Un día sin manteros

El Periodico, , 16-07-2016

La virgen del Carmen ha salido en la tarde de este sábado de la iglesia de Sant Miquel del Port, en la Barceloneta, en procesión hacia el muelle de Pescadors. Unas 150 personas, banda de música incluida, han avanzado por el paseo de Joan de Borbó, por la acera que hasta el viernes ocupaban los manteros, hoy recuperada como paseo e irónico ‘skate park’. Irónico porque esta ciudad ha perseguido históricamente, y de qué manera, a los ‘riders’, ahora convertidos en escudero municipal para remplazar la venta ambulante. Al día siguiente del operativo policial destinado a erradicar el ‘top manta’, en la capital catalana es casi imposible detectar sábanas por los suelos en los diez distritos. Han dado una tregua. O están esperando a que el suflé baje. O estudian cuál es el mejor lugar en el que volver a instalarse. Un ‘reset’ en toda regla.

En la Sagrada Família solo se atreve un vendedor de castañuelas, otro que dispensa diademas y un tercero que ofrece muñecos de ‘Los Simpsons’ bailarines. Ni rastro de los jóvenes senegaleses. Tampoco en los parque cercanos, ni en la Diagonal, por si se les ocurriera exponer el género donde paran los autocares. La presencia policial es la que cabe esperar de un país con un nivel cuatro de alerta terrorista: un furgón de los Mossos en una de las esquinas.

En la plaza de Catalunya abundan los vendedores de palos ‘selfie’; todos de origen paquistaní. Comercian sin problemas entre los turistas que dan de comer a las palomas a pesar de que el lugar parece la Casa Blanca el 4 de julio, con policía en todos los accesos. El conductor de un bus turístico – no hay mejor radar, pues pasan varias veces por los lugares más turísticos de Barcelona – asegura que solo los ha visto por la mañana en el Maremagnum, y que unos agentes les han requisado los artículos. Un portavoz del consistorio, sin embargo, asegura no tener constancia de semejante decomiso.

De camino para el puerto, vistazo obligado a la Rambla. Despedidas de soltero, estatuas, caricaturistas, guías turísticos, paellas a las cinco de la tarde. Pero ni rastro de manteros. A lo sumo, alguna mujer rumana vendiendo abanicos a dos euros. Ya en el puerto comercial, coches de lujo de alquiler, turistas torpes sobre imprevisibles patines eléctricos, una regata, grupos escolares. Manteros, ni uno.

En el paseo de Joan de Borbó, cuatro furgonetas de los Mossos custodian el lugar. La pista de ‘skate’ presenta una pobre entrada tanto por la mañana como por la tarde. El calor y la ausencia de sombra dan para pocas piruetas y muchos soponcios. “Es poco espacio pero está bien para entrenar. Además hay una fuente cerca”, aporta Marc Larroya, estudiante de 16 años. Eduard Rafanell, de 17, reclama más espacio. “Es muy pequeñita”.

El corazón del mercadillo ilegal estaba justo aquí, en este parque de patinadores vallado. Aurora Simba, camarera ecuatoriana que trabaja en el chiringuito La Mastelada de la Barceloneta, tiene la barra delante del espacio dedicado al monopatín. “Los jóvenes disfrutan y eso está bien, pero no me parece bien lo que están haciendo con los manteros. Ellos se buscan la vida. La solución no es ahuyentarlos. Las autoridades deben de encontrar una salida social”, reclama Simba, que coincide al 100% con la opinión que la alcaldesa Ada Colau comparte desde el primer día que pisó el ayuntamiento.

Óscar Penayo, encargado del restaurante Toc de Mar, que se encuentra en el mismo paseo, se muestra satisfecho de que “por fin” el ayuntamiento haya hecho algo para terminar con el ‘top manta’. “Era un desastre. Se desmadró. No se podía caminar sin pisar a alguien. Además, hacía sufrir verlos tantas horas bajo el sol. Entiendo que tengan que comer pero eso no es vida”, señala Penayo, que recuerda que en la Barceloneta hay muchos comercios pequeños a los que lo manteros hacían competencia desleal. “Vendían los mismos productos más baratos pero sin pagar impuestos. Los fundían”, agrega.

Mateu Scuro, empleado de la empresa Rent a Bike, justo en frente de donde estaba el mercadillo, reconoce que compraba zapatos y bañadores a los manteros. “Lo de la pista es increíble. En mi país, Italia, ninguna institución pública invertiría en un espacio destinado a los monopatines. Por estas pequeñas cosas, admiro a Barcelona”. No muy legos de este comercio, un joven hace enormes pompas de jabón que los niños intentan explotar antes de que el viento las aleje de su menudez. No muy lejos, detrás de los árboles, un grupo de cuatro policías contempla la escena. Poco más podrán hacer hoy. Mañana, ya se verá.

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