Gravesend, puerto final de la tradición migrante
Concluye el trayecto por la Inglaterra del 'Brexit': la voz de los inmigrantes en torno a la tumba de Pocahontas
Diario Sur, , 20-06-2016La autopista de circunvalación de Londres se eleva sobre el Támesis en el puente Reina Isabel II para llegar a la ribera sur y emprender hacia el este el tramo hasta Gravesend. Ciento treinta mil vehículos cruzan diariamente este puente y el túnel perforado por debajo del gran río. Comunican las llanuras de Essex y Kent, separadas aquí por el ancho estuario.
Invasores romanos, reyes que regresaban para reclamar el trono o el vasto comercio del Imperio han surcado estas aguas, que ahora tienen en la ribera norte el moderno puerto industrial, en Tilbury. Grandes buques cargueros son cotidianamente pilotados por prácticos de la Autoridad del Puerto de Londres, con sede en Gravesend, para el amarre de popa en los diques de la otra ribera.
Calles que descienden hacia el ferry, que tuvo el monopolio del transporte de pasajeros a los muelles de la capital. Pequeños comercios, edificios con solera. La cornisa combina la belleza del estuario y estructuras metálicas corroídas. Paseo truncado por casas pegadas a los diques, construidas sin previsión. Más al este se despeja. En un parque sin aroma de salitre, mujeres polacas con sus coches de niño hablan en alta voz.
El regreso por la trama urbana confirma un típico paisaje británico. Llagas de bombas de la Luftwaffe reparadas con urgencia y desorden, lo bello y lo feo yuxtapuestos sin pauta, la uniformidad de centros comerciales por la presencia de las mismas cadenas. También ocurre en el entorno de la iglesia de San Jorge, donde Pocahontas fue enterrada en 1617.
La india mattaponi murió aquí, con 23 años, tras encontrarse mal en el barco que la llevaba de regreso a la tierra de los powhatan, en el ahora estado de Virginia. Había pasado nueve meses en Inglaterra como lady Rebecca, con su marido, John Rolfe, y su hijo, Thomas. Había estado en presencia de los reyes, fue festejada por el obispo de Londres, encantado con aquel espécimen evangelizado.
En la estatua levantada en el jardín de la iglesia es una chica esbelta, atildada pero con el encanto de lo salvaje. En retratos que le hicieron durante su estancia parece mayor, algo gruesa, con ceño de matrona severa. La historia de su vida ha sido escrita con similar escisión entre versiones antagónicas. En el centro de sus biografías está John Smith, en cuyo lugar de nacimiento, en Lincolnshire, comenzó este recorrido por la Inglaterra del ‘Brexit’. Inglaterra, porque es de las cuatro naciones británicas donde el sentimiento en favor de la marcha de la UE es más intenso.
Distintas versiones
Un reciente ‘best seller’ internacional, ‘Por qué fracasan los países’, de Daron Acemoglu y James Robinson, presenta la evolución de la colonia de Jamestown como el ejemplo primero de la creación de regímenes económicos prósperos por basarse en la autonomía de los incentivos. La contraponen con los creados por ‘élites extractivas’ del Imperio Español tras su conquista de México o Perú.
John Smith es, en ese relato, el héroe de la subsistencia en los dos primeros años de la colonia. En el que el propio Smith creó sobre sí mismo con la publicación de sus diarios, prima la aventura y el relato inverosímil de que la niña Pocahontas intercedió ante su padre, el jefe tribal Wahunsenaca, cuando iba a matarlo. Aquel romance no consumado por su diferencia de edad habría tenido colofón glorioso al convertirse ella al cristianismo y contraer matrimonio con el plantador de tabaco Rolfe.
‘La verdadera historia de Pocahontas’ de Linwood ‘Pequeño Oso’ Custalow y Angela ‘Estrella Plateada’ Daniel, basado en la tradición oral sagrada de la nación powahatan, es también increíble. Aunque es verosímil, como escriben, que Smith no se enterase de nada en sus tratos con los indígenas y que los colonos prosperaron tras aprender técnicas de cultivo ya practicadas por los ‘indios’.
Apropiando toda virtud para los suyos, su civilización powahatan de principios del XVII parece un ideal del XXI. Es también el reverso de la leyenda de integración. Pocahontas habría sido secuestrada y violada, utilizada después por Rolfe para favorecer su imagen ante capitalistas de la corte y asesinada cuando descubrió, en Londres, que sus huéspedes planeaban saquear a su gente.
Por las calles de Gravesend en busca de indios de hoy, de inmigrantes en la Inglaterra del ‘Brexit’, para saber si se sienten traicionados o integrados, el primer hallazgo es Anastasia Boleiko, letona, de 30 años. «Yo entiendo a los ingleses. Están enfadados. Les oigo hablar en la cafetería. He vivido aquí diez años y ha cambiado drásticamente. La UE tendría que hacer algo. Viene gente de Eslovaquia, Bulgaria o Rumanía con cinco o seis hijos y no pueden trabajar. Las madres tienen que cuidar a los hijos. Algunos recogen fresas, pero muchos no están educados. Hay agencias en sus países que les dicen qué tienen que hacer para conseguir casa y subsidios. Lo veo en la escuela de mi hijo. Son muy gritones, también en la calle. Por la pobreza, por la falta de educación . Yo votaría por marcharse de la UE si fuese inglesa».
Llegó aquí. Se casó con su novio pakistaní. Se separaron. Trabaja con contratos de cero horas, que no le garantizan el trabajo. Dicta sus cuentas. Dos mil quinientos euros para vivir, sin ahorros ni vacaciones. Cobra 9.40 euros por hora y paga a la cuidadora de su hijo 7.60 euros. Por el alquiler de un piso con dos dormitorios, 987 euros al mes. Necesita los complementos de la Seguridad Social para las rentas bajas. «Yo he trabajado siempre y, si logro ahorrar algo, tengo que pagar más impuestos y quedo igual o peor. Pero no voy a volver a Letonia. ¿Sabes qué nos ocurrirá si gana marcharse? No creo que a mí me expulsen».
No hay indios más integrados en Gravesend que los sij. Llegaron en los años cincuenta. Y desde la década siguiente han sufrido el desprecio de los británicos más conservadores. Aun así, según el censo de 2011, son el 7,6% de la población.
La joven que atiende el mostrador de un restaurante vegetariano invita a esperar a la gerente. Llega un terremoto. Hospitalaria, locuaz, simpática. «Sí, claro. Sé que es pronto. ¿Cuándo es? No he seguido las noticias. Espera. Mi hijo te puede ayudar. Estudia ‘business management’ y el otro día me dijo, madre, hay que votar por la UE. Dame tu teléfono. Te llamará hoy. ¿Hoy, no? Te llamará el fin de semana. Querías comprar unos pasteles, ¿no? Te hago una selección».
Quizás hubiese sido más sensato llevar a casa menos pasteles de colores verde o rosa estridente, pero no había quién pudiera detenerla. El hijo erudito de la hiperactiva sij nunca llamó.
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