Nueva Europa raptada
Diario de Noticias, , 28-07-2016rumbo a Italia, he de tomar el barco en Barcelona para cargar con las ruedas y dirigirlas a mi destino, entre los muros de un castillo medieval perdido en las boscosas montañas de Umbría. Tal vez sean útiles de nuevo en esta aldea donde sólo aparece de cuando en cuando algún extranjero europeo, investigando el territorio, respetuoso con estas costumbres y tierras que adora, más que venera. Comenzó esa costumbre hace siglos, con el Grand Tour, ese recorrido que los señoritos del norte hacían atravesando Francia o Suiza para llegar a Italia, hacia la gran cultura: meses aprendiendo del arte, de los paisajes que visitaban y de las gentes que se encontraban en una especie de universidad de la vida, como los peregrinos a Santiago, pero a lo laico y con más dinero: origen del turismo moderno. Cuando Heine visitó las maravillas itálicas escribió en sus cuadros de viaje: “A diario van desapareciendo los necios prejuicios nacionalistas, todas las tajantes peculiaridades se disuelven en la universalidad de la civilización europea, en Europa ya no hay naciones sino sólo partidos, y es curioso ver cómo éstos, a pesar de la ingente variedad de colores, se siguen reconociendo perfectamente y cómo, a pesar de sus múltiples variedades idiomáticas, se entienden muy bien”. Descubrió, como Goethe, Chateaubriand, Byron y tantos otros viajeros, que los herederos de la cultura grecolatina y cristiana éramos lo mismo. El poeta echa la culpa de los conflictos entre países a sus gobiernos, pues las gentes son las mismas, más o menos, repartidas según su concepción de la vida a uno y otro lado de las fronteras. Pero estallaron múltiples contiendas entre los ciudadanos del siglo XIX, culminando en la I y II Guerras Mundiales, gran suicidio de una civilización que dominaba no mucho antes el planeta y, aun así, resurgió de sus cenizas para crear la Unión Europea. Desde hace más de medio siglo entre nosotros no hay guerras, inmensa proeza entre naciones históricamente tan guerreras. Ahora los enemigos están dentro de las fronteras y un discurso flácido y relativista les ha dado los mismos derechos que a los de casa y hasta les ha regalado la nacionalidad. El puerto de Barcelona desbordaba con mujeres que portaban orgullosas el velo musulmán, barbudos que copiaban la moda de fanáticos y asesinos que están cometiendo bestialidades sin límite. Algunos nos ven como ricos blandos y tontos, inmorales que merecen ser aplastados bajo el hacha. Se multiplican con mil y un hijos del odio. Nadie les devuelve a sus miserables e injustos países donde engendrados fueron. Nos obligan a levantar murallas y castillos frente a esta nueva barbarie.
El autor es escritor
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