«Dejé de llevar mi cruz y de ir a la iglesia porque tenía miedo del Estado Islámico»
Los refugiados sirios católicos se muestran emocionados ante la visita del papa Francisco
La Voz de Galicia, , 13-04-2016Gina se retoca frente al espejo, su piel huele a perfume de rosas. Agita el pequeño bote que se salvó del viaje en patera desde Behram, en Turquía. Hace un mes que vive en un hotel de Lesbos gracias a la ayuda de Cáritas. Esta joven siria de Alepo está sola en Grecia con su madre Teresa y su hija Sinam. Forman parte de la congregación siriaco-católica. En su tocador reposa una imagen de Cristo. Dentro de su pasaporte guarda una foto del papa Francisco y de su patriarca Ignatius Joseph III Yonan.
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«Todas las mañanas me pongo un poco de este agua hecha en Siria y la aplico con un hielo. Son secretos de belleza que mi madre me enseñó desde que era pequeña». Gina no duda en abrir las puertas de su apartamento. «¿Fumas?», pregunta la madre encendiendo un cigarrillo. «Si quieres puedo hacerte la manicura, yo era esteticista en Damasco», cuenta.
Los sirios católicos forman parte de las iglesias católicas orientales. Su biblia se denomina Peshitta, «reza» en arameo. Están en comunión con la Santa Sede aunque conservan su propia jerarquía. Para esta familia católica la noticia de la visita del papa a Lesbos ha revolucionado sus vidas. «Me hace muy feliz que se acuerde del pueblo sirio. Quiero tomar el cuerpo de Cristo con Francisco. Es la primera vez que voy a estar tan cerca de él», cuenta emocionada Gina. «Después de todo lo que hemos sufrido. Dejé de llevar mi cruz y de ir a la Iglesia porque tenía miedo del Estado Islámico. ¡Quiero volver a reencontrar mi fe en Europa!», exclama.
La pequeña Sinam grita: «Papa, Papa Francisco que viene desde el Vaticano», mientras salta encima de la cama. «Que nos venga a visitar significa que algo puede cambiar no solo para nosotras, católicas, sino también para los musulmanes. En nuestro país antes de la guerra convivían todas las religiones en paz y con respeto», asevera Teresa. «¿No creo que le importe que esté separada, no?», pregunta. Madre e hija dejaron a sus parejas en Siria. La distancia y su nueva situación han hecho que sus relaciones se rompan.
Esta familia siria ha huido de la persecución sistemática que el EI ejerce sobre cristianos, yazidíes y el resto de minorías. «Han atacado nuestras iglesias. Las han destrozado. Eso es Siria, terrorismo por todas partes. No es religión, es terrorismo», denuncia Gina. Hasta el estallido de la guerra civil en el 2011, Alepo era la ciudad siria con más cristianos, cerca de 200.000, pero hoy apenas quedan 35.000. «Mis mejores amigos son musulmanes, he compartido piso con ellos en Turquía antes de poder huir de allí. Nunca nos oirás decir que esto es por culpa del Islam. Nunca. Los malnacidos de Daesh no son musulmanes», dice Teresa.
Gina, Teresa y Sinam han podido huir de Alepo. Han dejado su país por el miedo a ser secuestradas. Sin embargo, ellas mismas restan importancia a su condición de católicas. «A quienes más están matando son a musulmanes, aunque a los cristianos nos quieren borrar del mapa», explica la cabeza de familia. Madre, hija y nieta esperarán en el hotel Silver Bay su oportunidad para acercarse a Francisco el viernes. El edificio gestionado por Cáritas cuenta con 236 camas. En sus instalaciones albergan a los refugiados más vulnerables. «Damos las habitaciones a ancianos, mujeres embarazadas, nuevas madres, mujeres que viajan solas, familias con muchos niños, discapacitados y enfermos», cuenta Tonia Patrikiadou, gerente de campo para Caritas Hellas (Grecia Cáritas).
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