JAMES BALDWIN: NEGRO, HOMOSEXUAL Y POETA
El Mundo, , 13-08-2016No hace tanto, en el corazón
de la ciudad más cosmopolita
del universo, la policía hacía
redadas en los bares gays y detenía
a quienes estaban allí,
por el mero hecho de ser homosexuales. Al
día siguiente, sus nombres aparecían en el
New York Times y todos ellos eran despedidos
de sus empleos. Así funcionaban las cosas
y ahí estaban para aprobarlo los manuales
de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría,
que hasta 1973 no eliminó la
homosexualidad de su lista de enfermedades
mentales.
En la Nueva York de los 60 donde ocurría
aquello la vida de los afroamericanos discurría
en condiciones similares de hostigamiento
por parte de los agentes de la ley. Miles
de ellos llegaban cada año desde los estados
del Sur, donde las leyes de
segregación racial todavía discriminaban a
los descendientes de los esclavos. Pero las
condiciones de la nueva ciudad apenas implicaban
una mejora con respecto a las de
los lugares de lso que huían. Ahora al menos
ya no les linchaban turbas enfurecidas
ni les colgaban las patrullas de Ku Klux
Klan. Pero en muchos restaurantes se negaban
a servirlos. Y, hacinados en barrios cada
vez más superpoblados (Bronx, Queens,
Brooklyn, Harlem), veían cómo el gran fasto
del dinero y los rascacielos de Manhattan
desfilaba delante de sus narices. Y para
ellos, nada.
Es fácil imaginar que, en esas circunstancias,
la condición de negro y homosexual suponía
una marginación doble. La homofobia
es (y sigue siendo) un problema en las comunidades
negras de Norteamérica. El propio
Barack Obama así lo expresó en un discurso:
«Si somos honestos con nosotros mismos,
hemos de reconocer que nuestra comunidad
no ha sido siempre fiel a esa visión de Martin
Luther King como una amorosa comunidad
(…) Hemos despreciado a nuestros hermanos
y hermanas gays en lugar de abrazarlos».
James Baldwin no sólo tuvo que soportar
esta doble discriminación, sino que además
sufrió en sus carnes otra de las fobias más intensas
de la sociedad estadounidense: su profundo
anti-intelectualismo. Disfrazado de
igualitarismo y rechazo a las élites, esta idea
tiende a infravalorar los logros literarios o artísticos
en favor de los éxitos económicos. No
hay nada malo en construir una fortuna de la
nada (from rags to riches), pero ay del que
ose situarse en una posición de superioridad
mental. Y si a esa ecuación se le añaden el
resto de las fobias citadas, la situación de aislamiento
puede llegar a ser insoportable.
Dentro del colectivo afroamericano se utiliza
en ocasiones la denominación «oreo», la galleta
que es negra por fuera y blanca por dentro,
para ridiculizar a aquellos que no siguen
los patrones culturales, estéticos o de comportamiento
que suelen considerarse aceptables.
Pues bien, Baldwin no siguió prácticamente
ninguno.
«En mi infancia, aprendí en los libros de
Historia estadounidense que África no tenía
Historia, así que yo tampoco. Que yo era un
salvaje del cual mejor hablar lo menos posible.
Y que había sido salvado por Europa y
traído a América. Por supuesto, me lo creí.
No tenía muchas opciones, eran los únicos libros
que había. Todo el mundo parecía estar
de acuerdo que si sales de Harlem, del centro
mismo de Harlem, el mundo concuerda con
esa descripción: todo es más grande, más
limpio, más blanco, más rico y más
seguro. Así que esa realidad parecía
un acto divino: ¡Ésa era la verdad!
Que perteneces al lugar donde
los blancos te han puesto»
James Arthur Baldwin (1924-
1987) nació en ese Harlem idealizado
a través del Cotton Club, el ragtime
y los clubes de jazz. Pero aquello
representaba una parte muy pequeña del
día a día del barrio. Algo que se dio cuenta
cuando escapó de allí, con apenas 20 años. No
fue hasta que se instaló en el Village de
Manhattan que pudo explorar su orientación
sexual, antes oculta bajo la represión de una
vida religiosa que le llevó incluso a hacerse
pastor protestante. Esto le sirvió para desarrollar
su particular visión sobre el poder opresor
de la religión, como se puede apreciar en el
discurso anterior. Los esclavistas blancos habían
usado a Dios para manipular las Sagradas
Escrituras y que éstas justificasen el sometimiento
del hombre negro.
A pesar de esta toma de conciencia, el joven
Baldwin seguía sintiendo que aquél no
era su sitio. Por eso, con 24 años, recién terminada
la Segunda Guerra Mundial, se autoexilió
en Francia, donde viviría hasta su muerte,
con frecuentes visitas a Estados Unidos y a
otros países, como España, donde llegó a tener
un affaire con Jaime Gil de Biedma.
Fue desde esta condición de escritor exiliado
que consiguió tomar perspectiva y poner
en limpio lo que terminó siendo una impresionante
producción de novelas, ensayos y otras
piezas literarias. Baldwin escribió en mayoritariamente
en prosa, pero lo hizo con un lenguaje
poético que le aproximan más al hacedor
de versos que al lanzador de consignas.
En 1953 apareció su primera novela, Ve y
dilo en la montaña, un libro con tintes autobiográficos
sobre el papel del cristianismo en
la cultura afroamericana. Dos años después
debutó en el terreno de la «no ficción» con
Notes of a native son, una colección de ensayos
y artículos publicados en revistas como
Harper’s Bazaar y en los que desgranó lo que
supondría su corpus teórico sobre el sistema
de opresión del hombre blanco sobre los
afroamericanos en los Estados Unidos.
Pero si hubiese que escoger un libro definitorio
sobre lo que fue James Baldwin, ése
sería La habitación de Giovanni (1956). En
un momento en
que el relato de las
relaciones homosexuales
y bisexuales
era aún un tabú, las
descripciones de
Baldwin parecían
olvidar el escándalo
que podrían desatar
y se recreaban
en el deseo y la
pasión. Sin más.
Esta valentía le granjeó el respeto del movimiento
por los derechos civiles de los afroamericanos,
en el que tuvo un lugar destacado
durante la marcha de 1963. Allí apareció
junto a sus amigos, los actores Charlton Heston
y Marlon Brando, como un espejismo de
que el tres veces marginado podría algún día
sentirse orgulloso de regresar a su país.
«En mi infancia,
aprendí que África
no tenía Historia, así
que yo tampoco»
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