Cuando el boxeo se convierte en refugio

La guerra y el miedo le obligaron a abnadonarlo todo, a comenzar una vida lejos de su hogar y su familia. Ahora trata de encontrar su sitio en Madrid.

El Mundo, Loli Santamaria y Victoria Gallardo, 16-10-2016

«Otra vez esta maldita cerradura», masculla G.B. mientras intenta meter la llave. Llama al timbre. Muchas veces. Nadie le abre la puerta de su piso de alquiler, que comparte con otras tres personas, aunque sabe que están dentro. Percibe rechazo desde que llegó. No lo entiende. Esa noche, G.B. duerme en el rellano. Quizá si conocieran su historia, lo mirarían con otros ojos.

G.B. es de Gambia, el país más pequeño del África continental. Geográficamente insertado en Senegal, salvo por la desembocadura del río homónimo, está habitado por 1,7 millones de personas (como la provincia de Alicante, por ejemplo). Pese a disfrutar de un terreno fértil, un tercio de la población vive bajo el umbral de la pobreza y casi el 40% es analfabeto.

Gambia es una república presidencialista islámica, dirigida por Yahya Jammeh desde que ascendió al poder, mediante un golpe de estado, en 1994. Le llaman el presidente del billón, tras declarar en la BBC que piensa dirigir el país «un billón de años, si Dios quiere». En 2001, prohibió los partidos opositores y los medios de comunicación críticos. Se ha denunciado la persecución que ejerce sobre los homosexuales e incluso una caza de herejes contra súbditos acusados de brujería.

G.B. era militar. «El ejército, en mi país, no es malo», explica en un español limitado. «Intentamos poner orden, ayudar, como una especie de Policía». Este trabajo le garantizaba ingresos con los que mantener a su familia. No era más que un joven soldado raso que en los ratos libres se dedicaba a su gran pasión: el boxeo.

De vez en cuando organizaban pequeños torneos en su regimiento. Un día, entre los espectadores, había una persona del entorno del presidente. Por desgracia, se fijó en G.B., dotado con un impresionante físico, puro músculo. ¿La consecuencia? Lo destinaron a una unidad especial para obligarle a hacer cosas que no quería.

G.B. está nervioso mientras lo cuenta. Esquiva nuestra mirada, se golpea los gemelos con una botella de agua vacía. «Deja el ejército, me dijo mi madre. Pero no se puede. No es tan fácil». Le llevó un año tomar la decisión. Una noche, atravesó el río Gambia a nado y entró en Senegal. Allí embarcó en un avión rumbo a Rusia. «El vuelo hacía escala en Madrid. Y entonces me dije que yo no quería ir a Rusia». Se dirigió al primer policía que encontró en Barajas. «Le conté mi caso, me miró y me dijo: ‘Rellena estos papeles’».

En 2015, según Eurostat, se registraron en España 14.595 solicitudes de protección internacional, un 145,21% más que en 2014. Siete de cada 10 fueron denegadas. Sólo en el 6,7% de los casos se otorgó el estatuto del refugiado y en un 24,7%, la protección subsidiaria. G.B. tiene que renovar periódicamente su permiso, se evalúa si el temor de persecución está fundado.

Al llegar a España, los solicitantes de asilo son llevados a un CAR (Centro de Atención al Refugiado). G.B. fue alojado en el de Vallecas, con capacidad para 96 personas y cuyos ocupantes pasan allí una de media de seis meses. En ese tiempo conoció a Madrid for Refugees, un grupo de voluntarios organizado a través de redes sociales. Recogen y distribuyen donaciones, pero, sobre todo, actúan como un círculo de apoyo. «Aquí he encontrado amigos», dice G.B., mientras busca con la mirada a uno de ellos, británico. «Fuimos juntos a la celebración de la Champions». Los ojos se le iluminan desde su fondo de chaval de 24 años.

Natalia Díaz, periodista filipina residente en Madrid, es voluntaria de MFR. Su labor es buscarles oportunidades laborales. Perseverante y generosa, trata de «poner un rostro humano a los refugiados», lejos de la imagen del «refugiado desesperado y desolado». «Los medios suelen proporcionar un retrato de la situación enfocado en números y estadísticas. Sin embargo, hay pocos eventos que permitan que la gente se relacione con ellos», explica.

Natalia conoció a G.B. en Vallecas hace casi un año y, desde entonces, se ha volcado en su caso. Desde febrero, este gambiano imparte clases de boxeo los sábados en El Retiro. Para él, es una forma de ganarse la vida y de recuperar la autoestima. Los alumnos reciben un entrenamiento increíble por seis euros (que van destinados a MFR en concepto de donación) y, de paso, conocen al ser humano en situación crítica que hay tras todo refugiado. Su mayor ilusión es trabajar algún día en un gimnasio. «Vivir aquí no es fácil, pero es mejor», dice.

Si sus compañeros de piso hubieran tenido una charla con él, le habrían abierto al primer timbrazo.

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