Cárcel para las ladronas de ancianos
Condenadas dos mujeres rumanas por robar a una persona de 86 años en Donostia Las autoras abordaron a la víctima tras salir de una sucursal bancaria y le sustrajeron un sobre con 1.000 euros cuando una de ellas se acercó para darle un beso
Diario Vasco, , 09-05-2016María es una de tantas mujeres víctimas de uno de los engaños más habituales puesto en práctica estos últimos años: el del abrazo solidario, aunque en este caso debería denominarse el ‘beso solidario’. A María, dos mujeres de nacionalidad rumana se le acercaron en Donostia y le sustrajeron del bolso 1.000 euros que acababa de sacar del banco. Ahora, un juzgado de la capital guipuzcoana ha condenado a las ladronas a catorce meses de prisión cada una. También les sentencia a indemnizar a la víctima con la misma cantidad que le robaron.
Era la una de la tarde del 19 de febrero de 2013. María, de 86 años, acompañada de una sobrina suya, se dirigió a una entidad bancaria de Donostia, de donde extrajo 1.000 euros. No lo hizo en el cajero, sino en una ventanilla de la sucursal. La víctima introdujo los billetes en un sobre y este en el bolso antes de salir de nuevo a la calle. Tía y sobrina caminaron un rato y se sentaron en un banco en la Avenida Sancho El Sabio, en el barrio de Amara.
Cuidado con los felpudos
En aquel instante, las dos acusadas, «actuando de común acuerdo y con ánimo de lucro», según se indica en la sentencia, se acercaron a sus víctimas, a las que llevaban siguiendo desde que abandonaron la entidad de ahorro. De esta forma, una de ellas, valiéndose de una carpeta y fingiendo que trataban de obtener donativos y firmas para personas sordas, pidió a María que colaborase con la causa.
Las acusadas pusieron en práctica la modalidad conocida como el «abrazo solidario»
Las autoras del hecho cuentan con antecedentes por hechos similares en Valencia y Pontevedra
La víctima le hizo saber que no iba a firmar nada pero accedió a darle un donativo. Después de hacer entrega de una suma de dinero, la mujer introdujo la cartera otra vez en el bolso. Justo en aquel momento, cuando la señora mayor todavía mantenía el bolso abierto, una de las acusadas se aproximó a ella y mediante un beso simuló que le agradecía de manera afectuosa su colaboración. El acercamiento fue aprovechado por la acusada para extraer hábilmente del bolso de María el sobre que contenía los mil euros que media hora antes acaba de sacar de una oficina bancaria.
Mientras la ladrona se hacía con el dinero, la cómplice, según se detalla la sentencia, colocó la carpeta que llevaba delante de la sobrina para que no pudiera ver lo que su compañera hacía. Con el botín en su poder, las dos mujeres se marcharon de la zona de forma apresurada. Tía y sobrina se dieron cuenta de que les faltaba el dinero apenas un cuarto de hora después, al ir a pagar a una carnicería. Durante el juicio, la sobrina reconoció con absoluta rotundidad a las acusadas, más claramente a la que le puso la carpeta delante para impedir que viera lo que su cómplice hacía.
La mujeres poseen antecedentes delictivos. Una de ellas había sido condenada en Alzira, (Valencia) y Pontevedra y la otra cuenta también con un fallo condenatorio dictado asimismo por un juzgado pontevedrés. Ahora, ambas tienen una pena más, la dictada por el juzgado de lo Penal número 1 de Donostia que impone a cada una catorce meses de prisión como autoras de un delito de hurto.
Práctica habitual
Este tipo de prácticas delictivas han sido frecuentes en los últimos años en Gipuzkoa. Los autores forman grupos organizados e integrados principalmente por mujeres. Los varones, por lo general, suelen hacer labores de cobertura y permanecen en los coches que posteriormente utilizan para huir de la zona.
El modo de actuar es bien sencillo. Básicamente, intervienen dos o tres personas. Una de ellas se ubica en la entidad bancaria, en la zona de los cajeros o cercana a los mostradores, algunas veces sentadas en los bancos que suele haber. Su objetivo es vigilar y detectar a las posibles víctimas. Ni siquiera se aproxima a ellas. Únicamente observa, ve cómo hablan con el empleado y cómo éste les entrega el sobre en cuyo interior va el dinero.
El vigilante marca entonces el objetivo a su cómplice. Normalmente le llama por teléfono y le ofrece la información que necesita. En ocasiones, suelen salir también con la víctima, de forma que la persona que está fuera lo ve y sabe a por quién tiene que ir.
Ya en el exterior, el resto del grupo pone en práctica un amplio abanico de fórmulas para hacerse con el botín. Unas veces usan el denominado abrazo solidario. Se acerca y les dicen que les recuerdan a su abuelo, a su padre, a una tía. Les dan dos besos y le ‘enredan’. Y cuando se dan cuenta, están ya sin el dinero, porque, claro, saben perfectamente dónde llevaban el sobre con los billetes.
En otras ocasiones efectúan un seguimiento a sus víctimas, les ven cómo hacen la compra y cómo luego se dirigen a su domicilio. Les abordan cuando están a punto de entrar al portal. Les dicen que van a casa de una amiga y se ofrecen a ayudarles a entrar con el carro. En ocasiones suben con ellos en el ascensor, donde les confunden; les hablan y hablan. La víctima no se da cuenta de que les están robando y cuando las ladronas obtienen lo que quieren, se van.
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