Amelia Valcárcel (Madrid, 1950) descubrió la filosofía a través de Ortega pero en la Universidad, Hegel se convirtió en su autor de cabecera. Las carencias de la Transición en materia de feminismo la obligaron a enarbolar una bandera bajo la cual aún combate. Es miembro del Consejo de Estado aunque quizás una de sus principales satisfacciones sea la vicepresidencia del Real Patronato del Prado que ocupa desde 2004

«No tenemos por qué tolerar al imán lo que no permitimos al cura»

El Mundo, EMILIA LANDALUCE, 24-09-2016

Hablar con Amelia Valcárcel (Madrid, 1950) impresiona.
Parece armada de un bisturí verbal que disecciona
la realidad de forma precisa. [Aunque se discrepe]. La
filósofa contempla la vida con ese rictus eginético, el
esbozo de la sonrisa, que salvaguarda por igual a cínicos
e idealistas. En su caso, también se trata de sentido
del humor y perplejidad ante un mundo incierto y
un país, España, empeñado en convertir su ser en motivo
de continua reflexión.
Pregunta.– Azaña dijo que El Prado era más importante
para España que la República y la Monarquía.
Respuesta.– El Prado es lo mejor que tenemos.
Mientras tengamos eso, seremos algo.
P.– ¿Y cuál es el problema de España?
R.– Somos uno de esos países autorreflexivos, al
menos desde la generación del 98. O desde Galdós si
tomamos como reflexión lo que hizo cuando noveló la
Historia de España. O ya desde Blanco White. Aquí
hay mucha autorreflexión, pero de calidad muy divergente.
Algunos de nuestros grandes disgustos nos han
venido de tales reflexiones. Cuando de joven leía a
Unamuno o a Ortega, el problema de España siempre
estaba presente. Y ya no estoy segura de que los problemas
haya que plantearlos así. Autorreflexiones y
planteamientos tan tensos de en qué consistiría ser español
nos arrojaron a una guerra civil.
P.— ¿Estamos en uno de esos momentos?
R.— No comparto que tengamos que tener en nuestra
herencia un agudo sentimiento trágico de la existencia.
Ni de lo que nos pasa a nosotros, como comunidad,
sea más grave y exija virtudes de fortaleza extraordinarias.
Hemos hecho alguna que otra cosa
magnífica pero en el fondo somos gente corriente.
P.— El exceso de autocrítica es propio de Occidente.
R.— Muy cierto. Aquí a veces lo tenemos y a veces
lo olvidamos… Relajados hacemos cosas maravillosas.
P.— ¿Por qué sigue siendo importante el feminismo?
R.— Porque no hay sociedad que humille a las mujeres
en la que exista convivencia digna. Yo creo que
lo que vale una vida humana es lo que vale una vida
humana femenina. Es el grado cero. No me lo atribuyo.
Fue Montesquieu quien dijo que la media de la libertad
de una sociedad es la libertad de la que disfruten
las mujeres en esa sociedad. Si te pueden vender,
golpear… entonces la vida humana no vale nada.
P.— La Consellería de Educación de la Comunitat
Valenciana ha permitido que una alumna acudiera al
instituto con velo después de que lo prohibiera la dirección
del centro.
R.— Me parece mal. No debe quitarse la razón a un
consejo escolar que ha decidido por buenas razones
sobre una normativa. Y menos para complacer a una
voluntad que no se puede saber si es caprichosa o viene
impuesta. ¿Y en orden salvaguardar qué libertad?
¿La libertad religiosa? Entonces si mañana cojo un crucifijo
del tamaño de una cabeza humana y lo pongo sobre
mi pupitre ¿hay que admitirlo? La docencia tiene
que estar yerma de simbología religiosa. Yo no digo
que esta persona no pueda ser religiosa pero que lo
muestre en su casa, en la mezquita. O por la calle, si
así lo quiere, para asegurar que es una mujer decente,
una creencia suya que me parece bastante peculiar.
P.— Algunos dicen que así se preserva el derecho de
las mujeres musulmanas a estudiar.
R.— Esas son argumentaciones circunstanciales
—aquellas que eluden la cuestión principal para que te
fijes en una cuestión secundaria—. La educación es
importante, sí, pero ellas [las alumnas que deseen llevar
hiyab] ya están en el proceso educativo y gran parte
de ese proceso educativo consiste en aprender que
esas cosas no se llevan a clase. Hay una confusión grave
en esta actitud paternalista que cree que hay que
admitir los símbolos religiosos —incluso los más opresivos—
porque como a ti no te oprimen… te da igual.
