Fiasco en la consulta, victoria en la narrativa

Bruselas no tiene forma de presionar a Budapest o de contrarrestar el momento populista que viene por derecha e izquierda

El Mundo, PABLO R. SUANZES BRUSELAS, 03-10-2016

La UE tiene dos problemas muy serios: el populismo está en auge y no sabe cómo hacerle frente.

Hungría celebró ayer su esperado referéndum. La pregunta era tramposa, como la misma convocatoria. «¿Quiere que la UE pueda decidir sin el consentimiento de la Asamblea Nacional sobre el asentamiento de ciudadanos no húngaros en Hungría?». Una redacción que apela a la soberanía nacional, como si las decisiones que se toman en Bruselas (el matiz es importante: se toman en Bruselas, pero no lo hace ningún ente abstracto allí establecido y con autoridad supranacional) no fueran el producto de una cesión voluntaria y paulatina. Un texto que invoca a un enemigo exterior doble: el que pretende asentarse, invadir, y el que, cegado por el buenismo, quiere permitirlo.

No hubo quorum pero en realidad la victoria estaba conseguida desde hace muchos meses. Lo de ayer fue sólo la puntilla, la última humillación y desafío a Bruselas y Berlín para dejar claro que la autoridad ya no existe y que la lógica de las últimas décadas en las que los países pequeños dejaban en manos de los grandes las principales cuestiones está completamente muerta. El Gobierno no logró llevar a las urnas al 50% del electorado, lo que deja mal sabor de boca, quita munición al discurso racista y evita algunos conflictos jurídicos. Pero su objetivo, la narrativa nacionalista y populista contra las élites, ha calado a fondo.

Orban ganó hace más de un año, cuando arrancó una cruzada contra las medidas de ayuda a los refugiados y empezó una escalada de acusaciones y deriva xenófoba sin que nadie le parara los pies. En 2015 sus soflamas generaban indignación. Ahora, son parte del discurso habitual y, salvo excepciones esporádicas, y de forma muy prudente, ya ningún Ejecutivo afea en público a Hungría o Eslovaquia discursos y represiones que chocan de lleno con el espíritu y las leyes comunitarias.

Orban y sus vecinos, los halcones en temas de refugiados, han doblegado a Alemania y a la Comisión, cuyo presidente, en el último discurso sobre el Estado de la UE, tuvo que dar su brazo a torcer. En mayo de 2015, el equipo de Juncker puso encima de la mesa un plan para la acogida de refugiados. Decenas de miles estaban llegando a Grecia e Italia por mar, cientos morían en las travesías y los campamentos proliferaban ante la impotencia de Roma y Atenas y la indiferencia absoluta de sus vecinos, antes llamados socios. La Comisión diseñó un sistema para el reparto de los llegados entre los 28 Estados Miembros. Uno que debía ser obligatorio, vinculante. Y Europa del Este se puso en pie de guerra.

Los miembros del Grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia) y Rumanía, con Orban como su portavoz más agresivo, dejaron claro que no les gustaba la decisión. Bruselas, lejos de recular, redobló el envite, y tras un verano con cientos de miles de llegadas propuso en septiembre que esas cuotas obligatorias subieran hasta 160.000 personas. Y ahora, 12 meses después y sin que Budapest o Viena hayan acogido a una sola de esas personas, se ha rendido y asume que todo el trámite sólo puede ser voluntario.

El referéndum de Orban no es sobre leyes, sino política. La competencia sobre el tema de asilo está en la UE. Los Tratados (artículos 78 y 80) dejan pocas dudas, y en Budapest lo saben perfectamente. Lo que Orban, lo que Visegrado y algunos otros más quieren es un debate político. La decisión sobre las cuotas se aprobó el año pasado en el Consejo Europeo. No fue por consenso, fue necesaria una votación y una mayoría cualificada y Eslovaquia y la propia Hungría por ejemplo, han llevado la cuestión a la Justicia europea.

El debate político lo han llevado a su terreno y les ha salido bien. El mensaje de Orban es bastante sencillo: si un país, en referéndum, se pronuncia, ¿quién es la UE para intentar oponer lo contrario? La provocación llega tras el referéndum británico, tras ponerse Schengen al borde del precipicio y tras la deriva antirrefugiados de un buen número de países, como Austria o Dinamarca.

En Bruselas respiraron un poco anoche, pero saben que la pelota está en su tejado. No hay discurso, no hay narrativa y hasta Merkel se tambalea. No tienen forma de presionar a Orban o de contrarrestar el momento populista que viene por derecha e izquierda. Juegan con una mano atada a la espalda y, después de dos años de legislatura, están agotados. Campo abonado para la siguiente consulta y más derrotas.

Texto en la fuente original
(Puede haber caducado)