Tribuna abierta
Currículum escolar para fieles e infieles
Deia, , 07-07-2016TODOS los sistemas escolares sirven a los intereses de la comunidad que los crea. Las teocracias forman sacerdotes y personal auxiliar para los templos. Las sociedades guerreras crían combatientes y caudillos. Una sociedad industrial intenta producir en masa ingenieros, contables y trabajadores disciplinados y conformistas. Obsérvese que hablo en tiempo presente. Por una buena razón: muchos de estos modelos de sociedad no son ejemplos sacados de la historia. Todos existen en la actualidad. Y no están tan lejos como pensamos.
Una sociedad como la nuestra, tecnológicamente avanzada, progresista, igualitaria y provista de las instituciones del estado de derecho social, debería producir un tipo de persona cuyo talante se exprese en dos virtudes principales: por un lado, ha de tener un elevado nivel de conocimientos y un grado de motivación que la haga capaz de participar en un proceso de aprendizaje continuo que durará toda la vida; por otro, habrá de ser tolerante, empática, respetuosa con la ley y los derechos del prójimo y nada amiga de seguidismos radicales ni caudillajes totalitarios.
Nos gusta pensar que lo hemos conseguido. Finalmente, la tecnocracia de nuestro sistema educativo ha logrado componer un mix de instituciones, recursos de personal, instalaciones y currículos que, por su propia eficacia o su label de calidad vasco, reproduce el sistema a la perfección. ¿Es realmente así? ¿Está justificado nuestro optimismo? ¿No estaremos a bordo de un Titanic que, en mitad de la noche, y con la banda de a bordo tocando despreocupadamente, se precipita hacia un campo de hielos flotantes?
Supongamos que pese a la provisión de recursos y una excelencia organizativa – que muchas veces, lo mismo que el valor del soldado, se da por supuesta sin más – , después se falla en lo principal: no existe una voluntad inquebrantable y apoyada por un amplio sector de la sociedad para que este sistema sea utilizado en la consecución de sus objetivos. Nos doblegamos a la ley del mínimo esfuerzo. Estamos a favor del café para todos, tememos que nos tilden de xenófobos, autoritarios o carcas y, en aras de un armisticio social precario, pensamos que es buena idea hacer excepciones: un hiyab por aquí, piscina separada para niños y niñas por allá, carnés de conducir para alumnos desescolarizados antes de tiempo…
Tal vez no pase nada. Al fin y al cabo, nuestro modelo de sociedad posee una alta resiliencia y ha sido capaz de aguantar sin problemas – salvo, claro está, para los infelices profes que lo viven en primera línea de fuego – el embate de algunas de las tendencias más destructivas de la época: rebeldía juvenil, droga, violencia en las aulas. Pero también puede que la cosa vaya a más y en cuestión de pocos años nuestra sociedad se vea fragmentada en guetos donde personajillos radicalizados y líderes de masas que jamás han aprendido a distinguir entre poder y autoridad campen por sus respetos. Esto no solo perjudicaría nuestros índices de bienestar social, también haría más difícil el trabajo de los gobernantes. Entiéndase gobernantes democráticos porque los autoritarios no suelen tener problema a la hora de resolver este tipo de situaciones.
Todo esto que contamos parece muy abstracto hasta que nos asomamos a los medios y nos encontramos con que el auge migratorio, demográfico y cultural del Islam está haciendo que en estos momentos Europa se vea obligada a hacer frente a uno de los procesos de integración más formidables de su historia. A este reto es perentorio darle respuesta por dos razones: en primer lugar, para hacer posible que el estado de Derecho Social heredado de la Ilustración siga existiendo en la forma en que hoy lo conocemos. Y, segundo, porque la inmensa mayoría de los musulmanes afincados entre nosotros aspiran a ser asimilados de una forma pacífica, culturalmente constructiva y respetuosa con las sociedades de acogida.
De modo que la clase política y las administraciones públicas tienen trabajo. Es de sobra conocido el conflicto que en la actualidad se está produciendo en el Estado Español con la presencia de diferentes plataformas islámicas que pugnan no solo por sus agendas políticas respectivas, sino también por sus propios modelos de curriculum escolar. Y aunque desde fuera parecen iguales, todas ellas, como los judíos de La vida de Brian, intrigan unas contra otras y se llevan a matar.
Está, por ejemplo, la Ucide, presidida por Riay Tatari, quien según parece pronto será el interlocutor de todas las comunidades islámicas españolas con las administraciones públicas del Estado y las Comunidades Autónomas, dentro de un planteamiento integrador y respetuoso con la realidad pluralista y constitucional de la Unión Europea. Junto a ella, la Feeri, de tendencias radicales, que aspira a establecer su propio currículum escolar sin interferencias civiles ni laicas de ningún tipo. Por si fuera poco, en los últimos tiempos están llegando a la península clérigos islámicos financiados por determinados países productores de petróleo del Golfo Pérsico con el propósito de conseguir su cuota de influencia en las mezquitas españolas.
No hace falta decir en qué afecta a Euskadi todo esto, del mismo modo que tampoco es necesario insistir en lo importante que el futuro currículum escolar vasco va a ser para este proceso. El tiempo es propicio, y también crítico. En una época de recortes estructurales en el gasto público, en la que los valores colectivos y sociales ceden el paso a un individualismo feroz, y en la que los modelos escolares se publicitan como si fuesen productos de consultoría – colegios británicos, cheque escolar, escuelas Montesori, y ahora también madrasas islámicas – , el sistema educativo debe ofrecer no solo una alternativa sólida y viable de excelencia educativa, sino algo que vuelva a marcar la pauta en cuestión de liderazgo académico.
El liderazgo implica coherencia y firmeza. Y es aquí donde se cierra el círculo. Si no queremos que la sociedad esté gobernada por sacerdotes, soldados o capitalistas manchesterianos inspirados en el ejemplo asiático, entonces no hay alternativa: debe tomar la rueda del timón uno de los nuestros. Tengámoslo en cuenta (también a la hora de hacer efectiva nuestra intención de voto). Y tampoco es que nos vayamos a pasar la vida hablando del tema, porque la cosa está clara. Sigamos el consejo de Charles De Gaulle, cuando decía en un aparte a los miembros de su gabinete: “No hace falta hablar de ciertas cosas, pero sí conviene pensar siempre en ellas”.
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