P.— Algunos dicen con cierta levedad que si hay
alumnas que pueden ir en pantalón corto a clase…
R.— Yo no sé si los alumnos podrán ir en pantalón
corto. Dependerá de las normas del centro. El decoro
es importante. Todos sabemos y decidimos lo que es
decoro en la escena pública. Imagine que en El Prado
entrara un señor en bañador… Esto no es una cuestión
de vestuario. Aquí no estamos hablando de la calidad
o la longitud del trapo. Ni de cuánto tapa. Es si alguien
puede llevar al ámbito público la expresión de sus creencias
religiosas e imponerle a todo el mundo que lo
tenga en cuenta. Eso es de lo que estamos hablando.
P.— Se argumenta que la libertad…
R.—¿De dónde dimana la libertad religiosa? De la libertad
de conciencia. Si una forma religiosa no asegura
ni respeta la libertad de conciencia tiene interrumpida
la vía hacia la libertad religiosa. El problema no
es ponerse un velo aquí, es quitárselo allí.
P.— Hay quien sostiene que el feminismo debe centrar
sus esfuerzos en esa cuestión.
R.— El feminismo no es relativista y no se compadece
con el multiculturalismo. No sólo es el velo. El
problema es que en algunos países, demasiados, las
mujeres tienen su estatuto personal disminuido. Dicho
de una manera muy sintética y quizás algo inadecuada:
No tenemos por qué tolerarle a un imán lo que no
le permitimos a un cura.
P.— La niña quería reivindicar su identidad.
R.— ¿Y cuál es? La identidad es narrativa. La libertad
tampoco es la volición. No es el yo quiero. La libertad
es el territorio común en que las voluntades deben
medirse unas con otras.
P.—_¿Cree que hay un riesgo de islamización?
R.— Europa está colocada en un lugar geoestratégico
del mundo en el que podemos localizar muchas tensiones
a futuro, tanto en el Próximo Oriente como en
Oriente Medio. Esto es así. Luego cualquier suceso ahí
producirá una onda expansiva que nos va a llegar y
eso va a tensar nuestra convivencia. Muchas veces todavía.
No basta con mirar a otra parte y no ver los malestares
que se producen. Es mucho mejor afrontarlos.
P.— ¿Y con qué recursos contamos?
R.— Me competen los recursos intelectuales. A mi
modo de ver, la pura y simple bonhomía, el buenismo,
es una buena disposición de ánimo pero no llega a ser
una disposición intelectual. Me temo que tenemos la
obligación de hacer actuar a nuestro sentido histórico.
Somos la primera humanidad que lo posee pero todavía
no lo tenemos afinado. Deberemos trabajarlo más.
Por eso a veces buscamos soluciones fáciles y rápidas
como si no supiéramos cuán complejas fueron las coyunturas
históricas pasadas y cómo se han resuelto.
Poseemos una fuente de experiencia histórica que no
utilizamos, en parte porque las humanidades están
perdiendo la capacidad de consejo.
P.— ¿Comparte el revisionismo de la Transición?
R.— Tengo un amigo que dice: «Menos mal que lo
que yo quería que pasase no sucedió nunca». Cuando
yo viví durante la Transición, con 20 años, no entendía
todas las claves de lo que estaba sucediendo. Por edad,
no me daba cuenta hasta qué punto yo no compartía
la experiencia vital de sus protagonistas ni el tipo de
peligros que ellos veían… Por eso mi mirada sobre la
Transición es comprensiva, porque este país tenía muy
mala salida. Otra cosa es mitificarla.
P.— Eligió ser feminista en un momento difícil.
R.— Lamenté que no hubiera más protagonismo de
las libertades de las mujeres en la Constitución. Por
eso me empeñé en esa causa. Pero ahí ganamos.
P.— Que se pusieran de acuerdo Fraga y Carrillo fue
más fácil que Sánchez y Rajoy.
R.—Los dos eran perros viejos de una manera distinta.
El acuerdo que tiene que existir exige mirar más
allá del horizonte a dos meses vista.
P.— ¿Cuál sería la solución?
R.— ¿Ahora? Creo que hay que dejar gobernar al PP.
Ya sé que esto tiene pocas simpatías. Y entre la izquierda
a la que pertenezco, poquísimas. Un PP en minoría,
avergonzado de su propia situación y teniendo que gobernar
bajo el control de unos partidos decididos a sanear
la política, no es una mala situación. Si bien es
una situación transitoria. Cualquier otra solución —todos
contra el PP— nos llevaría a unas terceras elecciones
en las que el PP podría salir incluso fortalecido.
P.— Los políticos no parecen estar por la labor.
R.— El tiempo político exige a veces renunciar a
lo que te gustaría hacer en pos de los beneficios que
sabes que pueden obtenerse y son necesarios. La
gente en España tiene muchos problemas de empleo,
de vivienda… En fin, jóvenes que se preguntan
si van a poder tributar lo suficiente para que luego
les quede algo con lo que subsistir. Desesperanza en
una generación entera. Quiebra de las clases medias…
En una economía globalizada, en España estamos
bajando en capacidad adquisitiva y perdiendo
confianza en el futuro… Esto exige cordura a
nuestros líderes. Más aún, exige acuerdos urgentes.
