sentían parte de una entidad política uniforme y única. La bandera ha sido siempre la de la exclusión. Ser español ha sido sinónimo de negar la existencia de otros pueblos. De otras naciones que, con su voluntad política exteriorizada cuando han podido, cuando España no se lo ha podido impedir, siempre han mantenido la llama de su derecho a ser y organizarse como diferentes.
La permanente persecución de sus señas de identidad se sigue manifestando a día de hoy en relación con la lengua, la cultura, la diferenciación de sus símbolos, el constante conflicto en torno a ellos, el uso de la fuerza directa de las policías o la imposición de los tribunales como forma de evitar el debate político. Cinco siglos más tarde, se vive una realidad, un conflicto, que no se puede soslayar.
Hay naciones en España que no se sienten parte de la nación española, que sienten que esa nación española, en vez de convivir o coexistir con la suya, ha tratado siempre de sustituirlas, cuando no directamente eliminarlas. En otros países de Europa, situaciones asimilables se han tratado de solventar con una política de absorción que no alabo. En España, siempre con la imposición como método.
Ahora, además, tienen otro elemento a sumar. De las lluvias de la desigualdad social, del paro, de la falta de futuro para jóvenes y mayores, de la corrupción de los partidos políticos, de la destrucción progresiva de unas garantías en sanidad, en educación … se encontraron con los lodos de un movimiento en la calle que, con sus dificultades, se ha concretado en una fuerza política que rompe el estado anterior de las cosas.
Ese movimiento político no está por la labor de jalear a reyes de porcelana, ni a patrias que se las han quedado unos pocos o las han vendido al mejor postor. No tienen rechazo a hablar, discutir, plantearse lo que vienen sosteniendo ya durante siglos, catalanes y vascos. Desde su españolidad, pero abiertos a generar otros espacios de relación. Al menos, diciendo que respetan las diferencias y las legítimas opciones que catalanes y vascos decimos tener. Que no es poco para lo que ha venido siempre de España.
El cambio, esa palabra que vale para todos y para todo, no consiste solo en que un partido sustituya a otro en el poder. Ni que haya más fuerzas políticas representadas. Consiste en plantearse leyes justas que permitan, de verdad, responder a las diferencias que se dan en la sociedad. Las de índole política también.
El cambio debe ser avanzar hacia otra forma de relación entre quienes, teniendo formalmente ciudadanía española, se sienten españoles o con otra identidad nacional. Dar salida política, con mayúsculas, a sus aspiraciones, planteamientos, anhelos.
Se puede mantener durante poco o mucho tiempo, una situación impuesta. Pero en un Estado que se llama democrático no puede ser la excepcionalidad, el uso de los juzgados como parlamentos, la que se imponga. La foto del 12 de octubre en Madrid, más allá de las bromas sobre la cabra, debiera hacer pensar a algunos sobre el panorama de futuro que se le presenta a un imperio que cada vez lo es menos. Hasta en tamaño.
(Puede haber caducado)