Tribuna abierta

La tolerancia es el vestido de gala para la fiesta de la vida

Diario de noticias de Gipuzkoa, Por Iosu Perales, 12-09-2016

La consejería tiene toda la razón cuando afirma que el alumnado vasco tiene que prepararse para vivir en un mundo cada más globalizado. Me parece esencial que en la escuela, ya desde la primaria, se desarrolle en el alumnado la empatía entendida como preocuparse y ocuparse del otro. Es así que en la empatía hay un amplio espacio de profundización educativa que permite comprender su relación con las causas más justas del ser humano, mediante el altruismo, la solidaridad y el compromiso con el respeto a diferentes culturas. En una sociedad que aspira a la cohesión social, a la convivencia en la diversidad, y a la resolución de los conflictos mediante la palabra, es fundamental que ya desde la infancia se inculque la capacidad cognitiva y afectiva que necesita verse cultivada y promovida. Desplegando esa capacidad humana es cómo podemos dialogar con los otros entre iguales.

Pero, pensemos un poco sobre el asunto del pañuelo. Históricamente ya existía el pañuelo antes de la llegada del Islam, tanto en el judaísmo como en el cristianismo. Las gentes de Mahoma comienzan a usarlo en La Meca tras la derrota en la batalla de Uhud, para proteger a las mujeres, muchas viudas, que eran objeto de mofa por gentes hostiles al Islam. El propio Profeta lo recomienda a sus mujeres que lo adoptan como una forma o símbolo de autoridad. Su extensión fue asumida por las mujeres musulmanas como símbolo de poder. Curiosamente cuando vieron el respeto con que eran tratadas las mujeres musulmanas, las esposas de los cruzados cristianos comenzaron a llevar velo. El Corán en la Sura 33 versículo 59 trata el asunto del velo de esta manera: “Profeta: di a tus mujeres y a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se ciñan sus velos. Esa es la mejor manera de que sean reconocidas y no sean molestadas. Dios es indulgente, misericordioso” (Corán 33, 59). De la recomendación se pasará a la obligación en algunas de las interpretaciones posteriores a Mahoma que convierten el velo en un instrumento para reducir el campo de libertades de las mujeres. Como dicen las feministas musulmanas el problema fuerte no está en el Corán sino en el secular dominio de los hombres.

Posteriormente, el pañuelo o velo pasa a ser para muchas mujeres un elemento de identidad, cultural. Llevarlo representa una pertenencia, una manera de estar en el mundo, el orgullo de pertenecer a una civilización, a un pueblo. Este fenómeno convive con otro hecho que distorsiona lo anterior: las autocracias proclamándose guardianas de lo sagrado han pervertido el mensaje espiritual original levantando todo un sistema de exclusión de las mujeres. Distinguir cuando se trata de una opción libre o de una opción impuesta pasa por dialogar, por conocer. De tal manera es siempre mejor correr el riesgo de que la tolerancia se equivoque que cercenar las libertades de todas y todos.

A propósito de la tolerancia me viene a la mente el caso de Malala, la niña pakistaní que defendió el derecho a la educación y fue tiroteada por los talibanes. Premiada con el Nóbel de la Paz y numerosas distinciones, esta niña nos cautivó, nos emocionó cuando conocimos su historia. Pues bien, ¿saben que Malala no podría haber estudiado en algunos centros escolares de Euskadi? Ella lleva un pañuelo en la cabeza como una forma de identidad. Le dirían que sólo quitándose el pañuelo para entrar en la escuela podría matricularse. Es decir, Malala debería dejar de ser Malala, debería renunciar a parte de su identidad para ser una persona distinta. ¡Qué triste paradoja! No me anima la retórica al citar el caso de Malala, sino el señalar que algo estamos haciendo mal. La lucha de Malala es un símbolo que hace de la educación un proceso de recreación, de búsqueda de la verdad, de independencia y de conocimiento. El libro autobiográfico Yo soy Malala es realmente una fuente de enseñanzas.

Afortunadamente el Gobierno Vasco ha corregido lo que era una situación injusta. Es tan importante vincular la educación al respeto a la diversidad que no me cuadraba que las instituciones dejaran al criterio de las juntas escolares el admitir o no a niñas con pañuelo. No era esta la manera más garantista de proteger los Derechos Humanos que en su artículo 1 dice: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Y en su artículo 2: “Toda persona tiene los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Para dejarlo claro el artículo 18 afirma: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”

No me cabe duda que el laicismo, del que soy partidario, tiene también a sus talibanes. A tal punto que personas y colectivos lo entienden o lo viven como una nueva religión, con sus dogmas incluidos. Cuando esto ocurre, el laicismo se vuelve en contra de su propia esencia, pues no puede ser si no es con tolerancia. El laicismo está directamente vinculado al compromiso con el pluralismo. Por eso debe practicar el diálogo que no elimina los desacuerdos pero puede explicarlos racionalmente, de manera que sea incluyente. La inclusión es un factor favorable a la resolución de los conflictos y el compromiso con el pluralismo debe facilitar el dar preferencia a lo que nos une. El diálogo entre diferentes debe ser desde la igualdad, partir del mutuo reconocimiento de la misma dignidad humana.

La disposición del Gobierno Vasco sobre el pañuelo coincide con el debate todavía abierto sobre el Burkini. He llegado a escuchar que la prohibición de esta prenda creada en Australia es por el bien de las mujeres musulmanas, retomando así el viejo argumento colonialista en el que subyace un sentimiento de superioridad frente al salvaje. También he tenido que oír que las musulmanas que viven en Europa deben aceptar nuestras normas en el vestir, de la misma manera que sus países nos obligan a hacerlo con las suyas cuando los visitamos (por ejemplo Irán, Afganistán, Arabia Saudí). Es un argumento que deja a un lado el hecho formidable de que en muchos países hemos llegado a un grado de libertad, de tolerancia y que al contrario en algunos países musulmanes sigue habiendo poderes despóticos y tiranos que niegan la libertad. ¿Qué sentido tiene imponer a otras/otros aquello que no nos gusta que nos impongan? Las prohibiciones sólo conducen a la separación, al sectarismo y al rencor y, de modo muy grave en el caso del Burkini, lesiona las libertades fundamentales.

Afortunadamente, el Consejo de Estado de Francia, la mayor autoridad administrativa del país, anuló recientemente el decreto del ayuntamiento de Villeneuve – Loubet, localidad cercana a Niza, que prohibía el Burkini en sus playas. El fallo crea jurisprudencia. Naciones Unidas emitió una declaración pidiendo la legalidad del Burkini.

Lo primero que se me ocurre es que debiéramos felicitarnos de estos pasos positivos. Hay que evitar siempre una visión binaria que nos lleve al peligroso discurso del ellos y nosotros, ellas y nosotras. Vivimos cercanos pero sin encontrarnos y a menudo las identidades se construyen en contra del Otro. La fractura entre Occidente e Islam parece hacerse más profunda y junto a la tolerancia y el respeto, es además necesario un diálogo entre iguales. Ello significa de nuestra parte despojarnos de estereotipos y de toda tentación de sentirnos superiores investidos de una misión civilizadora. Ni el mundo del Islam es monolítico y bárbaro, ni Occidente es un universo depravado, responsable de todas las desgracias.

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