El sacacorchos
Lavarse o frotarse las manos
Deia, , 29-06-2016UNOS se lavan las manos mientras otros se las frotan. ¿Con qué? Con las manos ensangrentadas – no siempre con sangre metafórica… – de los refugiados, que se dejan media vida en ese viaje tremendo de ciudad Infierno a tierra Esperanza. La vieja Europa, tan bella como cruel, contempla la travesía con asombro a las 3.00, la hora de los noticieros. Ven cómo la desesperación, a orillas de la locura suicida, empuja a esos hombre y mujeres a huir de las guerras hacia un futuro incierto y exclaman – ”oh, my God!”, “¡Mon Dieu!”, “¡Ay, Dios mío!”, “Oh, mein Gott!” – mientras la inmensa mayoría de sus gobernantes hacen oídos sordos a los lamentos. Es un error acogerles, es el mensaje que se escucha. En verdad es un horror.
Lavarse las manos, digo. Los gobiernos lo hacen porque no acaban de quitar el espino del alambre de sus fronteras para que pasen los desterrados hijos de Eva sin otras heridas que las que traen y los ciudadanos porque amortiguan sus conciencias con los soniquetes del “llegan a cuentagotas”, “qué puedo hacer yo” o el “también aquí hay gente necesitada”. Cualquiera de esas tres excusas es verdad. Como también lo es que dan cuartel a los gobiernos que apartan la vista horrorizados. Apartan la vista y así no ven.
Frotarse las manos, digo. Los viejos colonos esquilmaron no sé cuantas tierras y sus descendientes callan, luego otorgan. Un reciente informe de Interpol y Europol alerta de sobornos, blanqueo, explotación y redes criminales organizadas en las rutas de entrada a Europa. Sospechan, porque no hay facturas, que los traficantes ingresan más de 4.000 millones con el tráfico de personas a Europa. ¿Quiénes son los más malos entre los malos? Europa asegura que las mafias proceden de los mismos países que se baten en retirada ante los avances de la guerra. Tal vez, pero gozan de permisos de residencia en el Viejo Continente y pasaportes en regla. Y los sobornos a orillas del Mediterráneo tampoco conocen patria.
Las estimaciones, que a menudo se tiran a la baja para no escandalizar más aún, calculan que hay 800.000 sirios a la espera de sacarse el billete más caro de su vida. Como si no fuera un viaje de alta tensión el embarcarse en una patera o cruzar las alambradas, los huidos se convierten en refugiados, muchas veces clandestinos, que han de pagar su deuda con la explotación sexual o el trabajo forzado. Todo lo que hagamos será poco.
(Puede haber caducado)