Behatokia
‘Esa’ mirada
Deia, , 20-06-2016LA mirada de Nelson es negra y blanca, sin matices, casi animalizada y difícil de ofrecerme empatía. Deambula por el centro de acogida y parece que añora poder coger un AK47 para sentir que tiene una misión en este mundo. Un buen día se escapó del Ejército de Liberación ugandés y ahora es perseguido por sus antiguos captores y, además, rechazado por su comunidad. No tiene más compañía que la esperanza de encontrar a su familia y, si eso ocurre, que le acepten nuevamente.
Soraya tiene tres hijos y viven en el valle del Cauca. Su esposo se fue y nunca más volvió. No puede más con tanta tensión. Por las mañanas, sus hijos ya no van a la escuela. Con la amenaza permanente del reclutamiento y las mafias de la droga, prefiere tenerlos en casa a un radio al que llegue su mirada, por si tuviera que defenderlos con el machete con el que cultiva. Mientras lo hace, rumia escapar a otro lugar; cualquier día los coge sin avisar y se marcha al sur, a la frontera con Ecuador, o tal vez suba hasta Costa Rica, allá están muchos de los suyos. Cualquier día, me dice.
Mina nos ha contado su historia este mismo mes de junio. Cuando la violencia se intensificó en Irak, el miedo vino de su mano. Cada día, cuando su padre salía a trabajar, ella, su madre y sus hermanos se preguntaban si volvería por la tarde. Pertenecía a una minoría religiosa en el momento de la historia equivocado, alimentado por el fanatismo más brutal que les perseguía despiertos y en pesadillas. Su vida se fue desmoronando poco a poco hasta que un día decidieron dejarlo todo y huir. Entraron en Europa a través de España, aunque querían ir a Holanda, donde conocían gente que tal vez les podía ayudar. Continuaron su ruta ignorantes de que en Europa existe el Reglamento de Dublín y de que, desde Holanda, iban a ser devueltos a España como si de maletas se tratara.
¿Qué tienen en común estas tres personas? Por encima de todo, su condición de seres humanos. Lo que parece obvio y evidente pero que en la actualidad muchos parecen ignorar. Lo que trae aparejado un elenco de derechos humanos. Universales. Inalienables. Que les pertenecen y acompañan allá donde van.
Pero, además, comparten una condición por el solo hecho de que en su huida tuvieron la suerte de cruzar una frontera. Son refugiados. Y eso les hace acreedores de una protección reforzada desde que, después de la Segunda Guerra Mundial, la comunidad internacional decidiera que era imprescindible que las víctimas de graves violaciones de derechos humanos y persecución pudiesen refugiarse en otros países. El cumplimiento de los Convenios de Ginebra ha conseguido no solo que sigan vivos, sino que vivan como seres humanos, conservando la dignidad humana más básica.
Por tanto, a los refugiados les protegemos para que continúen con vida y para que lo hagan dignamente. Les garantizamos el acceso a los derechos esenciales, como la salud o la educación, y les ofrecemos estabilidad y un proyecto vital. Les acogemos e integramos porque les recibimos en nuestras comunidades y les hacemos parte de las mismas, con idénticos derechos de los que gozamos cada uno de nosotros, además del amparo y protección que necesitan para poder recuperarse de todo lo que han vivido. Sin embargo, que puedan llegar a un país de acogida es cuestión de suerte, de posibilidades y de ser capaces de sortear una tremenda carrera de obstáculos. Acceder a esa protección especial depende en gran medida de que puedan llegar o no a un lugar seguro para pedirla, aún cuando son escasas las vías seguras para hacerlo.
