ARQUITECTURA PARA REFUGIADOS

MIGRACIONES. ¿Qué significan ‘la Jungla’ de Calais y el campo de Idomeni para la arquitectura contemporánea? ¿Y qué pueden decir los arquitectos en el gran drama del momento? La respuesta es urgentemente necesaria

El Mundo, POR ALEJANDRO DOMÍNGUEZ VILLAR, 02-09-2016

La crisis humanitaria sin precedentes
que vivimos y el aluvión
de personas que llegan a nuestras
fronteras en busca de asilo
nos enfrentan a la inédita necesidad
de construir campos de
refugiados en Europa. Desde la
Jungla de Calais al campo de
Idomeni en Grecia, pasando por
París, Berlín o Hamburgo, están
surgiendo diversos tipos de
campos de refugiados en el seno
de la UE.
Las migraciones siempre han
existido, y nuevos factores estructurales
las impulsan a la
fuerza. La inestabilidad en
Oriente Medio, el cambio climático,
la pobreza y la explosión
demográfica, auguran un aumento
de los flujos migratorios
hacia Europa. En este contexto,
cabe reflexionar sobre qué es y
qué debería ser un campo de refugiados.
La arquitectura, que
estudia el habitar humano en todas
sus formas y escalas, emerge
como clave para afrontar semejante
reto, que es técnico pero
también humanístico.
Ante la pregunta ¿qué es un
campo de refugiados?, respondía
uno de sus habitantes: «Un
campo de refugiados es un lugar
que ninguno de nosotros
habitaría libremente». Ningún
migrante se va de su tierra sin
un motivo de fuerza mayor que
le obligue a ello. Esto es importante
para entender por qué debemos
hacer un esfuerzo colectivo
para acogerlos en las mejores
condiciones. Las sociedades
se tienen que mirar en el espejo
de su propia historia para ser
generosas.
Si somos precisos, diremos
que un campo de refugiados es
un lugar destinado a albergar a
gran número de personas desplazadas
durante tiempo limitado.
La característica principal es
la temporalidad. Su diseño deriva
de un cálculo de requerimientos
básicos y la forma óptima
de cumplirlos. El resultado
es un espacio funcional y mecanicista,
donde no se contemplan
factores subjetivos de humanidad:
lo individual, lo personal,
lo bello… Esta concepción
taylorista de las necesidades
humanas, el habitar transformado
en una lista de necesidades
básicas, hace que el concepto
amplio de vivir degenere en
sobrevivir.
Si, para Le Corbusier, la casa,
y por tanto la ciudad, era «la
máquina de habitar», a un campo
de refugiados lo habría denominado
«la máquina de almacenar
gente». Este es el caso de las
container cities (ciudades de
contenedores) que proliferan en
Alemania como nueva tipología
autóctona de campo de refugiados,
fabricadas a partir de contenedores
de mercancías habilitados
como viviendas. Hay buenos
ejemplos en Berlín y en
Bremen.
Un campo de refugiados también
es urbanismo en grado cero,
es un germen de ciudad. Casi
todas nuestras ciudades fueron
inicialmente campamentos.
La similitud de un campo de refugiados
con un campamento
militar romano no es casual, deriva
de requerimientos semejantes.
Muchos de ellos, tras permanecer
como asentamientos
temporales, se convertían en
ciudades. Lo mismo sucede con
los campos de refugiados. Cuando
los conflictos bélicos no se
resuelven, o los ecosistemas se
vuelven yermos por el cambio
climático, el resultado es el mismo.
Sus habitantes no pueden
volver. En el campo de Dadaab,
en Kenia, malviven casi 350.000
personas desde 1992 como resultado
de la guerra civil somalí.
En el caso de Europa los campamentos
de Idomeni y de Calais,
donde los migrantes de
Oriente Próximo se encuentran
atrapados, son consecuencia de
la política de fronteras.
Campo o ciudad de refugiados,
ésa es la cuestión. Campo
se relaciona con campamento,
una organización racional y
simple, con carácter temporal.
Cuando permanecen, se convierten
en ciudades, diversas y
complejas, incluso caóticas, pero
humanas en definitiva. Nos
encontramos muy preparados
para lo primero y poco para lo
segundo. La reticencia de los
países al asentamiento de nuevos
ciudadanos, hace que se evite
la consolidación urbana de
los campos de refugiados. Esto
impide que sus habitantes desarrollen
su proyecto vital y se resignen
a una temporalidad permanente.
En el campo de refugiados
de Tinduf, en el Sahara
Occidental, vive una tercera generación
que nunca ha salido
del «campo» y no conoce su
«patria».
Del caos y la insalubridad de
los asentamientos irregulares se
deduce la necesidad de una planificación
eficiente que contemple
el proceso natural de mutación
y consolidación. También
deben preverse el crecimiento,
no como algo cerrado y definitivo,
sino con posibilidades de
cambio y evolución. Además,
deben ser los propios habitantes
los que se impliquen en la construcción
y el planeamiento, generando
arraigo y sentimiento
de pertenencia.
En la Bienal de arquitectura
de Venecia, el ganador del Premio
Pritzker, Alejandro Aravena,
ha llamado la atención sobre estos
temas en su programa Reporting
from the front, invitando
a conocer soluciones de diferentes
lugares del mundo. El pabellón
de Alemania, obra del estudio
Something Fantastic, ofrece
su experiencia bajo el título Arrival
city (ciudad de llegada). La
muestra recorre diferentes iniciativas
alemanas de acogida a
los refugiados en un valioso despliegue
de solidaridad e ingenio.
Uno de los proyectos destacados
es la Light-frame construction
hall de Jan Schabert, realizado
por la ciudad de Múnich. En el
pabellón bávaro de la muestra,
se lee una frase: «The arrival city
is a city within a city» (la ciudad
de llegada es una ciudad dentro
de una ciudad). También dice
que debe ser informal, barata,
autoconstruida, que debe formar
una red de personas y tener los
mejores colegios.
Un intento de imaginar cómo
deberían ser estas ciudades de
acogida se encuentra en el proyecto
AlegalCity; una zona franca
humanitaria que, desde la Escuela
de Arquitectura de Madrid, propone
convertir el aeropuerto de
Castellón en espacio de acogida
de refugiados, construido con un
sistema modular altamente adaptable,
siguiendo principios urbanos
complejos y flexibles, con
ideas espaciales y habitacionales
sistemáticas que interpretarán los
propios habitantes. La propuesta
contempla convertir el aeropuerto,
icono del despilfarro, en un
punto seguro para la llegada de
refugiados desde las zonas de
conflicto, evitando rutas irregulares
que cada año cuestan la vida a
miles de personas.
El reto de crear mejores ciudades
de acogida está siendo
asumido por un número creciente
de arquitectos de todo el
mundo. La sociedad ha cambiado
y con ella las preocupaciones
de la arquitectura, que sale
de una época oscura de excesos
y se reencuentra con su esencia,
la de aportar ideas y técnicas
que ayuden a la gente a resolver
sus problemas. Las palabras
del japonés Shigeru Ban,
un referente de arquitecto político,
resume cual debería ser la
actitud de los arquitectos: «Incluso
en las zonas catastróficas,
quiero crear edificios bellos, para
transformar a la gente y mejorar
sus vidas».

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