Tribuna abierta
Europa, ¿tierra de asilo?
Deia, , 06-07-2016LOS movimientos masivos de personas a través de sus fronteras exteriores están haciendo tambalearse a la Unión Europea, no solamente en cuanto al funcionamiento de su sistema común de asilo sino también en cuanto a la vigencia de sus principios fundacionales. La llamada “crisis de los refugiados”, en plena efervescencia, ha puesto al desnudo, de manera brutal, una inesperada y decepcionante carencia de apego hacia los pilares que sustentan el proyecto de integración europea.
Cuando hoy se mira en el espejo, Europa no ve reflejada la utopía de paz, justicia y solidaridad ideada por aquellos líderes visionarios que, tras sucesivos conflictos bélicos, pusieron en marcha el proceso hacia la unión de sus pueblos y naciones. No ve reflejados los principios y valores de la Ilustración que grandes hombres como De Gasperi, Schumann, Monnet, Adenauer consideraron esenciales para que el proyecto de integración pudiera progresar por raíles compartidos y seguros. Ve, en cambio, la reaparición de inaceptables egoísmos estatales, abandono de esos ideales, desprecio por los grandes logros conseguidos, tales como la Carta de los Derechos Fundamentales o el espacio común de seguridad y libertad. Ve el olvido, cuando no desprecio, del valor solidaridad, inherente al proyecto común europeo e íntimamente vinculado a la defensa de la dignidad humana proclamada en el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
La falta de respuestas adecuadas a la crisis humanitaria es profundamente decepcionante para todos los europeístas y hace dudar de la capacidad de nuestras instituciones supranacionales para hacer frente a este enorme desafío sin renunciar a los principios y valores que sustentan el proyecto de construcción europea que alimenta la esperanza para las generaciones futuras.
El reconocimiento explícito en los tratados fundacionales de la UE del derecho al asilo, en los términos del Convenio de Ginebra de 1951 y del Protocolo de Nueva York de 1967, está siendo sometido a fuertes restricciones en muchos países europeos, en contradicción con el reconocimiento internacional de este derecho fundamental y de la consiguiente obligación de otorgarle una protección plena.
La propia Comisión Europea ha señalado reiteradamente que los progresos en materia de reubicación y reasentamiento de refugiados distan mucho de ser satisfactorios y reprocha a la mayoría de los Estados miembros, en particular a España, su pobre compromiso en las tareas de acogida. El balance en el conjunto de la Unión es patético: 1.145 personas en abril de 2016 de las 160.000 previstas inicialmente, esto es el 0,7% o, lo que es igual, algo puramente anecdótico.
Los niños son las víctimas más vulnerables de estos éxodos masivos. Unicef alerta de que más de 10.000 niños refugiados y migrantes no acompañados han desaparecido dentro de nuestras fronteras sin dejar rastro y la cifra podría aumentar.
La llamada crisis de los refugiados no es únicamente una crisis de naturaleza humanitaria. Más allá del ineludible cumplimiento de las normas internacionales, hay que recordar la plena vigencia de los derechos elementales a la vida, la integridad y la dignidad de todas las personas, que los Estados miembros y las Instituciones Europeas están obligados a respetar.
Europa no puede continuar asistiendo impasible al espectáculo macabro de muerte y desesperación en que se ha convertido el Mediterráneo y debe realizar un ejercicio solidario de asistencia y acogida de estas personas. Resulta de justicia destacar la encomiable respuesta de los pueblos griego e italiano, y de voluntarios de toda Europa, ante la oleada de refugiados que llega a las costas de nuestro continente.
Es necesario realizar un ejercicio de humanidad, hacer todo lo posible para que el sistema europeo de asilo, a pesar de sus imperfecciones, se aplique realmente. Los Estados miembros deben cesar en sus intentos por eludir sus obligaciones de solidaridad. No es admisible la suspensión temporal de los acuerdos de Schengen y el levantamiento de muros y vallas que cuestionan la idea misma de Europa.
Resulta reconfortante y esperanzador el nervio democrático mostrado por la sociedad civil europea, y notablemente la vasca, a la hora de defender con firmeza la necesaria generosidad hacia quienes llaman, desesperados, a nuestra puerta.
Una buena dosis de pedagogía social ayudaría, además, a disipar prejuicios y estereotipos contra las personas refugiadas cuando son ellas las primeras víctimas del fanatismo y la intolerancia.
El Ararteko lanzó recientemente ante la Red Europea de Ombudsman este grito de alarma, un llamamiento a lo mejor que Europa puede ofrecer. A que esta crisis que sacude los cimientos de la integración europea sea aprovechada como una oportunidad de salir por arriba: hacia más Europa y no hacia menos Europa. Es evidente que los Estados individuales son incapaces de dar solución a fenómenos globales como los movimientos masivos de personas a través de las fronteras. Solo a través de una intensificación de la solidaridad europea podrán darse respuestas convincentes a esta crisis.
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