"No estamos tan divididos"

El Mundo, PABLO PARDO WASHINGTON CORRESPONSAL, 13-07-2016

Barack Obama caminó ayer por la borrosa línea que separa las tensiones raciales de Estados Unidos, una línea que se ha convertido, al menos desde el punto de vista del debate político, en una verdadera trinchera, tras la muerte de dos afroamericanos a manos de la policía y de cinco miembros de las fuerzas del orden a manos del presunto radical negro Micah Xavier Johnson la semana pasada. Un ataque que, según fuentes policiales, Obama ha calificado en privado como «crimen de odio», es decir, racista, y que el presidente ha puesto a un nivel similar al asesinato de nueve feligreses negros en una iglesia de la ciudad de Charleston, en Carolina del Sur, a manos del supremacista blanco Dylan Roof hace 13 meses.

Fue en el funeral de los agentes, en la ciudad texana de Dallas. El presidente de Estados Unidos hizo un llamamiento a la unidad nacional y a la reconciliación racial, defendió a las fuerzas del orden, lamentando la persistencia del racismo en la sociedad y en las instituciones del país. Incluso para un formidable orador como Obama era un reto. Eso era evidente en la primera fila del público, situada justo detrás de Obama. Allí estaban los oficiales de policía de Dallas, compañeros de los cinco caídos el miércoles. Sus aplausos fueron mucho menos entusiastas que los del público que abarrotaba el recinto.

Era un discurso difícil, entre otras cosas porque, como dijo el propio presidente, «no soy un ingenuo. He estado en demasiados funerales de este tipo». Efectivamente, la de ayer fue la undécima ceremonia fúnebre tras una matanza a la que el presidente de EEUU ha tenido que asistir en los siete años y medio que lleva en el cargo. La última fue hace menos de un mes, en la ciudad de Orlando, donde el fanático islamista Omar Mateen asesinó a 49 personas en una discoteca antes de ser abatido por la policía. Si a eso se suman los mensajes públicos de condolencia de Obama por otras matanzas de menor entidad, salen más de 50 pronunciamientos públicos del jefe de Estado y de Gobierno por incidentes de este tipo.

Así que Obama recurrió al optimismo más estadounidense. «Estoy aquí para insistir en que no estamos tan divididos como parece (…). Estoy aquí para decir que debemos rechazar tanta desesperación», repitió. También le dio un tono religioso al discurso, sobre todo al principio, cuando dijo que «las Escrituras nos dicen que en el sufrimiento hay gloria porque produce perseverancia, la perseverancia, carácter, y el carácter, esperanza», y declaró que «estamos aquí para buscar sentido en nuestro dolor».

La ceremonia religiosa, oficiada por un pastor protestante, un imán musulmán y un rabino, así como la presencia de políticos de diversas ideologías –como el ex presidente George W. Bush, que vive en Dallas, y el conservador senador texano Ted Cruz–, reforzaban ese aire de unidad. Y, sin embargo, era evidente que había divergencias de fondo. Una división que el mensaje del presidente reflejó indirectamente.

Obama defendió sin ambages a la policía, cuando recordó que los cinco agentes asesinados estaban protegiendo una manifestación de protesta contra, precisamente, las fuerzas del orden. «Todo nuestro estilo de vida depende del imperio de la ley», dijo. También recordó que las fuerzas del orden son «las garantes de los derechos constitucionales en nuestro país», y que «la inmensa mayoría de los oficiales de policía merecen nuestro respeto, no nuestro desprecio». Ésa es la cuestión. «La inmensa mayoría». Pero no todos. Y es que Obama dio una de cal y una de arena. Recordó que «no podemos despreciar a los participantes en una manifestación pacífica como gente predispuesta a crear problemas». Ahí, el presidente de EEUU estaba respaldando a quienes afirman que la policía y el sistema legal estadounidense no son equilibrados a la hora de tratar a blancos y negros.

Obama recordó «los siglos» de discriminación racial y esclavitud, y explicó que, pese a que «he visto las relaciones raciales mejorar enormemente a lo largo de mi vida», todavía «sabemos que el sesgo [racista] perdura». «Ninguno de nosotros es inocente por completo. Ninguna institución es libre por completo [de ese sesgo] y eso incluye a la policía».

Así que ¿dónde quedó Obama? Acaso en un incómodo lugar intermedio, recordando que la masiva presencia de armas de fuego facilita la violencia, que la falta de ayudas sociales en áreas deprimidas hace que la sociedad espere que los policías sean «expertos en terapia familiar, y abuso de drogas» en barrios extremadamente peligrosos, y que los manifestantes del movimiento Black Lives Matter deben transformar su furia en una herramienta para cambiar la sociedad y hacerla más justa.

Obama también volvió a dejar la cuestión racial estadounidense reducida a negros y blancos, cuando los primeros no son la minoría más grande. Ese título corresponde a los hispanos, que pueden ser insultados generosamente por Donal Trump como «violadores». Tampoco son los más pobres, ya que ese triste honor lo ostentan los todavía llamados «indios», que ni siquiera han logrado que el equipo de béisbol de Washington cambie su racista nombre de Los Pieles Rojas (Redskins).

Nadie está libre de racismo en ningún sitio, y los negros de EEUU, tampoco. Ahí está el chiste del humorista afroamericano Chris Rock, en la entrega de los Óscar, cuando presentó a un grupo de tres contables que resultaron ser niños asiáticos. «Si a alguien le ha parecido mal este chiste, que lo cuelgue en Twitter con su teléfono móvil, que también ha sido hecho por estos chavales», remachó.

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