10 horas en el mar para salvar a su hija autista
Alima consiguió llegar a España y crear una ONG para concienciar sobre esta condición
El Mundo, , 12-09-2016Hace 12 años, una estrella la guió desde Camerún, su tierra natal, a través del desierto durante tres meses. La misma luz le dio fuerza para mantenerse a flote 10 horas en las aguas que separan Marruecos de Ceuta. Su nombre es Alima Ngoutane y el de su estrella –que es lo que significa su nombre– Lamina. Tiene 14 años, autismo severo y una discapacidad intelectual que reduce su edad hasta los tres años. Por su pequeña, esta madre no dudó en lanzarse a este periplo en soledad para conseguir un tratamiento médico y educativo adecuado a las necesidades de su hija.
Una vez llegó a España, Alima erigió un faro de esperanza llamado Mirando por África; una asociación que quiere iluminar la vida de los personas con discapacidad en un continente «en las sombras», puesto que allí son despreciadas por la sociedad y estigmatizadas bajo el nombre de niños serpiente.
«Tener un hijo con estas características en África no es vida, cuesta aceptarlo. La sociedad nos ha hecho sentir culpables. Tu vida queda truncada porque lo normal allí es abandonar a estos niños, hay que esconderlos de todo el mundo y las familias recomiendan dejarles en campos, plantaciones y en las orillas del mar», cuenta Alima en conversación con EL MUNDO.
Todo viaje necesita combustible y el de éste no se reunió con su madre hasta hace sólo cinco años, en 2011. Su estrella llegó a Madrid después de aterrizar en el Aeropuerto Charles de Gaulle (París) al cargo de las azafatas del vuelo. Fue la pasión de Lamina la que le brindó la oportunidad. Atleta y medallista en los 100 metros lisos en torneos deportivos locales, los organizadores de la competición ayudaron a la familia a reunirse. Para ello fueron necesarios los ahorros de Alima, casi 3.000 euros.
Sin embargo, desde su llegada, las dificultades económicas y burocráticas de la familia han lastrado el sueño de esta madre de ver correr a su hija. La pequeña no ha conseguido los papeles de residencia cosa que, según su madre, sí tienen su padre, sus dos hermanos y ella misma.
Lamina recibe tratamiento público pero su caso requiere terapia de mayor especialización y, por si fuera poco, la situación irregular en el país no le permite practicar deporte de forma legal. «Me duele no tener los medios para que mi hija pueda competir. Cuando corre ella es una más, se funde con la pista y con los otros corredores», cuenta Alima. «Intentamos que la organización Special Olympics tenga presencia en Camerún para acercarnos a la sociedad menos receptiva», añade.
Desde que está en Madrid, Lamina ha sido operada dos veces pues «babeaba mucho», asiste a un colegio especial, aunque los neurólogos recomiendan una terapia más especializada, e intenta tener amigos. «Los centros públicos hacen lo que pueden pero hace falta más. Tiene un 68% de discapacidad. Depende de nosotros para prácticamente todo, al menos puede andar por sí sola. Sus días se reducen a la escuela y la vuelta a casa. No tiene amigos, ojalá», suspira la madre.
Sus hermanos Moussa, de siete años, y su hermana Ramatou, de cuatro, completan los cuatro pilares que sustentan la vida de Lamina, a la que ayudan a vestirse, lavarse y lo que sea necesario. Son los lazarillos de sus idas y venidas por los parques de la ciudad, donde otros pequeños no entienden el silencio de esta niña de 14 años.
«Si en Camerún hubiera recibido atención temprana, quizá las cosas serían distintas. Ni siquiera sabe cómo se llama. Reconoce su nombre pero no sabe pronunciarlo. Nos entendemos sobre todo por gestos», explica Luc, su padre.
«Nuestro sueño es que Lamina sea una deportista internacional reconocida y sirva de ejemplo con su esfuerzo, que sea un modelo para África», confía su madre. La vida de las personas con discapacidad en Camerún es complicada. No hay personal, ni estructuras, ni formación para la atención que requieren estos casos. De hecho, allí los discapacitados no existen, «no figuran en ningún registro. No son siquiera personas», recuerda.
Alima es musulmana y Luc cristiano. Hoy viven en Fuenlabrada pero, cuando se conocieron en Camerún con 13 y 16 años respectivamente, su relación no se vio con buenos ojos. «Nos casamos hace 20 años por rituales tribales en contra de nuestras religiones», cuentan. La sociedad camerunesa ve a su hija como un castigo por su osadía.
Por eso, la asociación que esta madre ha creado busca cambiar la mentalidad del continente africano. «Es el proyecto que me prometí llevar a cabo si sobrevivía al mar y al desierto», rememora Alima. De momento, su iniciativa abarca su ciudad natal, Duala. «No es concebible que en el siglo XXI no contemos con ninguno de los avances de otras naciones. Lugares en los que las personas especiales están integradas», sentencia.
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