Los manteros vuelven al centro y a los 'saltos' tras su expulsión de la Barceloneta

El Periodico, , 18-07-2016

Los manteros, a la vista del amplio dispositivo policial, ya dijeron el domingo que se retiraban “de la zona de conflicto”. El mercado que en los últimos meses tenían instalado en Joan de Borbó, en terreno de nadie entre los dominios del ayuntamiento y el puerto, ya es historia. Por ahora. Pero también dijeron, además de considerar que son víctimas de una “limpieza social”, que seguirían con su actividad, que volverían al centro, donde todo empezó hace unos diez años. Así ha sido. Este lunes, una treintena de vendedores ambulantes ha regresado a la Rambla. Y con ellos, el ‘statu quo’ de toda la vida, la relación de gato y ratón con la Guardia Urbana.

Los agentes no parecen muy convencidos con las órdenes. Basta con observarles un rato para entender el mandato: no actuar ni decomisar el material, pero sí hacer acto de presencia para que evacúen la zona. Todo, con vistas a garantizar la seguridad, tanto de ciudadanos, como de manteros y policías. "Esto es un cachondeo", le dice un urbano a un par de compañeros, después de ahuyentar a varias decenas de senegaleses frente a la parroquia de la Mare de Déu de Betlem, este lunes a mediodía. Uno de los uniformados se coloca a un metro de un vendedor. Se mueve con sutileza, a cámara lenta. "¡Ven aquí! No hagas nada; tenemos una instrucción y si no la seguimos nos la cargamos", le reprende otro policía. Los jóvenes se van, sin prisas, Rambla abajo. Desaparecen por el metro de Liceu, o ser esconden tras un quiosco, hasta que la cosa amaina y vuelta a empezar. Más abajo, en la pasarela del Maremagnum, otra decena de sábanas ofrecen bolsos y camisetas del Barça. Misma estampa, con la policía portuaria acercándose sigilosamente y los africanos recogiendo los bártulos.

Antes de los grandes zocos, primero el del Port Vell y luego el de la Barceloneta, los vendedores ambulantes se repartían por la ciudad en grupos, sin grandes aglomeraciones; se diría que había cierto orden. Sagrada Família, parque Güell, paseo de Gràcia, Rambla, plaza de Catalunya y también el litoral. Su presencia era de sobra conocida, y la policía, bajo mandato del gobierno de turno, optaba por una vigilancia de bajo perfil, esto es, acercarse sin correr hasta los senegaleses para que tiraran del hilo, recogieran la sábana y se marcharan del lugar a paso ligero. En contadas ocasiones se producían incidentes. Algunos decomisos, pero más como mensaje que como represión. Esa aparente paz ha brillado por su ausencia en este último año, en el que se han producido numerosas reyertas entre manteros y Guardia Urbana que han dejado heridos en ambos frentes.

El ayuntamiento asegura que nada ha cambiado, que sigue vigente el dispositivo (ver artículo inferior) que el gobierno de Ada Colau impulsó en octubre del 2015, y que se diferencia de los operativos anteriores en la voluntad de buscar una salida concreta para cada caso. Porque no es lo mismo actuar en un paseo atestado de turistas que hacerlo en una plaza inmensa o en un jardín. Así las cosas, un portavoz municipal detalla que no hay constancia de incidentes en las última horas y que todo está sucediendo según lo previsto. El primer teniente de alcalde, Gerardo Pisarello, ya compartió la obviedad la semana pasada al señalar que este colectivo no desaparecerá. “Lo que sí se busca es que los que han venido en los últimos meses desde otras ciudades se marchen”. Es decir, que Barcelona se quede con los manteros de siempre, los que había antes del efecto llamada. Cuestión de sostenibilidad, Y de capacidad.

“Sabíamos que corríamos el riesgo de que se redistribuyeran por la ciudad, pero no se podía permitir una zona franca de vendedores ambulantes”, sostiene la misma voz consistorial, que añade que se están estudiando todas las fórmulas posibles para ayudar a este colectivo. La salida social es, de hecho, la que siempre ha defendido Colau, que desde que llegó a la alcaldía ha asegurado que la resolución al problema de los manteros no llegaría por la vía policial.

Por su parte, el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona ha exhibido su indignación ante lo que considera el “fomento del racismo”, en referencia a la represión a la que asegura que son sometidos los manteros, y la “criminalización” de su actividad a través de unas banderolas publicitarias en las que se informa a los turistas de que comprar artículos es ilegal. Ayer, en la Rambla, los pocos minutos que podían tender la sábana antes de cambiar la ubicación, bastaban para comprobar que el efecto del mensaje es prácticamente nulo.

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