Un mar de miedos

El Periodico, , 09-06-2016

La primera vez que S. T. M., nacido en Nigeria, vio el mar tenía 16 años. La inmensidad del Mediterráneo solo fue comparable con la del miedo que le atenazaba. “No quería entrar en el agua. No me gustó el mar”, reconoce. Pero sabía que no le quedaba otro remedio. Era de noche. O se subía a la patera o se quedaba en tierra. Las mafias no se andan con chiquitas. Había pagado 900 euros.

Tras este infeliz inicio y tumbo tras tumbo, su presente se ha dulcificado a los 22 años en Barcelona, adonde llegó porque le gusta el Barça. Ha encontrado trabajo, tiene un techo y espera encontrar a una mujer para toda la vida, dice. Hace seis años que salió de su país y este domingo regresará para darle una sorpresa a su madre y regalarle un móvil para poder hablar con ella cada vez que quiera. En Barcelona ha comprobado cómo la injusticia que cometieron con él ha sido castigada.

Acaba de ganar un juicio, con indemnización incluida, a la Direcció General d Atenció a la Infància i lAdolescència (DGAIA), dependiente de la Conselleria d’Afers Socials. “Me echó de un centro tutelado siendo menor de edad”, aclara. Pese a que su documentación acreditaba que no tenía 18 años, le hicieron una radiografía de la muñeca, que volvió a revelar que era menor. No se quedaron satisfechos y entonces le analizaron la dentadura. Y esta última prueba acreditó que era mayor. “Eso sirvió para que me echaran del centro de menores donde vivía”, recuerda.

La vida de S. T. M sirve de espejo para los chavales que están estancados entre un pasado de miseria en su país y un futuro incierto en la insolidaria Europa. Menores que como él saltan vallas y cruzan fronteras. S. T. M. atravesó dos países hasta que llegó a Marruecos. Al fin casi tocaba España con los dedos de la mano. La ilusión que tenía le hizo creer que allí le iba a esperar un barco grande, pero la realidad convirtió su ilusión en una lancha neumática, desde donde el mar era desafiante y más para un chaval que no sabía nadar. “Había agua por todos los lados. Las olas golpeaban la embarcación y zozobraba. El olor del mar era tan intenso que empecé a vomitar. Era muy fuerte y yo no estaba acostumbrado porque no lo había olido nunca. Solo me acordaba de la película ‘Titanic’. Pensaba que no iba a vivir más”, recuerda el joven.

En la lancha le aguardaban 36 personas. Solo tres eran mujeres y una llevaba a su bebé. “Nadie hablaba, íbamos en silencio. Teníamos mucho miedo”, afirma. Estuvieron 14 horas a merced del mar hasta que los rescató un barco que los trasladó a Almería. “Algunos no podían ni andar porque llevábamos dos días sin comer ni beber”, explica emocionado S. T. M. “No quería que me separaran de mis compañeros de la patera porque no conocía a nadie en España, ni me entendía con nadie, pero no me hicieron caso porque era menor”, apunta.

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