El movimiento Trump
El Mundo, , 21-07-2016En 2008, el ex gobernador de Arkansas –el mismo estado del que salió Bill Clinton–, Mike Huckabee se presentó a las primarias republicanas. A pesar de situarse a la derecha de prácticamente todos los demás candidatos, y de tener un presupuesto ridículo comparado con el de sus rivales, ganó ocho estados, logró 4,3 millones de votos, y quedó segundo, por detrás de John McCain, que sería el candidato a la Presidencia.
Este año, Huckabee ha vuelto a presentarse. En la primera cita de las primarias, el 1 de febrero en Iowa, donde había ganado en 2008, acabó noveno, con menos de 3.500 votos. Aquella misma noche, Huckabee se retiró.
¿Qué había pasado? ¿Cómo se puede pasar de 4,3 millones de votos a 3.500 sin haber cambiado de programa político y teniendo, encima, un programa propio en la televisión conservadora por excelencia Fox News? Mientras recargaba su iPhone ayer en Cleveland, entre los estudios de, precisamente, Fox News, y la mini redacción de The Wall Street Journal, Huckabee compartía sus impresiones con EL MUNDO. «Cuando volví a la carretera en 2015, me di cuenta de que la actitud de los votantes había cambiado. Estaban furiosos. Se sentían estafados. Querían darle una patada en el trasero a la élite, al establishment [la palabra que en EEUU se emplea para definir lo que en España sería calificado como la casta], darle un buen meneo a todo», explicaba, con su amplia anatomía –Huckabee es famoso por su glotonería, sus subidas y bajadas de peso y su lucha contra la diabetes– descansando en una silla.
Había llegado Donald Trump. Y Huckabee, el representante del ala más populista y conservadora del Partido Republicano, había sido barrido del mapa político para siempre.
Donald Trump no es un candidato normal. En cierto modo, es un movimiento. Así lo definió su esposa, Melania, en su controvertido (por plagio) discurso en la Convención Republicana, el lunes pasado. «Vosotros habéis convertido esta improbable campaña en un movimiento», dijo la ex modelo eslovena y tercera esposa de Trump a los delegados del polideportivo Quicken Loans Arena. «¡Ya no es más una campaña, es un movimiento!», gritó el martes Donald Trump junior, el hijo del empresario y su primera esposa, la también modelo (en este caso, checa), Zelnicková, cuando su padre alcanzó el número de delegados necesario para transformarse en el candidato a la presidencia del Partido Republicano.
Ahora bien, ¿es un movimiento? «Desde luego. Es un movimiento porque trasciende las divisiones habituales de los partidos políticos. Hay obreros que siempre han sido demócratas y que votan por Donald Trump. Hay independientes que votan por Donald Trump», respondía Huckabee. Su teoría es que Trump es sólo un caso más de un fenómeno que se está dando en Europa y en EEUU, y que el percibió el 24 de junio, cuando se despertó en Londres, donde estaba de visita, con la noticia de que Gran Bretaña había votado a favor de salir de la UE.
«La gente siente que ha sido dejada en la estacada por las élites financieras, políticas, culturales y mediáticas. Y quiere castigarlas. Ahí es donde entra Trump, igual que el movimiento para sacar al Reino Unido de la Unión Europea», explicaba Huckabee antes de interrumpirse y decir: «¡Ahí va el avión de Trump!». Efectivamente, el aparato se paseaba por los cielos de Cleveland, rumbo a otro evento familiar, en el que Trump –que ha descubierto que su familia es un activo político de primera magnitud– iba a juntarse con su candidato a vicepresidente, Mike Pence.
La similitud entre Brexit y Trump no es exagerada. El líder del partido nacionalista británico UKIP, Nigel Farage, y el jefe de la ultraderecha euroescéptica holandesa Geert Wilders –que quiere un referéndum para que su país salga de la UE y del euro– también están en Cleveland.
