El emigrado

Diario de Noticias, Por Javier Corres, 21-07-2016

eres ese que elude el espejo cuando entra en el lavabo todavía ojeroso cualquier mañana de cualquiera de los días de tu vida. Eres el mismo que se acostó anoche castigado por el propio cansancio, defenestrado por la impotencia y el abatimiento del mundo, habiendo visto, leído, escuchado el horror de la guerra en todas o casi todas sus formas. Algunas están por llegar aunque todas están inventadas y en proceso de ejecución. Eres el tipo con suerte que tiene una habitación donde alojarse y arrojarse sobre la cama para llorar todas las lágrimas que en el mundo han sido. El mismo que corre las cortinas para que se aleje aquel sol incisivo, inclemente, indolente, tenazmente abrasador y, la distancia de tu escritorio a la terraza es insalvable, tanto como el cobijo dista de la intemperie, de la de verdad, la misma que arroja a millones de seres humanos a la muerte y a la inclemencia. Eres todo aquello que pasó rozando tu puerta y no supiste asir con ambición o angustia, el mismo que abandonó el tren de la mesura cuando no habías entendido nada aún, ni siquiera que la vida iba en serio y pugnabas con las nubes en un combate tan desigual como absurdo. ¿Y ahora? Sólo puedes dejar que las cosas ocurran asidas al desgaste y la penuria de los años huidos sin compasión hacia lugares ignotos que uno quisiera entrevistos, siquiera entrevistos en los sueños o la memoria.

Nada va a regresar a esta habitación de la que era peligroso salir según sentencia de Pascal pero él no habló de los millones de hombres que carecen de esa habitación. Que nacen expuestos al terror de sus iguales desde el minuto uno de su penosa existencia. También eres ese niño desaparecido entre la turba de emigrados que ha perdido a sus padres, asesinados en cualquier parte de este ingrato mundo, el mismo cuyo corazón se ha vendido a precio de oro por quienes no tienen corazón. ¿Quién eres de una vez? Si pudiera contestarme no escribiría una sola línea pero, al menos no soy la carroña que decide los derroteros del mundo. Soy de un modo muy humilde la resistencia, un modo de vida frente a la muerte. Soy el mismo que tiene una habitación para cobijarse de la inmundicia, del dolor, de la muerte. El mismo que pese a todo tiene la palabra, un poco de consciencia y la esperanza de que el eco del eco se expanda siquiera por la grieta sangrante de la tierra.

El autor es escritor

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