Si fuera necesario incluso exigiría llegar a un gobierno
de concentración.
P.— Y que se comprometiera a hacer reformas.
R.— Sí, estamos en una situación mala. Nuestra
Economía es frágil. No somos Alemania ni Francia. No
nos podemos permitir estar sin gobierno. Tenemos que
encontrar de qué vivir. Somos además un lugar viejo,
pero una democracia joven. No sé si aguantaría el descrédito
de la política que supondrían otras elecciones.
P.— Es evidente el fin del bipartidismo.
R.— En realidad seguimos teniendo dos bloques.
Creo que nunca tuvimos un verdadero bipartidismo
porque en muy pocas ocasiones los dos partidos han
podido gobernar sin apoyarse en terceros, por lo común
en los nacionalistas. Un bipartidismo como elnorteamericano nunca lo hemos tenido. Y ahora sigue
siendo difícil alcanzar un pacto en parte también por
las cuestiones nacionalistas.
P.— ¿Que pasará en Cataluña?
R.— No tengo ni idea porque no soy profeta. Pero
no me dejo engañar por la gran carga emocional que
está implícita en ciertas decisiones colectivas. Me toca
citar a Pareto: Muchas veces la gente no tomaría individualmente
decisiones que colectivamente no le importa
tomar. Y esto hay que tenerlo en cuenta.
P.— ¿Qué le parece la irrupción de Podemos?
R.— Tiene un aspecto generacional fuerte. Una
parte de la sociedad que no se veía representada y me parece que su indignación tiene fundamento….
Aunque luego creo que esté instrumentada con un
vocabulario político que a veces no me puedo tomar
en serio.
P.— ¿Por qué?
R.— Porque me suena. Esas expresiones retorcidas
«núcleo irradiador», «potencia política de cambio»….
A mí el vocabulario de Laclau, y otros prontuarios similares,
me hacen reír. El politiqués, que es idioma
con muchos dialectos, me impresiona poco.
P.— ¿Qué piensa de la Ley de violencia de género?
R.— Lo que me parece bien es que una sociedad
entera decide que eso no va a tolerarlo. Algunas leyes
son pedagógicas. Está bien que existan pero tienen
que ser vida vivida de la gente para funcionar. Lo básico
es la actitud que sostiene a la ley.
P.— ¿No cree que discrimina al varón?
R.— A las mujeres hay que protegerlas de situaciones
infames y esa ley lo intenta, aunque sea mejorable.
No conozco a ninguna mujer que no pase miedo
cuando pasea por una calle oscura… Restringir el respeto
y la capacidad de acción de un ser humano es indignante.
Las mujeres son seres humanos.
P.— ¿A qué peligros nos enfrentamos?
R.— Nuestro mundo está amenazado por causas
antropogénicas: el cambio climático, el agotamiento
de los recursos… El no saber hacia dónde vamos, no
poder calcular los riesgos ni qué consecuencias traerá
nuestra capacidad de innovación. Y también tiene
su peligro que no seamos capaces de formar y
ejecutar una voluntad común conforme para fines
generales claros y urgentes. Si en el contexto no
existe razón común suficiente, las democracias quedan
debilitadas. Por otro lado, desde la Ilustración venimos
pensando que la educación permitiría un mundo
con mayores seguridades. Ahora se empieza a temer
que la buena educación ni siquiera puede garantizar
una buena voluntad. Estamos a punto de perder
la fe en la racionalidad colectiva. A mí todo esto me
induce a la cautela. Y luego hay otro asunto, el exceso
de autocrítica. Occidente puede colapsar por exceso
de autocrítica. Es como si nos avergonzáramos
de ser quienes somos. Es insólito y absurdo. No podemos
vivir en un estado cultural tan ensimismado.
Ser asertivo no está reñido con la sabiduría, ni la autocrítica
con la confianza en los propios valores. Sin
embargo algo debe dejarse claro: no se puede construir
un mundo que no tenga otro valor que el dinero…
y llamarlo libre.
P.— También nos puede caer un aerolito.
R.— ¿Y dónde se sitúa el mayor crecimiento demográfico?
[India, China, Pakistán…] ¿Sería la humanidad
sobreviviente capaz de reproducir los modos de
vida actuales?
P.— No creo.
R.— Pues entonces que nadie suelte la simpleza:
«Para lo que tales modos tienen de bueno… que venga
». ¡Ya apareció el predicador! Tenemos muchas cosas
buenas. No morimos de hambre, ni de miseria, ni
de miedo al vecino. Hemos logrado hacer sociedades
bastante igualitarias y cómodas de habitar y eso hay
que defenderlo con la capa, la espada y los dientes.
Tenemos fallos. Pero hemos conseguido cosas grandes
y buenas que son más importantes que la mayoría
de los fallos. Esta vida merece ser vivida y este
mundo ser habitado.

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