Pensemos en una niña. Imaginemos por un momento que su madre y su padre le miran a los ojos, le dicen que coja algo, rápido, demasiado rápido, y solo una cosa, la que más le importe, porque hay que salir corriendo, huyendo, acarreando espanto para tal vez no regresar aunque es lo que más desearía, incluso antes de comenzar el viaje. Esa niña que se fía de sus padres y vence el miedo, coge su último peluche, su caja de canicas, la foto de su clase, el jersey favorito y comienza su camino. Caminan juntos, tienen frío y hambre, mucho miedo, el miedo ya es parte del grupo. No pueden más, la niña no entiende bien lo que ocurre y quiere llorar, pero sabe que no debe preocupar a los mayores. La abuela está muy mal y si llora mamá, se romperá. Pero ahora el padre está hablando con un señor y vuelve consternado. Va a gastar sus últimos billetes para subir a ese barco. No le gustan los barcos y menos en la noche. Hace frío y viento y no conoce a las personas que se apretujan a su lado. Ha vomitado por las olas y cuando llega una muy fuerte pierde el control de sus nervios y grita con toda el alma. No sabe cuánto durará aquello, hasta que al fondo, con luces desde una orilla, llega la ayuda que se deja ver a través de señales. Les dan la mano y se agarra fuerte. No se había dado cuenta pero la abuela ya no está. Decidió quedarse en tierra en el último momento. No ha podido despedirse pero es que nadie se lo contó para protegerle del dolor. Ahora sí, ahora, al llegar a una tienda de campaña aterida y sin ropa seca, ya no puede más, se echa en brazos de su madre y llora. Llora mucho. Un señor le hace preguntas y fotos y escribe en papeles y otro se lo dice en árabe para que entienda. Solo quiere dormir, dormir para siempre tal vez. Y el viaje no ha acabado, aún queda cruzar fronteras, llegar, y llegar. ¿A dónde?
En Unicef hemos escuchado muchas historias similares a ésta. Solo en 2015, unos 400.000 niños pidieron asilo en Europa. Alrededor de 95.000 habían llegado solos. Este año, el número de niños solos que sigue llegando a las costas italianas no ha dejado de crecer. Más de 7.000 en lo que va de año. El verano traerá consigo historias tremendas que vulneran los derechos humanos, nuestra ética como pueblos y nuestra moral como personas.
Y hablamos de historias terribles, pero éstas son las más afortunadas, porque la mayoría se quedan en sus lugares de origen, viviendo entre las ruinas de lo que fue su casa, su colegio, su país… O bien consiguen llegar a un Estado vecino que apenas tiene la posibilidad de ofrecer un refugio y comida. En la actualidad, la guerra de Siria ha provocado casi cinco millones de refugiados en la región. Más de la mitad tiene menos de 18 años. Hay alrededor de 2.800.000 refugiados en Turquía, más de un millón en Líbano, 650.000 en Jordania y 246.000 en Irak, además de los tres millones y medio de desplazados internos por la misma guerra. Y solo estamos hablando de esta guerra entre las muchas que asolan nuestro planeta. Hay muchos otros conflictos activos: Sudán del Sur, República Democrática del Congo, Yemen, Afganistán… La lista es larga y sangra.
No es difícil entender lo que han vivido y lo que traen consigo los niños refugiados que llegan a nuestras fronteras. Sus dificultades no acaban con su llegada. Aquí comienzan otras: deben rehacer su vida en un país que no conocen, donde no entienden el idioma y siguen encontrando barreras burocráticas que impiden el total ejercicio de sus derechos y el desarrollo de su proyecto vital. Muchos son víctimas de la discriminación y el racismo.
Desde Unicef trabajamos cada día para que estos niños, desde su país de origen hasta su llegada al interior de nuestras fronteras, disfruten de sus derechos y tengan la protección que necesitan. Nos esforzamos también por conseguir que los dispositivos de acogida tengan los recursos adecuados para atender a los niños y niñas y que estén orientados a conseguir su integración social.
Trabajamos para que las historias de miles de niños que se enfrentan a estas peligrosas travesías acaben como la de Mina, que partió de Irak pero ya vive entre nosotros. Ahora está integrada en España junto a su familia, esforzándose para iniciar una nueva vida. En todos los pasos de su camino hacia Europa estamos presentes para velar por sus derechos y, más concretamente, para conseguir su total acogida cuando llegan a nuestro país. No descansaremos hasta lograrlo.
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