“Mi consejo para Europa es que hablen con mi país”
La Vanguardia, , 29-03-2016Sus maneras risueñas le confieren una cierta ingenuidad que es desmentida por la intensidad de unos ojos vivaces, pendientes del efecto de sus palabras. Orhan Pamuk (Estambul, 1952), premio Nobel de Literatura en 2006 que ayer recaló en Madrid para asistir a los fastos que celebran el 80.º aniversario de su colega de profesión y galardón Mario Vargas Llosa, acudía con su última novela, Una sensación extraña ( Literatura Random House), aún fresca en los anaqueles, y con su país en el centro del maelstromgeopolítico.
Una sensación extraña parece moverse en un universo en cierto sentido dickensiano.
Cierto. Quería escribir una novela a la antigua, dickensiana, pero evitando el melodrama. Me gusta el estilo de Dickens, las pinceladas que usa para definir personajes, pero odio su melodrama. Por eso traté de escribir sobre los pobres sin caer en trampas melodramáticas. Los lectores de la novela no pertenecen al tipo de familia que aparece en ella e, inevitablemente, es la situación típica de un escritor de clase media alta que comparte los secretos de la clase baja. El humor y el optimismo de Mevlut, el protagonista, eran muy útiles y el segundo instrumento para alejarme de ese tipo de novela era inyectar la primera persona en algunos personajes de forma irónica. Quizá es un truco posmoderno, experimental, pero gracias a Dios conservo esa actitud. Esos monólogos se basan en mis entrevistas, no sólo con vendedores ambulantes, sino con policías, organizadores de bodas, camareros veteranos, recaudadores de la compañía eléctrica… hablar con ellos me gustó y la autenticidad de su voz, del lenguaje que usan, evita que la novela sea en un trasunto decimonónico.
Siempre llama la atención la relación afectiva del autor y sus personajes. Algunos no sienten empatía por sus criaturas, como John Kennedy Toole…
O Nabokov con Humbert, el protagonista de Lolita…
Los hermanos Coen, en cine…
Si nos ponemos, podemos hacer una antología juntos…
Usted, en cambio, quiere a sus personajes.
Gracias por ese elogio, es algo que siempre he querido escuchar. El arte de la novela se basa en una cualidad humana, un talento del que todos deberíamos estar orgullosos: podemos ver el mundo a través de los ojos de otro y quererlo. Las religiones y las novelas están basadas en esta capacidad del ser humano para conectar con el otro. Cuando escribí Nieve, hace unos quince años, había entendido esto con tanta claridad que quise escribir sobre un asesino islamista, con quien no puedo estar en mayor desacuerdo. Para ello hay que desprenderse de todos los prejuicios ideológicos y eso es extraordinariamente difícil. Supone mucha documentación, tener mucha paciencia, y grandes dosis de comprensión.
Es usted un caso raro de autor identificado con una ciudad, Estambul, que habla de sus transformaciones sin nostalgia.
Llevo en Estambul sesenta y cuatro años. En los primeros cincuenta, los cambios eran muy pequeños y llegué a creer que era nuestro destino ser un lugar pobre en los márgenes de Europa. En los últimos quince años, en cambio, se ha producido un gran crecimiento económico y una gran transformación. Pero nunca he sentido un amor nostálgico por Estambul. Sí es cierto que hay una clase burguesa que, con el crecimiento, ha perdido poder y siente nostalgia de aquel Estambul más pobre. Cuando me tienta el vicio de la nostalgia, hay una parte de mí que de inmediato me dice: “Eso no es lo correcto, no está bien”.
¿Qué opina del acuerdo entre Bruselas y Turquía para devolver a los refugiados sirios?
En principio, me alegra ver a un presidente turco dando la mano a la UE. Pero mi consejo para Europa es que no abandonen a Turquía, que hablen con mi país, y no sólo de refugiados, también de derechos y libertades. Porque Turquía hoy ya no es una democracia plena. Y a lo mejor una de las razones por las que Erdogan es cada vez más autoritario, cerrando periódicos, metiendo a mis amigos en la cárcel, es que ahora tiene una buena mano de cartas en el tablero de la política. En cierto modo, Europa trata a Turquía como Estados Unidos trata a Arabia Saudí: “Haz cosas horribles en tu país, no diremos nada siempre que nos ayudes con los bombardeos al Daes y los refugiados”.
Tras un salto como el que dio Turquía hace cien años, hoy vive una seria recesión democrática. ¿Aún es usted optimista?
Quiero que Turquía pertenezca a la UE porque eso significará que habrá controles exteriores de calidad democrática, del respeto a las minorías, la crítica periodística –que hoy no se respeta–, la división de poderes… Y sigo creyendo que Turquía va a tener esos grandes privilegios, y lo digo sin sarcasmo, cuando sea un miembro de pleno derecho de la UE. Entonces será posible creer que no hay vuelta atrás. Pero esa idea se desvaneció cuando los nacionalistas conservadores europeos llegaron al poder: no querían que hubiera muchos turcos en Europa. Ahora Turquía se está acercando a Europa con otro discurso: “¿No queréis ver musulmanes turcos? Pues dejaremos entrar a los musulmanes árabes, a ver si os parecen mejor”. Es una especie de chantaje perverso al que de momento parece que Europa cede. No creo que sea muy ético, pero a eso se están dedicando los líderes europeos y turcos.
A menudo le preguntan por su condición de Nobel joven…
Y siempre sospecho que el periodista espera una respuesta cínica.
No es el caso. Pero seguro que cambió su vida.
A menudo lo resumo bromeando: “Soy una persona superficial a quien le hace feliz el premio Nobel”. El hecho de que nunca antes un turco lo hubiera ganado puso mucha presión sobre mí, y empezaron a considerarme como un embajador literario, un diplomático, y eso por suerte no es así. La diplomacia mataría al niño que necesito ser para poder escribir.
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