Los niños de la cola vuelven a Barcelona

El Periodico, , 18-04-2016

Dos menores marroquís se desperezan el sábado por la mañana tras dormir al raso en un solar tapiado y abandonado del centro de Barcelona. Tumbados sobre dos colchones, se enzarzan en una pelea cariñosa o juegan a lanzarse piedras. Parecen aburridos, ni siquiera una rata de un tamaño considerable que busca comida entre los escombros llama su atención.

Están al lado del mercado de Santa Caterina, junto a la plaza del Forat de la Vergonya. A la una del mediodía, se asoman a su feudo los bomberos y dos agentes de la Guardia Urbana. Entre todos logran sacarlos de allí y se los llevan. Por la tarde, periódicamente, pasa un coche de los Mossos dEsquadra para detenerse frente a la tapia del solar y fisgonear a través de unos agujeros si han vuelto a filtrarse. Si todavía no lo han hecho, lo harán cuando anochezca.

Son menores marroquís desarraigados y tutelados, al menos en teoría, por la Generalitat. Tienen entre 12 y 18 años y son adictos al pegamento. Los niños de la cola, que han vuelto a Barcelona. Desesperan a muchos comerciantes porque roban bolsos y teléfonos móviles, enternecen a algunos vecinos porque son solo unos críos, desgastan a los policías porque no se dejan arrestar y vuelven locos a sus tutores legales – educadores de la Generalitat – porque, dicen, no tienen instrumentos legales para retenerlos entre los muros de los centros de acogida.

En total son una quincena y merodean por las calles del barrio de Sant Pere, Santa Caterina y la Ribera. A menudo llevan en la mano una bolsa de plástico transparente. La usan para inhalar el pegamento. Lo esparcen en su interior y meten la cara para respirarlo. Sus efectos son potentes y muy dañinos para el cerebro. En su Marruecos natal, a los niños adictos a los vapores tóxicos de la cola los llaman chemkara. Desde el verano del 2015, el fenómeno de los ‘chemkara’, extinto en Barcelona, ha resucitado. La conselleria de Afers Socials reconoce un repunte de estos casos y centra sus esfuerzos en tratar de desengancharlos con programas de reinserción laboral que puedan captar su interés.

Si inhalan es porque no saben qué hacer con su vida, les defienden algunos jóvenes – también marroquís – algo más mayores que ellos. Barcelona no ha resultado ser la ciudad con la que soñaban.

Un cuento viejo y conocido. Sin recursos ni futuro, se dejan impresionar por los emigrantes que regresan a Marruecos con los bolsillos cargados de dinero en Barcelona. O eso parece. Yassine tenía solo 12 años cuando picó. Se escondió en el chasis de un autobús. “Estuve dos días agarrado junto al motor”, asegura. Cuando el vehículo entró en Algeciras, saltó y así entró en España. Llegar hasta Barcelona le tomó varios meses. “Vine colándome en el tren o pagando el billete del autobús con el dinero que me daban”. En cuanto pisó la capital catalana, entendió enseguida que le habían tomado el pelo.

“Los niños marroquís tienen claro que han venido a Catalunya para trabajar y ganar dinero rápidamente”, resume David Marcos, un educador social con más de 10 años de experiencia en centros de la Direcció General dAtenció a la Infància i lAdolescència (DGAIA). “Pero aquí hay leyes que protegen a los menores y que obligan a darles un techo, comida y educación, medidas para integrarlos que ellos viven como una pérdida de tiempo que les aleja de su objetivo”, concluye.

La Guardia Urbana despliega patrullas uniformadas por el barrio para que los ‘chemkara’ sepan que están allí. Además, envían agentes de paisano, que los vigilan más discretamente. Pero cualquier esfuerzo es en vano porque se lanzan a robar con absoluto descaro. “Se saben impunes”, subraya una fuente policial. “Incluso se resisten con agresividad a las detenciones” porque son conscientes de que mientras sean menores de edad ningún juez podrá actuar contra ellos. “A ningún agente le gusta tener que forcejear con un niño”, recuerdan. Aunque a veces se ven obligados a ello porque los sorprenden in fraganti. “La cola acostumbra a provocarles una evasión muy introspectiva que los desactiva, pero a veces parece volverlos más agresivos”, remarcan.

La policía los ha echado de cada campamento levantado en edificios abandonados e incluso dentro del parque de la Ciutadella. Pero siempre encuentran otro lugar. Sin familia, buscan los lazos afectivos del resto de chicos que son como ellos. “Los detenemos, los entregamos a la Oficina dAtenció al Menor de los Mossos y viene a recogerlos su tutor; pero en cuanto salen por la puerta se escapan”. Los centros de acogida no son una cárcel, aclaran desde la ‘conselleria’. Y legalmente no puede ingresarse a un menor en un reformatorio por más hurtos o tirones que cometa.

Muchos están tutelados por un centro de la DGAIA de Manresa. “No les gusta estar allí”, dice Zainaba, una mujer marroquí que el sábado por la noche reposaba su pierna lesionada sobre un banco de la plaza del Forat de la Vergonya. Los conoce y habla por ellos cuando dice que “lo que necesitan es una familia”. Los mismos policías admiten que su pandilla es lo más parecido a eso. El problema es que generan “alarma social” porque roban y deambulan por el barrio colocados.

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