La paradoja Trump
Diario de Noticias, , 06-06-2016A finales de los años 50, pensar que un candidato del Partido Demócrata pudiese alcanzar la presidencia de los EEUU gracias al voto negro era poco menos que una simpática locura. El Partido Demócrata era, sobre todo, el de los blancos sureños, en contraposición con el Republicano, más fuerte en el norte, y aunque sólo fuera por eso, el más popular entre una población negra aún mayoritariamente marginada.
Así pues, y pese a que el entramado segregacionista ya había empezado a demolerse, muy, muy lentamente con el presidente demócrata Harry S. Truman, cuando los electores norteamericanos fueron llamados a las urnas en 1960, lo lógico era pensar que el candidato republicano, Richard Nixon, barrería al demócrata J.F. Kennedy. Más cuando Kennedy, por muy católico que fuese otra minoría a fin de cuentas era lo que podríamos llamar un hijo de papá un papá, por cierto, que había sido bastante afable con los nazis mientras que Nixon venía de una familia humilde y se había labrado su futuro el solito.
Pero Kennedy supo ver la oportunidad cuando surgió, poniéndose del lado del hombre adecuado en el momento adecuado: apoyó con más vehemencia que Nixon poca, en todo caso a Martin Luther King tras un arresto por haber ido a un restaurante segregacionista, y el voto negro se puso en masa de su parte, olvidando incluso que Nixon había apoyado sus derechos civiles como legislador. Kennedy acabó ganando por poco y ese poco fue el voto de muchos negros americanos. Un voto que ha seguido siendo fiel a los demócratas hasta hoy.
Donald Trump, al que los medios de comunicación aborrecen y adoran a partes iguales, o para ser más exactos, aborrecen pero no paran de darle horas de audiencias millonarias, está tratando de lograr un vuelco tanto o más espectacular que el que provocó en su día ese otro mago de los medios que fue Kennedy: arrebatar a los demócratas el voto de las clases medias bajas trabajadoras y llevárselo a un partido, el republicano, relacionado precisamente tras la perdida del apoyo del voto negro en el Sur, con las clases más altas del país.
Y es que, más allá de sus soflamas racistas y de sus amenazas de construir muros y cerrar fronteras, Trump está haciendo sobre todo campaña por devolver a los obreros americanos las empresas americanas que han ido deslocalizándose en las últimas décadas, acabar con los tratados de libre comercio, TTIP incluido, y, como dice su lema: Hacer a América grande de nuevo, es decir, cerrada en sí misma, aislada, feliz, alejada del Viejo Mundo que les escupió de sus tierras décadas atrás. El verdadero sueño de muchos americanos.
Y lo curioso es que siendo él un hombre rico, está logrando hacer calar el mensaje de que precisamente por serlo no se dejará engatusar por los hombres ricos de Washington. Es más, asegura, él logrará mejores contratos que ninguno de sus predecesores, y las clases bajas, como los trabajadores de una empresa de las de antes se beneficiarán de ese éxito sin temer que se marche con su producción a China o la India.
Esto puede parecer una locura, más si nos creemos a pies juntillas el mensaje de que es un chusco racista y poco más, pero el hecho de que sea Bernie Sanders y no Hilary Clinton el rival que más teme, parece un indicio de que Trump puede estar tocando la tecla correcta.
Ya veremos.
El autor es historiador
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