Entonces, es un movimiento en contra de la casta. Pero ¿a favor de qué? Ahí, Huckabee no tenía dudas: «Es en contra del status quo, pero no tiene un programa». Efectivamente, la Convención Republicana está siendo, desde el punto de vista programático, un desierto. No hay ni una sola idea, aparte de construir un muro en la frontera con México. El único concepto que las estrellas de reality shows, que son la profesión mejor representada en el escenario, defienden es la eficacia. La eficacia de Trump, se entiende.
El mensaje tradicional republicano ha sido borrado del mapa. No hay alusiones al sector privado, a la privatización del sistema de pensiones, a la reducción del tamaño del Estado, a bajar los impuestos. Sólo hay furia. O, más bien, odio. En 2004, el grito de guerra de los delegados era «chaquetero», para referirse al candidato demócrata John Kerry.
En 2008, «perfora, nena, perfora», en curioso homenaje a Sarah Palin, la candidata a la vicepresidencia y entonces heroína de los conservadores. En 2016, el cántico es «que la encierren. Hillary a la cárcel». Lo que no está claro es qué van a hacer los que estén fuera del polideportivo Quicken Loans Arena.
«El otro día mi mujer, que es de izquierdas, me decía: ‘Tú qué eres tan listo, ¿cómo explicas que hayáis dejado a un tipo como Trump ser el candidato?’ Y yo le contestaba: ‘Todavía me lo estoy preguntando’». El militante republicano no quería que se publicara su nombre mientras movía la cabeza con incredulidad, como si sintiera que 42 años de su vida en think tanks y Administraciones se van por el desagüe. Porque sus primeros recuerdos en política «son cuando tenía 14 años, en 1976, y repartía pegatinas de Gerald Ford», el presidente republicano que perdió contra el demócrata Jimmy Carter.
De modo que ni siquiera los propios compañeros de partido alcanzan a comprender qué les da a los votantes Donald Trump, un caballero al que el columnista del diario Financial Times, Gideon Rachman, calificó el invierno pasado en una entrevista a EL MUNDO antes de viajar a España para participar en un seminario del Aspen Institute, como «un Berlusconi, pero con todavía menos clase».
Aún así, se pueden aventurar algunas posibles explicaciones del éxito de Trump.
CONCURSOS DE ‘MISSES’. Una de ellas tiene que ver, precisamente, con los concursos de belleza, un tipo de eventos que Trump ha organizado durante décadas. Y es que éstas son unas elecciones que son como una competición de misses pero a la inversa. «La gente va a tener que elegir entre una candidata que sólo le gusta al 34% de los votantes y un candidato que sólo le gusta al 25%», explicaba ayer el republicano antes mencionado, recordando a las pavorosas cifras de popularidad de los dos candidatos a presidente. De hecho, la mayor parte del tiempo, el polideportivo Quicken Loans Arena está semivacío, en una muestra de que ni a los propios republicanos les entusiasma esta Convención Republicana.
SUS RIVALES. La incompetencia de sus rivales –demócratas y republicanos– es parte del éxito de Trump. También lo es su capacidad para conectar. Jeb Bush –que se suponía que iba a ser quien fuera ungido en Cleveland– es el político más convencional y menos espontáneo que cabe imaginar, con una excepción: Hillary Clinton.
No es sólo que Trump sea divertido. Es que, cuando quiere, puede ser afable. «Es un tipo cordial, amistoso, que apabulla un poco, y que, cuando quiere, se lleva bien con todo el mundo», explica Steven Clemons, de la revista The Atlantic, que le conoce y estuvo en España en un seminario de la Fundación Ramon Areces y la London School of Economics sobre política de EEUU justo antes de que arrancaran las Primarias.
LOS MEDIOS. Trump sabe usar los medios mejor que nadie. No necesita gastar en publicidad. Cualquier cosa que dice es noticia. Y eso se suma a que tiene una capacidad de trabajo extraordinaria. Él no sólo controla el mensaje, sino toda la organización. Ésa es, también, una de sus debilidades, porque, cuando se equivoca, se cae con todo el equipo. Pero, por ahora, el sistema le funciona. La campaña que empezó como una broma se ha convertido en una candidatura en toda regla al puesto con mayor poder del mundo.
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