Editorial
El EI, paraguas para la locura
La masacre de Orlando y el acuchillamiento mortal de un policía y su esposa en las afueras de París el lunes por la noche confirman una tendencia macabra en todo el mundo...
La Vanguardia, , 15-06-2016LA masacre de Orlando y el acuchillamiento mortal de un policía y su esposa en las afueras de París el lunes por la noche confirman una tendencia macabra en todo el mundo: la proliferación de individuos desequilibrados que asesinan por su cuenta y reportan al Estado Islámico una fuerza que no tiene mientras ellos se dotan de una justificación elevada a lo que se daba en llamar “ataques de locura”.
Los dos asesinos habían declarado obediencia al Estado Islámico tan sólo horas y días antes de cometer sus salvajadas. Basta con hacer un acto de fe y jurar –sin necesidad siquiera de testigos– para actuar en nombre de la yihad y elevar a la categoría de atentado un acto que, a menudo, emana de complejos y fanatismos muy personales.
Como sucedió el domingo horas después de la matanza de Orlando, el Estado Islámico se apresura siempre a hacer suyas las acciones, sin que sus reivindicaciones contengan más detalles que los que manejamos los medios de comunicación. Se trata de una franquicia del terror, que capta adeptos entre personas desequilibradas a las que da un paraguas abierto de supuesta respetabilidad y ciertas promesas de retribuciones celestiales. Hay que reconocer al Estado Islámico su habilidad en el manejo de las nuevas tecnologías: sus documentos, vídeos y órganos de difusión proyectan una imagen dinámica, atractiva y moderna, decisiva a la hora de que personas con problemas mentales terminen matando a conciudadanos en nombre de una organización terrorista.
Para el Estado Islámico, las acciones de personas anónimas que actúan por su cuenta son una bendición. Su sueño de un califato pierde fuerza y territorio en los campos de batalla de Siria e Iraq. Que no cunda la desmoralización: los ataques de locura son rentabilizados para hacer creer a la opinión pública y a los suyos que tienen capacidad de contraatacar en todo el mundo. No es del todo falso, pero sí tramposo, de ahí la importancia de acabar con el califato y el mito del Estado Islámico, una derrota que podría moderar los impulsos suicidas de jóvenes como el estadounidense Omar Mateen, de 29 años, o el francés Larossi Abballa, de 25.
Al igual que sucedió con Al Qaeda, su casa madre, después del 11-S, el Estado Islámico vive horas de gloria y apogeo. Sus siglas intimidan. Sin apelar a medidas que atentan contra los derechos humanos, la tendencia aconseja que los servicios de seguridad de todo el mundo aumenten la vigilancia en las redes y los recursos dedicados al control de yihadistas para evitar que pasen de las palabras y las selfies a disparar AR-15, el arma empleada en Orlando.
Sin incurrir tampoco en fórmulas contrarias a la libertad de expresión, los medios de comunicación tienen ante sí un reto: tratar de afinar y ser precisos con el lenguaje a fin de que lo que son acciones individuales no adquieran la percepción de atentados planificados mediante infraestructuras potentes y con ramificaciones por todo el mundo. Por ahora, no importa mucho –lo que cuenta son las víctimas–, pero una mayor precisión informativa puede reducir, sin faltar a la realidad, la tentación para muchos dementes de que sus crímenes revistan categoría de atentados, lo que reporta una mayor visibilidad y aumenta el riesgo del efecto llamada. El mundo no se había enfrentado a un fenómeno como este, complejo y a la vez antiguo: la locura individual nutrida por ideologías pseudoreligiosas.
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