El asesino realquilado
La Vanguardia, , 22-08-2016Durante el juicio, las partes pasaron de puntillas sobre la extraña naturaleza de aquella relación. ¿Qué unía a una mujer refinada, culta y madre de una familia numerosa a un hombre rudo, primitivo y tan poco cultivado como Alí Miah Howladar, más conocido como Rob Miah? Fuera cual fuera ese vínculo, Rob creyó que era suya o que ella le debía algún tipo de obediencia y la mató en una zona semi boscosa de la zona de Montigalà, en Badalona, donde se habían citado a espaldas de todos. Dejó enterrado allí el cuerpo de la mujer, que no fue localizado hasta dos meses después de que los familiares de Nelufa Alí Khant denunciaran su desparición. Los miembros de la unidad central de desaparecidos de los Mossos d’Esquadra llamaron a la investigación caso Nelufa. Ella tenía 38 años.
Su desaparición se produjo el siete de febrero de 2014. Ella formaba parte de la comunidad bangladesí de Barcelona y su área metropolitana. Vivía con su marido, Yonus Alí Khan, en Santa Coloma de Gramenet en compañía de su hijo de 17 años y de sus hijas de 14, 7, 4 y 2. No eran los únicos que habitaban aquel piso de la calle Sant Andreu cercano a la mezquita. También compartían la vivienda otros dos bengalíes realquilados. Hacía años que convivían en una especie de unidad familiar. Uno de ellos era Rob Miah, al que trataban como un hermano.
El pater familias, Yonus, trabajaba de noche en una empresa de residuos y Nelufa era ama de casa. Dejó su puesto de maestra en un centro educativo de su país cuando seis años antes de desaparecer llegó a Santa Coloma.
Aquel viernes siete de febrero, todos los habitantes del piso comieron juntos. Acabado el ágape, Yonus y Rob Miah se fueron juntos hacia la mezquita. Por su lado, Nelufa y sus hijas se fueron dando un paseo al centro comercial Montigalà de Badalona. A las pequeñas les gustaba ir a jugar a unos columpios que había delante del Decathlon. Vigilaba a las niñas a cierta distancia cuando se puso a hablar por teléfono móvil. Daba una especie de pequeño paseo mientras hablaba. Se alejó un poco más y ya no la vuelven a ver con vida. Ante la ausencia prolongada de su madre, las niñas se metieron en el centro comercial. Allí las descubrieron los miembros del equipo de seguridad cuando iban a cerrar las puertas. Dieron explicaciones algo confusas, incluso atropelladas. Pero es que mamá no había vuelto. La mayor atinó a decir que su madre “se alejó hablando por teléfono”. Los vigilantes llamaron a los Mossos d’Esquadra, que se hicieron cargo de ellas. Al llegar al domicilio de la calle Sant Andreu, sólo estaba el hijo mayor de la pareja.
Las primeras diligencias las abrió la comisaría de Badalona. Se tomó declaración a todo el entorno de la mujer que, en aquel momento, era solo una desaparecida en extrañas circunstancias. Porque una madre no decide fugarse dejando a sus hijas en mitad de la calle cuando puede dejarlas en casa sin problemas. La desaparición era forzada. Se pidió a la unidad de desaparecidos que diera un vistazo al caso.
En seguida, sorprendió la postura de Rob Miah. Hizo varias rectificaciones en su relato. Todo lo que decía resultaba raro.
Los agentes especializados en desaparecidos pidieron los datos de tráfico telefónico del marido y del fiel amigo que llevaba conviviendo con ellos desde hacía años. Las pesquisas se iban encaminando de forma natural como si la verdad buscara abrirse paso por la vía correcta. Parecían confirmar esa sensación que entraran en colisión los datos del móvil y las declaraciones de Rob Miah. Esa información situaba a aquel hombre en paro desde hacía dos años en Montigalà. Los agentes se centraron más en él. Aquel compañero de piso con un perfil cada vez más sospechoso aseguraba que estuvo en la mezquita. Ahí empezaron sus problemas, pero todavía no lo sabía. Los investigadores no mostraron todas sus cartas. Le informaron sólo de lo justo para dejar que se delatara por sí mismo porque ya habían descubierto que Nelufa le llamaba con mucha frecuencia.
–Sabemos que la tarde en que desapareció te llamó por teléfono. ¿Qué te dijo?
–No me dijo nada. Me llamó, sí, pero no respondí porque lo tenía en silencio. Estaba en la mezquita.
Pero a la hora en que se suponía que el sospechoso se encontraba orando, los repetidores telefónicos lo situaban en Montigalà. Los policías no se lo dijeron. Apuntaron su respuesta y fueron a por otro indicio. Rob Miah fue cometiendo un error tras otro.
Era evidente que aquel realquilado de la familia Khant ocultaba algo. Los investigadores se sumergieron en la comunidad bangladesí. Derribando una barrera tras otra de silencio, llegaron a dar con una vieja historia que sirvió para ir encajando las piezas.
Supieron que Rob Miah se había visto involucrado cinco años antes en una agresión a una compatriota suya en la propia Santa Coloma. Sin embargo, no había nada en los archivos policiales.
Una especie de gobierno de sabios o de ancianos resuelve los problemas de la comunidad como se hace en Bangladesh, pero en el área metropolitana barcelonesa. De espaldas a la administración y con mecanismos arcaicos y machistas, resuelven las querellas. No hubo denuncia y sí un castigo ridículo. Se hizo pasar a Rob Miah por el centro de un pasillo de hombres provistos de zapatillas en las manos con las que iban golpeando al acusado a su paso. Con ese juego infantil se trató de resarcir de forma patética a aquella víctima de violencia machista que no pudo denunciar.
No se esperó más. El 15 de febrero, una semana después de la desaparición, se ordenó su detención por homicidio y finalmente su ingreso en prisión. El cuerpo no había aparecido y él negaba los hechos en redondo.
La relación con la familia Khant era todavía muy estrecha entonces pese a que Rob Miah era el principal sospechoso. El marido de Nelufa y su hijo mayor fueron a visitarlo a prisión antes de que apareciera el cadáver.
Los agentes llegaron a tener muy centrado el lugar donde se suponía que Nelufa podía haber muerto, pero no dieron con el cuerpo hasta que el 26 de abril, un recolector de espárragos trigueros descubrió saliendo del suelo una pierna que los jabalíes habían desenterrado. El cuerpo de Nelufa apareció en un paraje llamado Serra de Mosques d’Ase de Badalona. Allí se encontró muchas veces con su asesino. Para sus encuentros habían habilitado una especie de hueco entre la maleza al que le habían dado consistencia asegurando las matas con cinta adhesiva.
La reconstrucción virtual de los movimientos que el asesino hizo el día del crimen en base a los datos telefónicos reunidos por los investigadores fue la pieza clave para condenar a Rob Miah por la muerte de Nelufa.
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