Vidas de chabola

Más de 1.200 personas subsisten en infraviviendas en Madrid L La mayoría son rumanos de etnia gitana L Intentan no dar problemas a los vecinos mientras esperan ayudas del Ayuntamiento

El Mundo, YAIZA IBARRA/ ANA CARO MADRID, 26-05-2016

Dorel tiene 51 años. Era minero en
Rumanía, pero ahora arrastra un
carro de la compra lleno de cartones
y papeles hacia su casa, en El
Rancho. Allí, los ordena y luego recicla.
Turquía también es rumana,
no llega a los 30 años y vive debajo
de un puente cerca de la Estación
de Chamartín. Se sienta durante
más de diez horas frente al Metro
para recabar apenas cinco euros.
Los habitantes de los jardines de
Moncloa guardan sus enseres en
las alcantarillas cada mañana antes
de desperdigarse por Madrid para
pedir limosna. Son 135 los asentamientos
ilegales contabilizados por
el Ayuntamiento, pero no todos son
iguales. En cada uno hay historias
diferentes.
Los cuatro principales asentamientos
se sitúan en Chamartín,
Moncloa-Aravaca, Fuencarral-El
Pardo y Moratalaz. El Samur Social
tiene identificadas a 1.226 personas
que duermen en tiendas de
campaña y en la vía pública, de las
que 777 son ciudadanos rumanos
de etnia gitana.
ePUENTE DE VENTAS. En los aledaños
de la Plaza de Toros de Las
Ventas, varias familias de nacionalidad
búlgara hacen su vida a la intemperie.
«Cuando llueve, dormimos
en el puente», afirman. Una
decena de carros de la compra,
multitud de garrafas de agua y sillas
plegables son las únicas evidencias
de que no están allí de paso.
La mayoría asegura no entender
castellano y solo uno habla con
fluidez y sin tapujos. Cuenta que
llevan seis años viviendo en la calle,
que no recurren a ningún albergue
porque no tienen dinero para
el transporte y tampoco conocen
ninguno en el barrio. Explica que
no vuelve en su país porque «en
Madrid las personas ayudan» y que
se ganan la vida recogiendo «chatarra,
basura, lo que sea».
Lejos de formar parte de uno de
los grandes clanes que habitan los
parques de capital, asegura con rechazo
que ellos no tienen relación
con sus vecinos, otro grupo de búlgaros
que vive diez metros más abajo.
«Ellos son de otra familia», zanja.
Es vehemente al manifestar que
se siente incómodo con la vida nómada,
«para mí es muy importante
estar limpio y así es muy difícil».
Confiesa que a él le hubiera gustado
ser agente de policía y que en
su país estudiaba para ello. Antes
de despedirse con un apretón de
manos y una sonrisa dice que nadie
«se acostumbra a vivir en la calle
». En el asentamiento se agrupan
unas 20 personas.
eFUENCARRAL. En un descampado
situado en mitad del polígono industrial
de Fuencarral vive desde
hace más de 10 años el clan de Los
Vargas. Esta familia gitana hace su
vida en chabolas construidas a la
sombra de una nave abandonada.
Son cerca de 20 personas que, aunque
no niegan querer un alquiler
social, dicen sentirse a gusto entre
los muros de las antiguas hormigoneras.
«No nos importaría integrarnos
en la sociedad pero aquí tampoco
estamos mal», aseguran. Dos
de las hermanas del clan se interrumpen
la una a la otra, satisfechas
de que se les pregunte por los
pormenores de su estilo de vida.
«Aquí ha venido la televisión un
montón de veces», explican orgullosas.
Las chabolas, compuestas
por corchos, maderas, lonas y neumáticos,
no son las únicas de la zona.
El asentamiento más cercano
está formado por ciudadanos de
Europa del Este y la relación con
ellos no va más allá de la tolerancia.
«Al fin y al cabo son personas»,
dicen, con un punto de resignación.
Los trabajadores del polígono
industrial no valoran de la misma
manera la presencia de asentamientos
ilegales en la zona, pues
aseguran que roban continuamente
la chapa de las naves y el cobre
de las farolas.
eEL RANCHO. Escondido en una hondonada
se encuentra el asentamiento
conocido como El Rancho, en Moratalaz.
Aquí viven varias familias rumanas,
búlgaras y también una
española. Se ubica en el cruce entre
la avenida Doctor Garcia Tapia y la
calle Arroyo de la media legua, y las
chabolas están numeradas de cuando
la Policía vino a marcarlas. «Queremos
vivir con dignidad», es lo primero
que dejan claro. Dorel lleva
seis años en España, tres viviendo
aquí. Era minero en Rumanía y vino
engañado. «Te dicen que España es
una cosa y luego te encuentras con
otra», se lamenta. Los vecinos tienen,
en general, buena relación con ellos,
y a veces les llevan comida o ropa.
La mayoría de los habitantes del
Rancho trabaja la chatarra o se dedica
a reciclar papel, como hace Dorel,
que asegura que aquí es feliz
porque es más libre que en su país.
María vive en la chabola número
dos, no tiene el dinero suficiente para
pagar un piso «y todo lo demás»,
afirma, pero está ilusionada con el
reciente trabajo que ha encontrado
su novio. «Ahora yo voy a la recogida
de la cereza en Plasencia, pero
espero encontrar algo en Madrid a
la vuelta», señala. Fríe la cena en un
fuego muy cerca de los pastos que,
de momento, están húmedos por las
últimas lluvias. Mientras habla,
aparta a varios gatos que husmean
cerca de la comida. «Son del vecino,
pero los cuidamos todos», explica.
eCHAMARTÍN. Más de seis años lleva
en pie este grupo de chabolas situadas
entre la Estación de Chamartín
y las Cuatro Torres. Así lo
aseguran los camareros de una cafetería
de la calle Agustín de Foxá.
«Aquí no les dejamos entrar, dan
mala imagen», se justifican. Sin
embargo, los vecinos manifiestan
que «no dan ningún problema, como
mucho intentan limpiarnos el
parabrisas del coche».
En este gran descampado hay
ocho tiendas de campaña colocadas
al cobijo de una tapia. Cruzando la
calle está Turquía, sentada en la
puerta de la estación de Metro como
cada día. Cuenta que es rumana y
que lleva viviendo en el barrio poco
más de un mes. «Estoy viviendo en
la calle porque una amiga de mi país
me engañó», explica. No tiene papeles
pero asegura no tener problemas
con la Policía. «Somos buenos», dice.
Ella y su marido no viven allí porque
prefieren dormir debajo de un puente
cercano, donde también duermen
otras cinco personas

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