Colaboración
La solidaridad como ideal
Deia, , 25-07-2016VIVIMOS en un mundo que da la espalda a otros mundos. No los reconocemos y, con frecuencia, queremos pensar que nuestro mundo es el único. Desde este modo de ver la vida es difícil que nos hagamos corresponsables de esos infiernos en los que sobreviven cientos de millones de seres humanos invadidos por el sufrimiento. Qué lejos queda el mensaje del poeta lírico alemán nacido a finales del siglo XVIII, F. Hölderlin, al proclamar “el hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga”. Más bien practicamos la indiferencia, el no querer saber para no desestabilizar nuestro mundo seguro, para no rasgar el paraguas bajo el que nos tapamos. Sin embargo, es inútil hacer como que no sabemos, sabemos aunque no queramos, aunque sólo sea por esa ventana al mundo que es la televisión por donde se nos cuelan imágenes a pesar de que nos protejamos con el zapping.
Frente a esta realidad deberíamos proponernos la recreación cotidiana, a través de la relación con el otro, de valores humanos que construyan nuevas relaciones sociales, sentimentales, el diálogo y el afecto, la imaginación y el gozo, una nueva mirada del mundo y de la vida. La solidaridad como ideal civilizatorio o punto de encuentro entre mundos. Esta solidaridad debería ser el principio vector de una lucha implacable contra la pobreza y la marginación, contra una desigualdad desbordante. Lo humano del hombre y la mujer es desvivirse por el otro hombre y la otra mujer, escribió el filósofo judío Emmanuel Lévinas. ¿Un ideal ingenuo? No, más bien es la última oportunidad. Como dice el tango, el mundo está hecho una porquería y sabemos que solo si el aire circula por todos los pulmones (no sólo por los de los países ricos) podremos humanizar la sociedad deshumanizada.
Para recorrer el largo camino que conduzca a un mundo unitario hace falta que crezca en nuestra sociedad la indignación que convierte la solidaridad en la expresión de un pensamiento radical que va a la raíz de los problemas; de un pensamiento multidimensional; de un pensamiento que concibe la relación entre el todo y las partes, como se da por ejemplo en las ciencias ecológicas. Capaz de entender que nuestro modo de vida está directamente relacionado con otros modos de vida nada envidiables. Por eso no basta con la compasión, hace falta hacer justicia. La compasión, siempre necesaria, aborda los síntomas pero no ataca las causas. En cambio, la justicia, que es el valor central de la ética, se hace presente cuando pasamos a reconocernos corresponsables de los infiernos y actuamos en consonancia, en primer lugar las instituciones que deben liderar el combate contra la pobreza, las desigualdades, la marginación de poblaciones enteras, la explotación de menores, las discriminaciones de género, las epidemias evitables, etc.
Pero lo cierto es que las instituciones no están a la altura. Así por ejemplo, la Cooperación Internacional al Desarrollo (la agencia estatal que la gestiona es la Aecid), ámbito en el que la sociedad civil, a través de las ONGD internacionales y de los países receptores, es una vía para este tipo de solidaridad. Sin embargo, el Gobierno español viene recortando en los últimos años lo que debe ser un compromiso de corresponsabilidad: en 2010 descendió un 4,6%; en 2011 el 26,4%; en 2012 el 65,6%; en 2013 el 23,6%; y en 2014 el 4,8%. En la actualidad la tendencia sigue siendo negativa. Muy lejos queda la reivindicación del movimiento a favor del 0,7% del PIB. Por su parte, el Gobierno vasco dedica este año 30 millones de euros a la cooperación al desarrollo, casi tres millones más que el año pasado. Muy lejos también del 0,7. Pero es que en 2010 dedicó 51 millones. El descenso es pues considerable.
Frente a los recortes, la solidaridad como paradigma debe erigirse como una fuerza para derribar los muros que separan los mundos, un internacionalismo del siglo XXI capaz de globalizar una solidaridad sin idioma hegemónico, sin espacio geográfico central, sin proyecto cultural único.
¿Saben una cosa? Escribo este texto después de haber echado un vistazo a los datos que ofrece Unicef en su informe Estado mundial de la infancia. No les voy a saturar, tan solo estos datos: en 2015, más del 80% de las muertes infantiles ocurrieron en Asia meridional y África subsahariana; en 2030, 167 millones de niños seguirán viviendo en la pobreza; en 2030, 750 millones de niñas se habrán casado siendo aún niñas; el número de niños que no asisten a la escuela ha aumentado desde 2011. Unos 124 millones de niños y niñas no acceden a educación primaria y secundaria; actualmente, entre 250.000 a 300.000 son niños soldado. Como dice Unicef, mientras lees esto, las vidas de millones de niños y niñas están en peligro solo por haber nacido en un país y no en otro, en una comunidad y no en otra, con un sexo y no con otro. Les invito a visitar la web de Unicef. Un espejo en el que debiera mirarse nuestro mundo para mejor saber cómo somos y qué podemos hacer.
Por cierto, como al parecer la solidaridad no da votos, este asunto no ha estado en las campañas. Que la derecha lo obvie no me extraña. Que lo hagan asimismo los progresistas me parece significativo. Tal vez sea que no han aprendido nada.
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